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Decía Demoniodehiel que la séptima es una temporada
“muy vacía de amor y de sexo”. Yo haría dos
distinciones: primero, no es lo mismo amor que sexo; segundo, creo que
se impone hacer una línea de separación: por una parte
Buffy y Spike y por otra todos los demás.
Empiezo por lo segundo, aunque no
sé si hay que explicar por qué. Sencillamente porque Spike y Buffy –sobre todo,
Spike- me interesan bastante más que todos los otros juntos. Si, por ejemplo, un
conjuro hiciera desaparecer a los demás personajes de la serie, me importaría
bastante poco (Anya, queda excluida porque Anya se ha ganado mi cariño; y le
dejaría también a Andrew para que la entretuviera; y a Faith y Giles, sólo
porque en el pasado los amé... pero Willow con su prepotente Kennedy, Dawn,
todas y cada una de las Potenciales (qué horror); Wood (más horror,
imperdonable lo de Mentiras...), “el mamón de Xander”,... por mi parte, todos
ellos podían irse de vacaciones a la dimensión infernal que prefirieran. Total,
para lo que hacen... Aparte de ocupar espacio y causar problemas y malos rollos,
claro).
Bueno, pues en esta “segunda división” sí aparece el amor y el sexo.
Existe, aunque las parejas que se forman pueden resultar no muy convincentes. En
realidad, ¿a quién puede convencer que Kennedy sustituya a la dulce Tara? ¿Es
creíble que a la aguerrida devorahombres Faith el sosito del director Wood le
dure más de un revolcón? ¿Cómo, por Dios santo, puede Anya seguir suspirando por
Xander? Que ya sabemos todos que Anya es una buenaza y que le gusta el sexo casi
tanto como el capitalismo, pero... ¿Xander? ¡Si ocupa sin discusión la primera
posición en el ránking de lo imperdonable con sus tres gloriosas actuaciones a
lo largo de la serie: a saber, obligando a Buffy a matar a Angel al ocultarle
que había recuperado su alma, plantando a Anya ante el altar y provocando a
Spike para contarle después a Dawn el intento de violación. Xander ha atacado
frontalmente a los tres personajes más amados de la serie (aparte de Buffy).
¿Qué atractivo puede seguir teniendo quien obra con tal mezquindad y cobardía,
por mucho que sea un eficaz carpintero y se insista en que es el amigo con el
que siempre puedes contar? Francamente, yo preferiría no contar con un “amigo”
así.
Quizás por eso, porque los personajes que las encarnan carecen de
entidad, las relaciones sexuales que se establecen entre estas parejas son frías
y no traspasan la pantalla. En realidad, son esas parejas las que no “nos
llegan”: Kennedy tendrá siempre sobre ella la sombra de Tara, con la que no
resiste la comparación. Faith y Wood no pasan de vivir un encuentro episódico de
dos personas con tan poco en común que es imposible pensar que puedan tener
ningún futuro. Anya y Xander atizan los últimos rescoldos de una pasión que ya
ha acabado y de la que sólo intentar comprobar su final antes de pasar página.
De hecho, Anya, en un arranque de lucidez, intenta sacarse la espina con Spike y
si no llega a nada es porque él la detiene.
O sea, en la “segunda división”
hay sexo, pero nos tememos que poco amor, o quizás un amor bastante
insulso.
Pasamos a la categoría reina: Buffy y Spike. Aquí
sí, la expresión de afectividad entre los dos personajes
durante esta temporada está muy contenida. Más que
contenida, reprimida. Y lo que se reprime es que existe. Y por eso,
como decía Demoniodehiel, en esa ausencia casi absoluta de
contacto sexual entre los dos protagonistas, sin embargo, saltan
chispas en la más inocente de las escenas: en unas palabras, en
una mirada, en un roce accidental, en el simple acompañarse.
Y paradójicamente, aunque no hay ninguna escena
explícitamente sexual, me parece que la sensualidad de esta temporada entre
Buffy y Spike es muy intensa. O quizás yo estoy especialmente perceptiva,
pero... al menos quedan en mi memoria ese puñado de escenas en que la fisicidad
se impone:
- La preciosa escena de la camiseta. Cosa más tonta... y que pone
la carne de gallina. En un entrenamiento, Spike recibe un golpe fuerte en las
costillas. Buffy acude a preocuparse por su estado y le levanta la camiseta.
Spike se la baja al tiempo que detiene su mano y... todas las potenciales que
están mirando (y los espectadores) babean ante la intensidad sexual que esos
mínimos gestos transmiten.
- Los dos alejándose en silencio, Spike, torso
desnudo, apoyándose en ella, después de que Buffy le rescate de la prisión donde
el Primero le torturaba.
- La brevísima imagen de Buffy alimentando con una
bolsa de sangre de cerdo al encadenado Spike, cuando los scoobies averiguan que
ha reanudado su carrera de asesinatos manipulado por El Primero. Otra escena
aparentemente intrascendente, supuestamente poco significativa, de relleno, que,
sin embargo, me conmueve hasta límites insospechados por lo que refleja de
cotidianeidad, quizás desagradable, quizás humillante, y de compenetración entre
los dos. Y, sobre todo, porque prueba que por fin Buffy asume con naturalidad el
carácter demoníaco de Spike y eso no le impide seguir queriéndole y
cuidándole.
- Por supuesto la escena de Touched en que duermen juntos la
noche en que Buffy, rechazada por sus amigos y su propia hermana, sólo cuenta
con el apoyo incondicional del único ser que la sigue fielmente a donde ella
quiera llevarle. Después de confortarla, Spike se va a retirar y Buffy le pide
que se quede con ella. Él se dispone a dormir en un sillón a su lado y ella le
pide que compartan la cama. Vestidos, abrazados, su casto descanso contrasta no
sólo con el sexo desesperado a que se lanzan las demás parejas, sino también, no
lo olvidemos, con la perversa pasión en que se sumieron durante la temporada
anterior.
Y finalmente, la noche anterior a la batalla, después de la llegada
de Angel, después de que Buffy decida entregar el medallón a Spike, después de
que él se desfogue con la caricatura de un vampiro de gran cabeza sobre su saco
de boxeo, se encuentran en el sótano y llega ese fundido a negro que tanto
ilusiona a Demoniodehiel. Unas elipsis que yo creo que sólo se pueden entender
de una manera: como la culminación (sexual) de su relación, una culminación que
pudorosa, respetuosamente, no se muestra.
Seguro que me he dejado alguna
otra escena y seguro que me la recordáis en los posts, pero aunque en principio
parece que no son muchas, sí creo que tienen una gran intensidad. Y un gran
sentido.
Y, por otra parte, es muy curiosa esa diferencia de trato en la
forma de mostrar a la pareja principal frente a las demás. Mientras no se
retrocede ante los apasionados asaltos de Faith al director, ni ante las escenas
lésbicas -con piercing incluido- de Ken y Will, se recurre a la elipsis más
recatada en el caso de los protagonistas. Y no será porque no hayamos disfrutado
anteriormente de los desnudos de Spike o no se nos haya insinuado todo tipo de
audacias y “perversiones” en la fogosa sexualidad del vampiro rubio.
¿Por
qué entonces tanto recato? La respuesta creo que hay que centrarla básicamente
en Spike, aunque a primera vista pudiéramos pensar que la clave está en Buffy y
su traumático recuerdo del intento de violación. Podríamos pensar que ella es la
que se niega al contacto físico con su agresor y eso está claro, por ejemplo, en
la primera vez que sus manos se tocan accidentalmente, cuando Spike le pasa una
linterna y el mero contacto físico dispara los recuerdos de la joven. Pero es
algo episódico. Buffy vuelve a rechazarle cuando el pobre loco del sótano,
empieza a desabrocharse el cinturón mientras murmura “Hay que servir a la dama”.
Pero en este momento ya en Buffy no actúa la repulsión, sino la cordura, frente
a la ilogicidad que domina el comportamiento de Spike en esos momentos.
Spike
no se considera digno, pero se hará digno. Por el camino de la renuncia y de la
dedicación sumisa a su dama, recorre su camino de purificación en una concepción
amorosa que recuerda mucho a la del amor cortés: la superioridad de la dama, tal
que el enamorado no puede aspirar a poseerla por mucho que sea su deseo y única
razón de su existir, la sumisión absoluta del caballero, la dependencia de él
respecto a ella, su “servicio” en cualquier término que ella exija,
especialmente en la renuncia al trato físico, pero también en la entrega física
si ella finalmente le concede tal glorioso regalo. Todo ello es algo que cuadra
perfectamente con la forma de ser y pensar del expoeta, pero que contrasta
radicalmente con la esencia hedonista y lujuriosa del vampiro. Demuestra, pues,
cómo Spike reprime su naturaleza monstruosa y aprende a refrenarla. Cómo la
Bestia, para situarse al nivel de la Bella, después de su alma, conquista
también los más nobles de sus rasgos humanos. Dolorosamente, Spike aprende el
respeto, la renuncia, la generosidad absoluta y desinteresada. Es el único
camino que le conducirá otra vez a Buffy.
Lamentémoslo o no, es lógico que el
sexo se destierre de entre los dos; es lógico también que, sin embargo, la
intensidad de su amor “eche chispas” y su sensualidad desborde los férreos
límites que se intenta aprisionar. Y me parece justo que, si finalmente, Buffy y
Spike vuelven a acostarse juntos, las cámaras queden fuera. Se han ganado su
intimidad.
¡Qué increíble historia de amor! Evoluciona casi tanto como
su protagonista masculino, el verdadero motor. Remonta desde lo más bajo hasta
lo más alto. Está construido sobre ruinas (la desbaratada vida de los dos
personajes –sobre todo de Buffy- al principio de la sexta) y sobre el recuerdo
de otro amor pasado, a cuya impronta no puede sustraerse. (La loca pasión de
Spike por Drusilla y, sobre todo, el amor idealizado de Buffy por Angel). Es un
amor que parecía maléfico, antinatural e imposible y que creció casi de la nada,
de la obsesión exclusivamente sexual de exclusivamente uno de los miembros de la
pareja. Esa pasión estaba abocada a la ruptura traumática a poco que las
circunstancias vitales de Buffy le permitieran una cierta serenidad. Estaba
condenado a ser un mal sueño, una pesadilla que había que borrar en cuanto la
heroína despertara.
En la séptima temporada, Buffy se esfuerza en justificar
que su protección a Spike está al margen de los sentimientos; intenta salir con
otros hombres como Wood, el propio Spike se aparta y asume las citas de ella...,
parece que los dos protagonistas se negaran a aceptar que lo que les une es
amor. Es, sin embargo, cuando ese amor alcanza su cima. Precisamente por eso,
porque se ha hecho tan generoso que está por encima de cualquier limitación,
mezquindad o dependencia. Es un amor que lo ha superado todo: la pasión, el
turbio sadomasoquismo que les unió en el pasado, la oscura dependencia y lucha
sin tregua por el poder, también la más instintiva pulsión erótica, el
resentimiento de lo imperdonable (la esencia maléfica de él, el intento de
violación) ya perdonado y está cimentado en la fe sin fisuras contra toda lógica
y en la generosidad. Espiritualizado.
Madura y acepta lo bueno y lo malo y
llega a donde jamás la relación con Angel pudo llegar porque ésta era demasiado
adolescente, idealizada e irreal. La castidad forzada bangel es pura represión y
resulta, por tanto, frustrante. A la postre, será la causa de la inevitable
ruptura. La castidad elegida y respetuosa spuffy es el último paso de una
espiritualización, una catarsis purificadora que ennoblece ese amor por la
renuncia de Spike, que se siente indigno, a aquello que anteriormente ha dañado
a Buffy. Es decir es una castidad por amor a ella, no impuesta por motivos
externos como mantener recluido a Angelus, el azote de la Humanidad.
En su generosa renuncia parece que el amor de Buffy y Spike (sobre
todo el de Spike) ha llegado a la perfección. Pero le falta una cosa. Le falta
precisamente su consumación fisica: que Buffy supere el dolor pasado y que su
confianza ciega en Spike le permita dar el último paso: entregarse de nuevo a
él. Ese paso no se mostrará explícito, pero creo que está más que sugerido en el
fundido a negro de Chosen, previo a la batalla final. Y falta otra cosa, ésta
,ay, no conseguida: que Spike crea lo que a él le parece increíble: que, por
primera vez, a las puertas de la muerte, el eterno derrotado que siempre ha
sido, ha ganado.
Pobre Spike, no está acostumbrado a la felicidad.
Sin embargo, el fuego que consume a Spike, las manos entrelazadas en una llama,
metáforas y símbolos habituales de amor y purificación, casi últimas imágenes de
la serie, rubrican ese triunfo. Yo al menos quiero creerlo
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