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Spike la mira, desnuda, echada sobre su cama, y si la hubiera
tenido así hace un tiempo le habría mordido el cuello desgarrando su carne y
habría bebido su sangre tibia hasta matarla. Quizás hasta la habría poseído
primero, no lo sabe. Quizás la habría matado mientras la follaba.
La mira y
querría...tantas cosas. Que ella lo mirara como a un hombre. Que le hiciera esas
cosas que le hacía al imbécil de Riley y que él espiaba por la ventana, desde su
jardín, envidiándolo tanto. Bailar, acariciarlo, darle besos. Quiere que ella lo
abrace y le susurre y lo lleve de la mano hasta su cama y estar...con ella. Le
da tanta rabia desear eso.
Porque maldita sea, hace falta ser gilipollas.
¿Años pensando en matarla y lo que quería en realidad era follarla?
No, ni
siquiera eso, ahora lo sabe. Quería…que lo quisiera. Quería amarla.
Supo que
la quería por un sueño y se le ha metido en la sangre de un modo tan extraño.
Criatura egoísta, ella nunca se da cuenta de que no es la única atrapada de los
dos. Que también él lo está. Spike la mira y realmente él no quería volver a
enamorarse, no quería volver a sentir...no quería sentirlo nunca. No después de
toda la vida...no después de Angelus. Dios, quiso tanto a ese cabrón.
Pero
no puede decirle eso, naturalmente.
Aprieta los labios, baja la mirada, echa
un trago desganado al whisky, un trago largo. Otra vez haciendo el imbécil,
sufriendo, cuando ni siquiera debería de sentir. Su madre tenía razón y siempre
será el mismo imbécil sentimental. William el gilipollas, no importa cuántos
cuellos destroce o cuantas vidas arrase o cuantos golpes dé o cuántos le den a
él. Siempre William.
Bebe de nuevo, respirando hondo.
Ella todavía cree
que el amor es una cosa romántica con nubes de algodón. Con paseos tranquilos al
amanecer. Él hace cien años que no ve un puto amanecer. El amor es sexo y sangre
y ansia y te arde en las entrañas. Es no poder vivir sin tenerla cerca. Es que
se le ponga dura de mirarla y desear que ella lo bese toda la noche.
Se lo
dijo, hace tiempo, cuando iba siguiendo a Drusilla como un perro enamorado. El
amor siempre duele.
Odia sentirse tan débil.
Spike no se engaña. Sabe lo
que es para Buffy. Algo con lo que desahogarse de una vida de violencia y dolor
y hastío. Un animal complaciente con un buen cuerpo y una buena polla. Ya lo ha
sido antes. Siempre, en realidad, y debería de estar acostumbrado, joder,
debería de estar tan acostumbrado y nunca ha conseguido que dejara de dolerle.
Y sin embargo había imaginado que quizás, esta vez…sería distinto. Imbécil,
patético William.
También él se desahoga con ella, a veces. Follándola sin
dirigirle dos palabras, haciendo que se la chupe detrás de la tienda de magia.
Metiéndole los dedos en el Bronze y haciéndola decirle que se los meta más.
Atrapándola con la mirada y saboreando esa sensación de poder sobre su cuerpo y
su alma que la atrae hacia él y la hace abrirse de piernas en cualquier
callejón. Buffy, prisionera de su necesidad de él, dejándose hacer cualquier
cosa que él quiera.
Y sin embargo vencerla y poseerla le deja esa sensación
de angustia tan amarga, porque querría...querría...algo. Quiere algo de ella que
Buffy no puede darle. Y siente que va perdiendo terreno, que la ama más de lo
que ella lo desea. Que cada vez la quiere más y ella...cómo va a quererlo ella.
Por qué ha tenido que volver a enamorarse.
A veces
hablan y se toman una cerveza y él le dice alguna tontería que la hace reír. Es
tan maravilloso ver sus ojos cuando ríe. Entonces nada importa. Sólo ella.
También cuando está tan triste, y los golpes, los insultos y las humillaciones
dejan de tener importancia porque está deshecha y Spike no puede soportar verla
sufrir y la busca, la provoca, lo intenta de mil maneras, follándola, peleándose
con ella, dejándose machacar por sus palabras, lo que sea para que se le marche
la tristeza. La rabia es mejor que la tristeza.
Intenta de tantos modos que
ella se sienta viva. Inventando juegos, inventando caricias. Excusas para
pelear. Inventando nuevas formas de atarla al mundo.
También le inventa
poemas, pero nunca se los dice.
A veces se siente querido, también. Momentos raros, fugaces,
migajas que atesora como lo más preciado de su existencia. Algunas veces, en la
cama, mientras ella lo rodea con los brazos y todo su cuerpo se estremece debajo
de él, y siente su aroma maravilloso y ella le susurra más adentro que nadie,
desfallecida, y sus barreras caen y se lo come a besos y a caricias. Spike
piensa en eso cuando está mal, cuando ella lo está machacando a golpes en
cualquier callejón, cuando le recuerda que es una basura, que nunca podrá
quererlo. Cuando el ansia y la falta de sangre humana le retuercen las entrañas
y golpean fuerte su cabeza a dolorosos latigazos y tiene que encajar los dientes
por el dolor. Cuando ella vuelve a dejarlo y le dice que no quiere verlo más.
Cuando lo desprecia. Y se aferra a eso, y lo intenta una y otra vez, follarla
más, mejor, más veces, mirarla a los ojos mientras se lo hace buscando ese
brillo asombroso, maravilloso, efulgente de cuando lo está queriendo. Merece la
pena todo solo por eso.
La mira, apretando los labios. Tan hermosa, cubierta
de cualquier modo por la sábana, su pelo reflejos de oro a la luz de las velas,
esos ojos verdes, grandes, tan jóvenes y tan antiguos. Deja el vaso a un lado,
sobre la mesilla, vacío. Se acerca a la cama y la folla de nuevo, porque no
puede hacer otra cosa. Ella se deja hacer aguantando sus empujones ansiosos,
duros, casi rabiosos. Abrazándolo contra su cuerpo caliente, deshaciéndose
debajo de él. Buscándolo, necesitándolo. Y Spike sabe que no es suya y ahoga las
ganas de llorar empujando más fuerte, haciéndola quejarse, gemir, gritar,
haciéndola correrse como una puta.
Por qué siempre acaba sintiendo que la
puta es él.
Cuando terminan no hay besos, ni caricias. Algunas veces las hay,
pero esa noche no. La cazadora tiene prisa. Tiene familia, amigos que la
esperan. Spike la mira vestirse, en la cama aún, abrazado a sus propias
rodillas. Aunque graba y atesora cada uno de sus gestos, de sus susurros,
realmente no oye lo que le dice antes de marchar, una despedida corta, cualquier
tontería. Que no va a volver más, o que no quiere verlo, que es
una-cosa-asquerosa-sin-alma, lo de siempre.
Ha estado muy callado esta
noche, serio. Ella no le ha preguntado qué le pasa. Bueno, joder, nunca lo hace
y de todos modos qué podría decirle. ¿Que la quiere y le duele tanto? No sabría
ni por dónde empezar a hablarle.
Quizás podría escribírselo, pero no va
hacerlo.
La mira y le gustaría tanto sólo abrazarla. Abrazarla contra su
cuerpo y mecerla como a una niña y besarle el pelo, y susurrarle que todo va a
salir bien. Pero ella nunca le permitirá acercarse tanto.
Permanece callado,
mirándola, hasta mucho después de que se haya ido. Mirando las sombras de su
aroma que se van desvaneciendo lentamente en el aire frío de la cripta. Cuando
las velas se apagan, consumidas, aún sigue viéndola. Se duerme envuelto en el
humo tenue de su presencia, secándose las lágrimas que tanto odia con el dorso
de la mano. Acurrucado en las sábanas ya frías.
Se odia por ser tan
gilipollas y caer una y otra vez en lo mismo. Por qué siempre es él el que acaba
jodido.
Mañana volverá a verla. La Cazadora siempre regresa a su cama. Él
volverá a esperarla.
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