Capítulo 1
La llamada insistente hizo que el criado frunciera el ceño
molesto. No eran horas de estar aporreando la puerta. La luz de la
pequeña vela apenas iluminaba unos escasos metros por delante de
él en un camino que se sabía de memoria: los pasos que
quedaban hasta llegar, los objetos que adornaban las paredes, los
obstáculos como esa baldosa, un poco saliente, en la que siempre
tropezaba con sus cansados pies. Cogiendo aire para poder mover la
pesada puerta ésta se abrió con un quejido.
La belleza de los desconocidos hizo que contuviera el aliento,
jamás había visto unas personas tan hermosas. El hombre
tenía el pelo largo y moreno y ese gesto indolente de los que
están muy seguros de sí mismos. La mujer ¡Dios
mío! ¿Cómo podía existir alguien
así? El pelo rubio se adivinaba debajo del casquete y le
caía en graciosos bucles alrededor de su rostro perfecto,
mientras el portentoso busto se insinuaba debajo del abrigo verde.
-¿Qué desean?-preguntó ásperamente. El que
se hubiera quedado impresionado no podía eliminar lo hosquedad
de años de práctica.
-Llama a tu señor, estamos buscando un lugar donde pasar la
noche.-La imperativa voz y el acento del hombre hicieron que el criado
abriera la puerta de inmediato para dejarles pasar.
Con un gesto majestuoso ella recogió sus faldas y se
adentró en la casa seguida por el hombre. El criado, con paso
renqueante, levantó la vela todo lo que pudo para iluminar el
trayecto hasta las escaleras.
-Esperen aquí, voy a avisar al señor.- Y, sin esperar
réplica, encendió otra pequeña vela que
dejó en un aparador y subió los escalones.
La mujer empezó a moverse por la estancia mirando alrededor y
valorando lo que encontraba. Un enorme espejo presidía una de
las paredes, lo observó con gesto aprensivo e hizo un
pequeño regate para evitar pasar por delante de él. Se
giró hacia su compañero y sonrió apreciativamente.
Su mano enguantada acariciaba todos los objetos que encontraba a su
paso en la ronda exploratoria.
Él miraba todo con gesto complacido.-Me gusta ésta
casa.-Y se volvió hacia su compañera con una mirada
cargada de intención.
-Sabes que debemos tener cuidado con nuestros caprichos. Ahora no.
-¿Porqué, querida? Es perfecta. Aislada de todo, con
todas las comodidades…y huelo sangre joven.-Una pícara
lengua asomó en sus perfectos labios, relamiéndose.
-¿Y huir de nuevo? ¿Cuánto tiempo crees que podremos permanecer ocultos?
-No lo sé, ahora mismo lo único que me importa es conseguir alimentarme.
-¿No te ha bastado con el conductor? Bonita manera de hacerle entender que no estabas contento con sus servicios…
Él se giró molesto por el comentario, que su Sire criticara su forma de actuar nunca era de su agrado.
-Se lo merecía, sólo a él se le ocurre llevarnos
por esos caminos reventando a los caballos y rompiendo una rueda.
-¿Se te habría ocurrido otra forma mejor de huir de los
campesinos? A mi no. Sinceramente, tu afición a las presas
jóvenes nos está dando serios problemas
últimamente.
La discusión fue interrumpida por el “Buenas noches”
que provenía de lo alto de la escalera. Se giraron a mirar al
caballero que, vestido con una llamativa bata, bajaba los escalones
acompañado por el criado que le prestaba su hombro, convertido
en un improvisado bastón humano.
-Bienvenidos, lamento haberles hecho esperar. –Extendió la
mano para saludar al hombre y si sintió la frialdad de su mano,
no pareció dar señales de extrañeza,
achacándolo, seguramente, a las horas que habrían pasado
a la intemperie. La mujer extendió su mano enguantada y
sonrió de una manera tan encantadora que, cuando la besó
y levantó la vista, se quedó mirando su rostro unos
segundos más de lo que la educación permitía.
Embelesado, parpadeó intentando recuperar la compostura.
Las vagas explicaciones fueron suficientes para justificar la presencia
de ellos allí. El señor de la casa asintió
comprensivo. Una rueda rota era motivo más que justificado para
ser un contratiempo y pedir asilo hasta que la hubieran arreglado.
Encantado, el señor de la casa les informó de la
presencia de más personas pasando unos días con él
y que les harían la estancia muy agradable. Dio las
instrucciones precisas y la pareja fue acompañada a las
habitaciones que les habían preparado. Se despidió con
una ligera inclinación y quedaron citados para verse al
día siguiente junto con el resto de invitados.
El criado renqueaba por los pasillos mientras era seguido por el hombre
y la mujer. Al pararse en la puerta subió un poco la palmatoria
para iluminar la entrada, la puerta se abrió en ese momento y
una muchacha, casi una niña, salió por ella mientras se
alisaba el delantal. Observó de reojo a los recién
llegados y le costó un mundo bajar la vista cuando
contempló al hombre. El gesto no pasó desapercibido para
él que le dedicó una sonrisa de lo más
cautivadora. El codazo que recibió hizo que la borrara de su
cara, mientras oía en un murmullo un “no” rotundo.
La muchacha se alejó azorada. El criado gruñó por
lo bajo e hizo ademán para que entraran en el dormitorio.
- Si necesitan algo toquen la campanilla que tienen al lado de la cama.
Buenas noches. -Sin esperar contestación se dio media vuelta,
alumbrando su maltrecha figura por el oscuro pasillo.
La habitación tenía todas las comodidades que se
podían esperar y ella la recorrió con gesto de
satisfacción. Un alegre fuego crepitaba dando a la estancia una
juguetona luz dorada.
-Es perfecta. El refugio ideal, nadie va a buscarnos
aquí.-Mientras hablaba, empezó a deshacerse el lazo del
casquete, dejándolo encima de la cómoda.
-Si, pero tenemos que alimentarnos y por muy escondidos que estemos va a ser complicado.
-Querido, me parece que no has entendido nada.-Se giró despacio,
sonriendo.-A partir de ahora nada de humanos…y mucho menos
presas jóvenes. Animales, de granjas alejadas, para no levantar
sospechas.
-Si piensas que voy a rebajarme a alimentarme de ratas o cerdos estás muy equivocada…
-Sabes perfectamente que podemos sobrevivir sin ningún problema
con esa sangre.-Suspiró.- Si, ya sé que no sabe a nada,
pero será sólo hasta que las cosas se calmen. Esa aldea
no queda tan lejos de aquí y lo que menos necesitamos ahora es
un grupo de campesinos furiosos reclamando venganza.
Mientras hablaba se iba despojando de las prendas, dejándolas
descuidadamente en el suelo. Cuando sólo le quedaban las enaguas
empezó a deshacer los lazos lentamente mientras se giraba y,
entornando los ojos, empezó a acercarse.
-Mientras, podemos disfrutar de la hospitalidad de estos humanos-Se
llevó las manos al pelo y deshizo el peinado, dejando caer los
bucles que le cubrieron la espalda como una cascada. Llevó las
manos al cuello de su compañero y, mientras lo abrazaba,
transformó su rostro. La lengua repasó los colmillos
puntiagudos en una invitación pícara que el hombre no
tardó en seguir.
Transformados, se mordieron los cuellos con ansia, entre gemidos y gruñidos que no eran de este mundo.
Capítulo 2
Los días y las noches pasaron en una agradable rutina que ella
disfrutaba sin aparentar incomodidad alguna, mientras que él
tenía un rictus permanente de desagrado, producto de alimentarse
de sangre de animales. “Esto no sabe a nada” era su
continuo reproche cada vez que se aventuraban en las granjas
colindantes y un cerdo o una cabra terminaban sus días bajo la
fuerza de sus colmillos.
Los rumores empezaban a correr en la comarca. Los campesinos se
quejaban de los ataques de los lobos que estaban esquilmando el ganado.
No tenían bastante con que el tiempo se hubiera vuelto loco. El
Sol apenas asomaba bajo unas nubes grises que estaban permanentemente
en el cielo, sin dejar apenas que calentara las cosechas, la lluvia
caía agónica sobre una tierra yerma que no daba los
frutos prometidos y encima los animales perecían misteriosamente
desangrados. Se organizaban partidas infructuosas que no
conducían más que a que un par de lobos famélicos
acabaran sus días colgados de un árbol a la entrada de
las aldeas. Pero la tranquilidad duraba poco y al cabo de un par de
días se volvían a organizar para buscar a otros.
Sin embargo, en la mansión, los días y las noches se
sucedían en un ambiente de lo más cordial y las tertulias
eran lo mejor de todo.
Maravillada, no habrían podido elegir un sitio más
perfecto. Sus ocupantes era un grupo de jóvenes y rebeldes
escritores que todas las noches inventaban historias para entretenerse
en esas tediosas noches eternas en que se habían convertido los
días por culpa del extraño verano sin Sol.
El Sol.
Parecía que las mejores casualidades se habían dado cita
en esa villa Suiza. Las tormentas y crepúsculos que todos los
días les acompañaban estaban facilitando, y mucho, su
estancia. Las excusas para no salir por la mañana eran casi
innecesarias… aunque siempre evitaba las ventanas abiertas y se
aseguraba de que las pesadas cortinas estuvieran echadas. Alegando una
debilidad que estaba muy lejos de padecer, se excusaba de los paseos en
el exterior y se quedaba en el estudio leyendo o jugando una partida de
cartas con cualquiera de las damas que, amablemente, se ofrecían
a acompañarla.
Las mujeres que habitaban la mansión eran realmente
extraordinarias, sobre todo Mary. Menuda y morena, con inquietudes
bastante alejadas de lo que era habitual en las mujeres que
había conocido en otros países y ambientes. Aunque
había un buen motivo para ser así: una educación
esmerada por parte de un padre que no había hecho ninguna
excepción por ser del sexo femenino. Cuando la veía en un
rincón siempre estaba acompañada de cuartillas en las que
escribía largos textos que luego no parecían ser de su
agrado, pues fruncía el ceño y un gracioso mohín
aparecía en su cara valorando lo que había escrito. En
esos momentos, si notaba que la observaban, levantaba la vista y
sonreía tímidamente, como si la hubieran pillado en una
travesura. Apenas había llegado a la edad adulta, pero ya se
adivinaba la gran mujer que seguro llegaría a ser. Se
sorprendía de pensar así cuando la miraba, al fin y al
cabo era una presa deliciosa…pero no sabía por qué
tenía la sensación de que sería una gran
pérdida si terminaba devorándola.
Los caballeros también la fascinaban, sobre todo Gordon,
excéntrico en todas sus actividades, provocador y siempre
dispuesto a sonrojar a su compañera Claire, la cual
parecía sólo vivir para complacerle. Siempre estaba
inventando nuevos juegos para entretener a sus invitados, ya que era el
propietario de la mansión. Y estos, le seguían divertidos
en todas las propuestas que su inquieta mente tuviera a bien de
inventar. Padecía una ligera cojera que intentaba disimular con
ademanes afectados, siendo un detalle más de su especial forma
de ser. Al igual que Mary, siempre estaba escribiendo y muchas veces
leía en voz alta el poema en el que estuviera trabajando para
sus invitados en esas veladas interminables, llenas de creatividad.
Percy, también poeta y compañero de Mary, era más
discreto. Tal vez en un intento de no eclipsar a su anfitrión,
aunque también gozaba de un carácter bastante impetuoso
que, a veces, le hacía chocar con él, lo que no
impedía que fueran los mejores amigos. Pasional y enamoradizo,
ya le había sorprendido varias veces observándola de una
manera nada decorosa. Halagada, se dejaba seducir con la mirada sin
manifestar algo más que complacencia por su interés, el
cual desaparecía en cuanto veía llegar a su imponente
compañero.
Quedaba John, médico personal de Gordon, ya que éste, a
pesar de toda su gran vitalidad, no gozaba precisamente de una buena
salud. Taciturno y callado, soportaba los desplantes y cambios bruscos
de carácter de su paciente como buenamente podía, aunque
si uno se fijaba bien, sus ojos delataban unos deseos que tal vez no
sería conveniente que salieran a la luz.
…y en medio de todos ellos, estaban esos extraños
invitados que habían aparecido una noche especialmente oscura y
que se desenvolvían en ese ambiente como pez en el agua. La
estancia de sólo unos días se estaba convirtiendo en
semanas y la anécdota de la rueda rota parecía que
había quedado en el olvido. Ella no tenía prisa por
marcharse y deseaba que llegara la noche y se sentaran todos alrededor
del fuego para que uno de ellos, en su papel de Sherezade, les
deleitara con una historia o un poema.
Ella…pero él. Aparecía siempre tarde,
interrumpiendo la lectura mientras todos los ojos le miraban ocupar su
asiento de mala gana, coger una copa de licor y beberla despacio
mientras veía a su compañera que le observaba con ojos
entrecerrados.
Sabía que para él estaba resultando duro aguantar todos
esos días aparentando una vida humana que estaba muy lejos de
desear. La sangre le llamaba y tener a todas esas presas potenciales
delante de él sin poder disfrutar de la matanza empezaba a
afectarle en su forma de comportarse socialmente. Pero también
sabía que no podía desobedecer a su Sire y, a duras
penas, intentaba adaptarse y disimular, algo que le estaba costando
más de lo que pensaba.
Podía estallar en cualquier momento, y no les convenía.
No por esos humanos sino por las consecuencias. Vivían
todavía una situación delicada, había personas que
podrían reconocerlos y no estaban lo suficientemente lejos como
para arriesgarse hasta que las cosas se calmaran...pero también
le comprendía. Necesitaban una masacre, la sangre caliente
saliendo de los cuerpos temblorosos por los estertores de la
muerte…a pesar de la frialdad de su cuerpo empezó a notar
el ansia que le subía hasta la garganta y, para disimular,
empezó a abanicarse delicadamente mientras se llevaba la mano a
la frente. Mary, su compañera en el sofá, la miró
preocupada.
-¿Se encuentra bien, querida?
-No, no se preocupe- Mientras el abanico se movía lánguidamente.
Su compañero la observaba por encima de la copa de licor, con
una sonrisa maliciosa que sólo ella podía interpretar:
“Si tú quisieras, ahora mismo estaríamos gozando de
una buena matanza”. El abanico empezó a moverse
más deprisa.
La intensidad del deseo hizo que se levantara bruscamente, todos los
presentes fijaron su atención en la temblorosa figura y Mary se
apresuró a sujetarla. El temblor era real. El cuello de Mary
estaba tan cerca que una pequeña película de sudor
apareció en su frente fruto del esfuerzo por contener sus
instintos asesinos. Mientras, él se relamía divertido con
lo que estaba ocurriendo. Los caballeros se aplicaron en intentar
confortar a la invitada, pero parecía que algo no iba bien,
sobre todo cuando John intentó tomarle el pulso y ella lo
evitó fingiendo un golpe de tos. El médico suspiró
al ver el rechazo recibido y decidió dejarla en paz achacando su
estado a la delicada salud de la que había hecho gala desde que
llegó.
Al acompañarla a la habitación Mary se aseguró que
todo estuviera en orden. La criada apareció en ese momento con
una palangana de agua y toallas. Las instrucciones precisas para cuidar
a la indispuesta dama fueron escuchadas atentamente y con una ligera
inclinación se adentró en el dormitorio para atenderla.
Tumbada en la cama, ella seguía todos los movimientos de la
muchacha. Olía a sangre joven, a miedo, a
deseo…éste último olor hizo que su cuerpo se
tensara y empezó a mirarla más atentamente…y unas
minúsculas marcas en el cuello, hábilmente escondidas
para ojos humanos, aparecieron ante ella.
Entonces comprendió muchas cosas.
Capítulo 3
En la cocina de la mansión hacía tiempo que el tema de
conversación eran las misteriosas muertes de los animales. Los
criados más ancianos empezaban a murmurar entre ellos sobre
seres que nadie quería nombrar en voz alta, criaturas
demoníacas que no se comían sus presas sino que les
extraían hasta la última gota de sangre. Madeleine se
quedaba muy quieta, escuchando sin perder una sola palabra hasta que
alguno de los criados mayores le llamaba la atención y
partía a hacer sus quehaceres con la cabeza baja.
Cada día se sentía más agotada, pero no podía prescindir de esas visitas nocturnas.
Acostada boca arriba y muy quieta, agarrando la vuelta de las
ásperas sábanas contra su pecho, esperaba el momento de
oír el suave golpear de la puerta que indicaba que la hora
había llegado y salir envuelta en su ajado chal al pasillo.
Debía bajar sigilosa de la cama para que su compañera no
se despertara, aunque rara vez había pasado eso desde que
trabajaba en la casa, tenía un sueño tan pesado que lo
único que podía despertarla era un ruido más
fuerte que sus propios ronquidos.
Siempre la llevaba a otras habitaciones más apartadas. Mientras,
su cuerpo se preparaba para recibirle: temblaba, se sentía
ansiosa, era una necesidad nueva, adictiva que hacía que le
sudaran las manos, presa de una zozobra que le encogía el
estómago y secaba la garganta. Desde el principio no pudo
resistirse a él. Su llegada a la casa aquella noche
acompañado de esa mujer tan hermosa marcó un antes y un
después. Hablaba de una manera tan hipnótica que se
limitaba a escucharle embelesada, contemplando su cara angelical de
sonrisa cautivadora, mientras él le quitaba la ropa lentamente y
la adoraba con caricias que ninguno de los muchachos con los que
había estado se habían molestado en darle.
¿Cómo era posible experimentar tanto dolor y tanto placer
a partes iguales? Siempre ocurría de la misma manera, casi la
hacía perder el sentido para, a continuación, sentir un
agudo dolor en el cuello que la llevaba al límite y, si pensaba
que no podía experimentar más placer, entonces
éste la elevaba hasta un punto en el que se sentía morir,
literalmente. De repente todos sus sentidos se concentraban en esa boca
que poseía su cuello como antes había poseído su
cuerpo. Le oía tragar y gruñir de satisfacción,
mientras ella temblaba entera y rogaba para que esa sensación no
terminara nunca…
…pero siempre terminaba demasiado pronto. Y su cuerpo se
rebelaba inquieto por interrumpir esa sensación única e
intentaba volver a ofrecer su cuello para que continuara, pero
él la contenía con una sonrisa de labios ensangrentados,
prometiéndole más la próxima vez.
Después, la pregunta flotando siempre en el aire:
-¿Vendrías conmigo?
Y siempre la misma respuesta:
-No puedo, señor, mi familia me necesita, soy la única
que puede enviar algo a casa y sin mí morirían de hambre.
Desde que el Sol se escondió tras esas extrañas nubes
apenas hay trabajo y comida. No puedo dejarles, ahora no.
Él deshizo el abrazo, aburrido. -La familia es un estorbo,
sólo sirven para exigir y quejarse. Nada de lo que hagas o digas
será nunca de su agrado.-Se levantó de la cama. -Y
tú eres una estúpida por pensar que les haces un favor.
–Elevando el tono de voz -¿Acaso crees que alguna vez te
agradecerán ese sacrificio? Jamás, óyeme bien, lo
único que quieren es que te deslomes en ésta
mansión mientras ellos se quedan esperando tranquilamente su
parte.
Las hirientes palabras hicieron que Madeleine empezara a notar la
quemazón de las lágrimas, sus labios temblaban y no
sabía qué hacer o decir. ¿Por qué era tan
cruel con ella? No hacía unos minutos le había dicho las
cosas más hermosas que había escuchado en toda su joven
vida…y ahora la hería en lo que sabía que
más daño podía hacerle.
¿Cómo podía reprocharle el que no quisiera dejar a
los suyos si era cierto todo lo que le había contado?
Morirían de hambre. Nadie quería contratar a una criada
vieja pudiendo tener a una más joven a la que pagarían
siempre un poco menos. Ella era lo único que separaba a su
familia de la más absoluta miseria en los extraños
días que estaban viviendo. Tumbada en la cama recorrió su
imponente cuerpo con la mirada mientras él se movía
despreocupadamente por la habitación. La espalda de
músculos tensos y brillantes que se movían sinuosamente
bajo su piel de una palidez deslumbrante… sería tan
fácil renunciar a todo por él, marcharse,
desaparecer…pero… ¿Qué posibilidades
tenía siendo una pobre criada con un señor como
él? Además, estaba ella, la mujer más hermosa que
había visto. No era tonta y sabía el lugar que le
correspondía. Los había visto juntos y esa dama
jamás lo dejaría marchar. Sólo con observar
cómo se comportaban cuando estaban juntos adivinaba una
relación que iba más allá de lo que su joven mente
podía percibir…y era algo tan intenso que a ella misma le
asustaba. Debería renunciar a seguir viéndolo noche tras
noche…pero era tan difícil…tantas las
obligaciones… tantas las dudas…tanto el placer… su
madre, sus hermanos pequeños…no, no los dejaría
jamás.
-Debo de marcharme ya, señor –La voz apenas le
salía del cuerpo, tanto por la debilidad que sentía como
por la angustia de lo que había oído. Silenciosamente
compuso sus ropas y volvió a abrigarse con el viejo chal. Hizo
un último intento de mirarle y esperó un instante,
anhelando ver su rostro, un atisbo de cariño, mendigando una
mirada que le estaba hurtando…pero él parecía
haber perdido el interés dándole la espalda. Las
lágrimas por fin empezaron a rodar por sus mejillas y
prefirió salir de allí antes de que él las viera.
Sabía que estaba llorando, el olor salado le llegó
nítidamente y sonrió para sí. Débiles
humanos, cuanto más jóvenes, más fácil es
manipularlos. Y él que pensaba que la estancia en la
mansión iba a ser aburrida...
Capítulo 4
Ya no era divertido.
Descubrir su traición la había hecho mantenerse en
guardia esperando un gesto que no se producía. La había
desobedecido…a medias. Y no sabía qué era lo que
más le dolía: si que se lo hubiera ocultado… o que
no la hubieran compartido. Había estado molesta con su actitud
desde que habían llegado a la mansión. Siempre
protestando, siempre renegando de la forma en la que se veían
obligados a alimentarse, para ahora enterarse de que tenía una
víctima para aliviar sus días de hambre sin levantar
sospechas, mientras que ella había estado soportando esa dieta
insípida para pasar desapercibidos. Idiota, ahora se daba cuenta
de que tenía que haberlo sabido. Todos esos días en los
que llegaba tarde…oliendo a dolor y a insatisfacción y
resulta que ese olor no era suyo…sino de la muchacha.
Mientras le observaba con ojos entrecerrados, abanicaba su cuerpo con
languidez, en su continuo teatro de debilidad frente a los demás
invitados.
Aquella noche todos estaban intranquilos, parecía que la
tormenta que se había desatado en el exterior, les afectaba
más de lo que estaban dispuestos a reconocer. El fuego crepitaba
en la chimenea, pero nadie se atrevía a acercarse mucho a ella.
Ni siquiera Gordon hablaba, presa de un mutismo inusitado en él.
Las damas se habían reunido en una mesa y, bajo la luz de una
bujía, jugaban a las cartas sin mucho entusiasmo mientras
lanzaban miradas aprensivas hacia las ventanas que vibraban por la
fuerza de los truenos. A pesar de las pesadas cortinas, los continuos
relámpagos iluminaban la estancia repentinamente a través
de los resquicios que quedaban, acompañados del sonido
ensordecer de sus compañeros los truenos. Mary y Claire
temblaban sin ningún disimulo mientras que ella se limitaba a
observarlas.
-Les propongo un reto.
Lo inesperado de la exclamación hizo que todos se giraran a
mirar a Gordon, que había cambiado el mutismo por una amplia
sonrisa.
-Como parece que ésta noche nos está afectando y,
además, el ambiente invita a ello ¿Qué les parece
si contamos historias de miedo?
Los invitados empezaron a removerse en sus sitios tomando posiciones
para escuchar atentamente al resto de sus compañeros. Estaba
claro que la idea había sido muy bien recibida. ¿Y
quién empezaría? Se miraron unos a otros buscando la
chispa inspiradora.
Las historias emergieron de las mentes inquietas de los presentes y,
uno por uno, las desgranaron haciendo aparecer fantasmas, mansiones
encantadas y seres infernales que inundaron la estancia de palabras
donde la fantasía era la principal protagonista…
… hasta que una voz poco habitual en las tertulias nocturnas empezó a hablar…
“Imaginen a un padre que nunca quiso a su hijo, siempre lo
tachó de irresponsable y lo consideraba una vergüenza para
la familia. Imaginen los desprecios que ese hijo pasó en su
juventud y las veces que intentó acercarse a ese padre que nunca
fue accesible. Ni siquiera su madre y su hermana tuvieron oportunidad
de suavizar la relación entre ellos. El hijo buscó el
olvido en las tabernas y el padre despreció a ese hijo. Imaginen
a una dama, la más hermosa que hayan visto en su vida, de
sonrisa cautivadora y palabras dulces como la miel, que le
prometió al hijo todo lo que el padre no estaba dispuesto a
darle. Imaginen el regalo que ésta dama le dio al hijo: todo el
conocimiento, todo el dolor y toda la fuerza para vivir su existencia
como le placiera. Imaginen el uso que hizo el hijo de éste
regalo: buscó la venganza y en ella arrastró a todos los
seres que habían formado parte de su existencia antes de conocer
a su oscura dama. Ni siquiera la madre y la hermana escaparon de ella,
toda la familia sucumbió bajo la fuerza de sus colmillos. A
partir de entonces no hubo marcha atrás. Su existencia
había cambiado de rumbo y no necesitaba lazos con su vida
anterior. La sangre de su sangre formó parte de su nuevo
cuerpo…”
Mientras contaba su historia, ella le observaba con ojos entornados,
sonriendo apenas. Él le dedicó un par de miradas
intencionadas mientras hablaba, rápidas e imperceptibles para el
resto de invitados, mientras se recreaba en los detalles escabrosos y
una de las damas, Claire, se abanicaba sofocada, fruto de la
turbación que las palabras de él le producían,
mezclado con la aprensión mal contenida de los insistentes
relámpagos y truenos que acompañaban, como una
música de fondo, a la truculenta historia.
Cuando terminó, todos los presentes soltaron un suspiro
conjunto, dando la impresión de haber contenido la
respiración mientras hablaba. La incomodidad por la historia y
las sonrisas nerviosas acompañaron a éste suspiro,
mientras Gordon, como maestro de ceremonias, señalaba a los que
no habían participado para que se animaran a continuar con el
juego. Tan encantado quedó con todas las historias que esa noche
se escucharon que propuso continuar con el juego e ir más
allá: escribir relatos de terror basándose en alguno de
los que esa noche se habían contado.
La tormenta empezó a remitir y con ella también la
velada. Todos empezaron a despedirse y fueron abandonando poco a poco
la sala. Menos John. Siguió sentado en un rincón mirando
sin ver el fuego, su cabeza daba vueltas pensando en lo que
había ocurrido esa noche. No había dejado de observarle
desde que empezó la historia. Inquieto por todo lo que
había escuchado, aún le producía más
inquietud el hecho de que había disfrutado contándola con
su voz acariciadora, hipnótica, que había provocado un
estado de sugestión tal en los presentes que algo en el
estómago del médico le decía que aquello no era
normal ni de éste mundo. Bebió su copa de licor de un
trago y empezó a buscar material para escribir. Tenía que
tomar notas sobre lo que había escuchado…una idea le
había empezado a rondar…
En cambio a Mary la cabeza le daba vueltas y no conseguía
conciliar el sueño. Percy dormía plácidamente a su
lado, pero ella estaba inquieta. Las palabras y, sobre todo, la
truculenta historia hervían en su cabeza ¿Dónde
terminaba el sueño y empezaba la vigilia? Las imágenes
acudían a su mente y eran indescriptibles. Necesitaba escribir
antes de que desaparecieran sin remedio. Despacio, se bajó de la
cama y buscó el chal para abrigarse de la fría noche que
había quedado después de la espectacular tormenta. Ni
siquiera se sentó en la butaca sino en el suelo. Con las piernas
cruzadas, al lado de la chimenea para aprovechar el calor que
despedían los pocos rescoldos que el fuego había dejado,
empezó a emborronar cuartillas. Un reto, eso era lo que
había propuesto Gordon y ella se sentía capaz de
afrontarlo.
Buscaba las razones por las cuales una persona podía crear a
otra, darle una nueva existencia, ser independiente e incluso rebelarse
contra su creador. Desafiar las leyes de la naturaleza creando una
vida…algo que sólo Dios puede hacer. Una ofensa que no
puede tener perdón…como un Prometeo robando el fuego a
los dioses y siendo castigado por ello…
¿Hasta qué punto una persona puede ser responsable de la
creación de la otra? ¿Un maestro puede hacer que su
alumno se convierta en el fiel reflejo de su tutor o puede el alumno
rebelarse contra él en un firme desacuerdo con sus
enseñanzas? ¿El maestro es el responsable último
de las acciones del alumno o debe desentenderse cuando éste ha
alcanzado la madurez necesaria? ¿Puede el alumno superar al
maestro y éste, en venganza o asustado por su obra, intentar
destruir al alumno?
Mary escribía esas preguntas e intentaba darse a sí misma las respuestas.
Mientras escribía oyó pasos en el pasillo, tan leves que
al principio pensó que los había imaginado.
Levantó la cabeza e intentó hacer oído. Sí,
no se equivocada. Movida por la curiosidad se acercó a la puerta
y la abrió muy despacio, dejando un pequeño resquicio
para mirar a ambos lados hasta descubrir el reflejo de una vela que se
alejaba.
Qué extraño…
Capítulo 5
Al día siguiente el grupo seguía igual de silencioso,
parecía como si la noche anterior las historias relatadas
hubieran consumido sus mentes y todos se mostraban ensimismados. Claire
se dedicaba a recortar figuras y flores de papel y las iba colocando en
una hoja mientras, aplicada en su tarea, cantaba bajito una
canción tradicional. Mary, sentada en un rincón,
escribía. De vez en cuando levantaba la mirada, pero ésta
se perdía en un punto indeterminado del salón, aunque a
veces se dirigía disimuladamente hacia los invitados más
recientes y entrecerraba los ojos. Con los días que estaban
pasando juntos había tenido tiempo de observar detalles
extraños… era como si la historia que él
había contado fuese más real de lo que aparentaba…
Las palabras se agolpaban en su mente intentando buscar el sentido
exacto, había algo que se le escapaba. El que ellos se mostraran
siempre tan misteriosos y al margen, sobre todo él, le
hacía pensar que ocurría algo raro. Era posible que no
supiera nunca la verdad sobre esa pareja, que no dejaba de intrigarla
en su forma de actuar. Él parecía supeditado a los deseos
de ella…pero también estaban en una continua guerra
soterrada en una especie de juego de poder, donde cada uno intentaba
desafiar al otro. Las miradas que había logrado captar eran tan
intensas y parecían sugerir tantas cosas que a veces se
sentía invadiendo un terrero en el que preferiría no
haber entrado…
Claire lanzó una exclamación. Todos se giraron a la vez
en su dirección. Se había cortado con las tijeras y la
sangre empezaba a brotar goteando en el papel, mientras se sujetaba el
dedo y buscaba desesperadamente su pañuelo para taponar la
herida. La conmoción que se produjo en las caras de los
extraños invitados no pasó desapercibida para Mary,
mientras se afanaba en llamar a los criados y usaba su pañuelo
para seguir la misión que el de Claire había cumplido con
creces y yacía, empapado, en la mesa. John tomó el
control de la situación y mandó a uno de los criados a
por su maletín mientras usaban un tercer pañuelo. Claire
sollozaba quedamente, asustada por la sangre que no paraba de manar.
Al final decidieron llevarla a su habitación después de
recibir las expertas atenciones del doctor. Con la mano vendada, fue el
propio John quien la cogió en sus brazos, seguido de un
preocupado Gordon que no dejó ni un momento de tener la mano
sana entre las suyas para reconfortarla.
La habitación se quedó en silencio. Fue entonces cuando
Mary se dio cuenta de que se había quedado sola y entonces
recordó…
…había visto algo…como un reflejo amarillo en los
ojos de ella que enseguida desapareció y la cara de
él…era como si se hubiera desdibujado por un instante. Lo
achacó a la falta de sueño después de pasar la
noche en vela escribiendo las ideas que su mente le iba dictando...
Parpadeó confusa y, fiel a su espíritu activo, se puso a
recoger los recortables que habían caído al suelo. Fue
entonces cuando se dio cuenta de que algo faltaba.
Los pañuelos ensangrentados habían desaparecido…
Los pasos acelerados resonaban por el pasillo. Ella estaba nerviosa y
se notaba en la forma de retorcer las manos con uno de los
pañuelos, manchándolas en un triste consuelo que
conseguía excitarla más.
-Debemos marcharnos, no podemos continuar aquí.
Su compañero la seguía divertido, disfrutando con su inquietud.
-¿Por qué? Si ahora es cuando se empezaba a poner
interesante.-La cortante mirada que ella le dirigió hizo que
enmudeciera al instante.
-Ya hemos estado escondidos bastante tiempo y no hay más que
hablar, mañana nos vamos.-Abriendo bruscamente la puerta de la
habitación entró sin más mientras el
pañuelo ensangrentado se lo llevaba directamente a la boca.
Capítulo 6
Madeleine empezaba a flaquear en sus convicciones. Cada vez el ansia
llegaba antes. La noche anterior no había venido a buscarla y su
cuerpo se rebelaba contra ese contratiempo. Lo necesitaba más
que el comer, que el respirar…que el vivir. A veces lo
veía de lejos pero ni siquiera dedicaba un segundo a demostrar
que la había visto y ella se moría de dolor y
desesperación. Jamás había sentido esa angustia
que invadía todo su ser, era algo tan obsesivo que estaba
asustada y temblaba sin parar pensando en el momento en que él
se marchara y ya no volviera a verlo más…
Las criadas mayores la regañaban continuamente por su dejadez en
las tareas diarias, pero era tanta la debilidad… se arrastraba
como un fantasma por la mansión intentando realizarlas,
lentamente, con la mente vagando y huyendo a esa habitación
donde todo se transformaba en delirio y oscuridad y él, con su
cara de ángel, la envolvía de palabras, de promesas de
vida eterna, de mundos desconocidos donde su familia no pudiera
impedirle vivir su vida como quisiera, buscándola más
allá de esas paredes.
Ahora todos sus sentidos estaban alerta al más mínimo
cambio que sucedía a su alrededor…era
curioso…nunca había sido una persona muy observadora
pero, a pesar de la continua debilidad que arrastraba, ahora
percibía su entorno de una manera distinta, especial. El
más leve ruido, un olor especial casi imperceptible para el
resto…el único de los sentidos que había terminado
asqueándole era el del gusto, la comida no le sabía a
nada, los alimentos eran engullidos sin el placer de antaño, se
obligaba a comer.
Nadie le dijo que se marchaban, pero, no sabía por qué,
lo supo antes incluso de que lo comentaran en la cocina. Todos los
criados cotilleaban sin disimulo sobre los invitados y sus
manías y se aprestaban con los preparativos que había
organizado milord para la marcha de la pareja.
No, no, no. Sus ojos miraban en todas direcciones buscando una excusa
para desaparecer de allí. Tenía que hablar con él,
contarle lo que sentía si se marchaba, rogarle si hacía
falta. Ya no le importaba nada, le daba todo igual, su triste vida le
pertenecía si la quería.
Aprovechando un momento de despiste se escabulló disimuladamente
y empezó a correr por los pasillos hacia sus aposentos.
Según llegaba a la puerta empezó a aminorar el paso hasta
quedarse quieta enfrente de ella ¿Qué le iba a decir?
Todas las palabras que acudieron a su mente le empezaron a parecer
ridículas, excusas tontas que no valdrían para
nada…pero tenía que verle, hablarle, rogarle…lo
que fuera. Quería estar con él.
Cuando su respiración por fin se normalizó alzó la
mano para llamar suavemente. Dos, tres intentos fueron necesarios para
que se armara de valor hasta que los nudillos tocaron la puerta. El
tiempo que transcurrió lo podía haber medido con tres
eternidades mientras se retorcía las manos en el regazo. Un
amortiguado “Adelante” se oyó al otro lado. El
corazón se le iba a salir por la boca. Cogiendo aire
agarró el picaporte y empujó con decisión. La
infinita angustia que sentía le proporcionó el valor
necesario para andar los pasos necesarios y entrar en la
habitación en penumbra…pero no era él sino ella
quien estaba sentada al lado de la chimenea en una postura relajada.
Cuando la vio entrar sonrió sin ningún disimulo y se
levantó despacio, felinamente, acercándose hasta que
estuvieron frente a frente.
-Capítulo 7-
Gordon se sorprendió con la petición de salir de noche
pero no dijo nada, limitándose a dar las instrucciones precisas.
El coche estaba puntualmente esperando, con la rueda reparada hace
tiempo, la puerta abierta y las espesas cortinas preparadas para ser
echadas. Parado en el patio, húmedo de la reciente tormenta
caída esa tarde. El cochero contratado para la ocasión
esperaba pacientemente apostado en las alturas del vehículo,
envuelto en una espesa capa.
Al salir al exterior ella parpadeó acostumbrándose a la
penumbra. El coche iluminado por las lámparas que portaban dos
criados al lado de la puerta del carruaje. Miró a su
compañero y, en un leve gesto, dio la orden de partir. Las
despedidas habían sido dentro de la casa y sus ocupantes se
arremolinaban en el umbral, las mujeres envueltas en sus chales y los
caballeros soportando estoicamente el frío aire que se
había levantado y que, juguetón, se colaba por todos los
rincones.
Claire con la mano vendada y Mary mirando intensamente a la pareja
mientras su mente se encontraba en dos lugares a la vez, intentado
descifrar algo que se le escapaba…pero que luego terminaba
escrito en las innumerables cuartillas que ya llevaba escritas. Los
caballeros también tenían sentimientos encontrados:
Gordon se sentía algo decepcionado por la marcha tan repentina,
les había tomado un aprecio especial, tal vez por lo
extraños que habían llegado a ser en sus costumbres,
excéntricos al fin y al cabo…igual que él. Percy
estaba frustrado, sus inclinaciones sensuales le habían pedido a
gritos que intentara abordar más abiertamente a la
hermosísima dama…pero siempre se había sentido
cohibido por la presencia de su compañero, aunque tenía
que reconocer que las miradas que ella le había dirigido
habían sido una invitación en toda regla…y John,
su cabeza daba tantas vueltas como la de Mary. Desde esa noche tan
especial los apuntes que había recopilado, y que seguía
escribiendo, le hacían mirar a la pareja de una manera muy
especial, intuía algo, como si lo que hubiera escuchado no fuera
tan fantástico como pretendía, sino real, muy real y que
todas las historias que le habían contado hasta entonces de esos
seres no tuviera nada que ver con lo que en verdad eran.
Recogiendo el ruedo de la falda, bajó las escaleras despacio y
esperó en la puerta del coche hasta que su compañero
extendió la mano para ayudarla a subir. Sólo se
giró lo suficiente para inclinar la cabeza acompañada de
su cautivadora sonrisa, no hacían falta más palabras.
Siempre recordaría su estancia allí.
Cuando terminó de acomodarse él también
saludó con una ligera inclinación y, sin más
miramientos, entró en el coche. Éste se movió y
los caballos resoplaron inquietos, expectantes, mientras mordían
sus bocados.
El carruaje se puso en marcha, mientras una menuda mano enguantada
asomaba desde él por la ventana, agitándose alegremente.
Con un suspiro, ella se acomodó en el asiento y metió las
manos bajo la manta que le tapaba las piernas. Al fin se decidió
a mirarle, sentía que la observaba divertido y, efectivamente,
estaba sonriendo.
-¿Qué te hace tanta gracia?
-¿De verdad quieres saberlo, querida?
-Pues si no es mucha molestia…
-Me ha resultado curiosa la forma tan impulsiva de comportarte, no lo esperaba de ti.
-¿En qué sentido?
-Siempre eres tan fría en tus decisiones…no dejas nada a
la improvisación, al contrario, sueles controlar todo y
ahora…como que se te ha escapado de las manos…
-¿Tú crees? Me subestimas… ¿Pensabas que no me iba a enterar de lo tuyo con la criadita?
Él se quedó serio un instante, valorando lo que
había escuchado. Era su Sire, no se le escapaba nada y ahora
tampoco había sido la excepción. Volvió a hundirse
en el asiento, con los brazos cruzados mientras ella le miraba
directamente a los ojos esperando una explicación.
-¿Y…?
-Nunca he podido resistirme a la inocencia.-Y subrayó su gesto levantando los hombros y las manos.
-La inocencia…si… - Se quedó meditando su
respuesta mirando distraídamente el paisaje que pasaba por la
ventana mientras su cuerpo se movía al ritmo del carruaje. -
¿Sabes que hemos corrido un gran riesgo por tus caprichos?
-No, no creo…
-De eso puedes estar seguro. Ya me encargué de que las cosas se queden bien atadas.
Él entornó los ojos intentando taladrarla con la mirada,
abrió la boca y la volvió a cerrar rindiéndose a
la evidencia. Sólo emitió un suspiro furioso, dejando que
el silencio se instalara entre los dos.
Una extraña greca compuesta por las líneas de las ruedas
y los cascos de los caballos iba quedando grabada en el camino
embarrado. Marcaban una ruta que no sabían dónde les
llevaría.
Tenían toda Europa para averiguarlo.
-EPÍLOGO-
Desde lo alto del cerro se divisaba una tenue luz procedente de la
ventana de la cocina. Era el fuego que crepitaba en la humilde
vivienda, mientras el humo inmaculado se escapaba por la chimenea en
una noche extrañamente despejada y de luna llena.
Sus hermanos y su madre estaban en casa, seguramente
cenando…hacía días que no los veía, la
última vez fue su hermano pequeño el que se
presentó en la mansión para recoger la paga y las sobras
de la cocina. Ni siquiera le dejaron quedarse un rato con ella y
se despidió abrazándola con sus delgados bracitos
alrededor del cuello. Lo hacía por ellos, siempre se
había sacrificado por ellos…y ahora él se
había marchado, la había abandonado… ella se
había encargado de dejárselo bien claro.
Sólo le quedaba su familia.
Llamó a la puerta suavemente y una voz infantil preguntó quién era.
-Abre, soy yo, Madeleine.
Una exclamación alegre hizo que la puerta se abriera de golpe al tiempo que el niño la invitaba a pasar…
…y una mirada de ojos amarillos atravesó el umbral.