Villa Diodati
 

Autor: AdictaII

Pairing: Darla/ Angelus
Rating:  TP
El fic El retrato de demoniodehiel fue la inspiración para escribir ésta historia, además de los flash-back de las series por los que siento una especial debilidad. Son tantas las historias sugeridas y no contadas que pudieron pasarle a los cuatro en su época gloriosa…


Villa Diodati, Lago Ginebra, Suiza. En 1816 se produjo un falso invierno por culpa del volcán Palomobal en la Isla de Cristoolombo en Indonesia y sus cenizas llegaron hasta Europa creando el “Año sin verano” de las crónicas. Los altos niveles de ceniza en la atmósfera produjeron espectaculares ocasos durante este período. Europa, que todavía se estaba recuperando de las Guerras napoleónicas, seguía padeciendo la escasez de comida.

 
Capítulo 1


La llamada insistente hizo que el criado frunciera el ceño molesto. No eran horas de estar aporreando la puerta. La luz de la pequeña vela apenas iluminaba unos escasos metros por delante de él en un camino que se sabía de memoria: los pasos que quedaban hasta llegar, los objetos que adornaban las paredes, los obstáculos como esa baldosa, un poco saliente, en la que siempre tropezaba con sus cansados pies. Cogiendo aire para poder mover la pesada puerta ésta se abrió con un quejido.
 
La belleza de los desconocidos hizo que contuviera el aliento, jamás había visto unas personas tan hermosas. El hombre tenía el pelo largo y moreno y ese gesto indolente de los que están muy seguros de sí mismos. La mujer ¡Dios mío! ¿Cómo podía existir alguien así? El pelo rubio se adivinaba debajo del casquete y le caía en graciosos bucles alrededor de su rostro perfecto, mientras el portentoso busto se insinuaba debajo del abrigo verde.
 
-¿Qué desean?-preguntó ásperamente. El que se hubiera quedado impresionado no podía eliminar lo hosquedad de años de práctica.

-Llama a tu señor, estamos buscando un lugar donde pasar la noche.-La imperativa voz y el acento del hombre hicieron que el criado abriera la puerta de inmediato para dejarles pasar.

Con un gesto majestuoso ella recogió sus faldas y se adentró en la casa seguida por el hombre. El criado, con paso renqueante, levantó la vela todo lo que pudo para iluminar el trayecto hasta las escaleras.
 
-Esperen aquí, voy a avisar al señor.- Y, sin esperar réplica, encendió otra pequeña vela que dejó en un aparador y subió los escalones.
 
La mujer empezó a moverse por la estancia mirando alrededor y valorando lo que encontraba. Un enorme espejo presidía una de las paredes, lo observó con gesto aprensivo e hizo un pequeño regate para evitar pasar por delante de él. Se giró hacia su compañero y sonrió apreciativamente. Su mano enguantada acariciaba todos los objetos que encontraba a su paso en la ronda exploratoria.
 
Él miraba todo con gesto complacido.-Me gusta ésta casa.-Y se volvió hacia su compañera con una mirada cargada de intención.
 
-Sabes que debemos tener cuidado con nuestros caprichos. Ahora no.
 
-¿Porqué, querida? Es perfecta. Aislada de todo, con todas las comodidades…y huelo sangre joven.-Una pícara lengua asomó en sus perfectos labios, relamiéndose.
 
-¿Y huir de nuevo? ¿Cuánto tiempo crees que podremos permanecer ocultos?
 
-No lo sé, ahora mismo lo único que me importa es conseguir alimentarme.
 
-¿No te ha bastado con el conductor? Bonita manera de hacerle entender que no estabas contento con sus servicios…
 
Él se giró molesto por el comentario, que su Sire criticara su forma de actuar nunca era de su agrado.
 
-Se lo merecía, sólo a él se le ocurre llevarnos por esos caminos reventando a los caballos y rompiendo una rueda.
 
-¿Se te habría ocurrido otra forma mejor de huir de los campesinos? A mi no. Sinceramente, tu afición a las presas jóvenes nos está dando serios problemas últimamente.

La discusión fue interrumpida por el “Buenas noches” que provenía de lo alto de la escalera. Se giraron a mirar al caballero que, vestido con una llamativa bata, bajaba los escalones acompañado por el criado que le prestaba su hombro, convertido en un improvisado bastón humano.
 
-Bienvenidos, lamento haberles hecho esperar. –Extendió la mano para saludar al hombre y si sintió la frialdad de su mano, no pareció dar señales de extrañeza, achacándolo, seguramente, a las horas que habrían pasado a la intemperie. La mujer extendió su mano enguantada y sonrió de una manera tan encantadora que, cuando la besó y levantó la vista, se quedó mirando su rostro unos segundos más de lo que la educación permitía. Embelesado, parpadeó intentando recuperar la compostura.

Las vagas explicaciones fueron suficientes para justificar la presencia de ellos allí. El señor de la casa asintió comprensivo. Una rueda rota era motivo más que justificado para ser un contratiempo y pedir asilo hasta que la hubieran arreglado. Encantado, el señor de la casa les informó de la presencia de más personas pasando unos días con él y que les harían la estancia muy agradable. Dio las instrucciones precisas y la pareja fue acompañada a las habitaciones que les habían preparado. Se despidió con una ligera inclinación y quedaron citados para verse al día siguiente junto con el resto de invitados.
 
El criado renqueaba por los pasillos mientras era seguido por el hombre y la mujer. Al pararse en la puerta subió un poco la palmatoria para iluminar la entrada, la puerta se abrió en ese momento y una muchacha, casi una niña, salió por ella mientras se alisaba el delantal. Observó de reojo a los recién llegados y le costó un mundo bajar la vista cuando contempló al hombre. El gesto no pasó desapercibido para él que le dedicó una sonrisa de lo más cautivadora. El codazo que recibió hizo que la borrara de su cara, mientras oía en un murmullo un “no” rotundo.

La muchacha se alejó azorada. El criado gruñó por lo bajo e hizo ademán para que entraran en el dormitorio.
 
- Si necesitan algo toquen la campanilla que tienen al lado de la cama. Buenas noches. -Sin esperar contestación se dio media vuelta, alumbrando su maltrecha figura por el oscuro pasillo.
 
La habitación tenía todas las comodidades que se podían esperar y ella la recorrió con gesto de satisfacción. Un alegre fuego crepitaba dando a la estancia una juguetona luz dorada.
 
-Es perfecta. El refugio ideal, nadie va a buscarnos aquí.-Mientras hablaba, empezó a deshacerse el lazo del casquete, dejándolo encima de la cómoda.
 
-Si, pero tenemos que alimentarnos y por muy escondidos que estemos va a ser complicado.
 
-Querido, me parece que no has entendido nada.-Se giró despacio, sonriendo.-A partir de ahora nada de humanos…y mucho menos presas jóvenes. Animales, de granjas alejadas, para no levantar sospechas.

-Si piensas que voy a rebajarme a alimentarme de ratas o cerdos estás muy equivocada…

-Sabes perfectamente que podemos sobrevivir sin ningún problema con esa sangre.-Suspiró.- Si, ya sé que no sabe a nada, pero será sólo hasta que las cosas se calmen. Esa aldea no queda tan lejos de aquí y lo que menos necesitamos ahora es un grupo de campesinos furiosos reclamando venganza.

Mientras hablaba se iba despojando de las prendas, dejándolas descuidadamente en el suelo. Cuando sólo le quedaban las enaguas empezó a deshacer los lazos lentamente mientras se giraba y, entornando los ojos, empezó a acercarse.

-Mientras, podemos disfrutar de la hospitalidad de estos humanos-Se llevó las manos al pelo y deshizo el peinado, dejando caer los bucles que le cubrieron la espalda como una cascada. Llevó las manos al cuello de su compañero y, mientras lo abrazaba, transformó su rostro. La lengua repasó los colmillos puntiagudos en una invitación pícara que el hombre no tardó en seguir.

Transformados, se mordieron los cuellos con ansia, entre gemidos y gruñidos que no eran de este mundo.

 
Capítulo 2

Los días y las noches pasaron en una agradable rutina que ella disfrutaba sin aparentar incomodidad alguna, mientras que él tenía un rictus permanente de desagrado, producto de alimentarse de sangre de animales. “Esto no sabe a nada” era su continuo reproche cada vez que se aventuraban en las granjas colindantes y un cerdo o una cabra terminaban sus días bajo la fuerza de sus colmillos.
 
Los rumores empezaban a correr en la comarca. Los campesinos se quejaban de los ataques de los lobos que estaban esquilmando el ganado. No tenían bastante con que el tiempo se hubiera vuelto loco. El Sol apenas asomaba bajo unas nubes grises que estaban permanentemente en el cielo, sin dejar apenas que calentara las cosechas, la lluvia caía agónica sobre una tierra yerma que no daba los frutos prometidos y encima los animales perecían misteriosamente desangrados. Se organizaban partidas infructuosas que no conducían más que a que un par de lobos famélicos acabaran sus días colgados de un árbol a la entrada de las aldeas. Pero la tranquilidad duraba poco y al cabo de un par de días se volvían a organizar para buscar a otros.

Sin embargo, en la mansión, los días y las noches se sucedían en un ambiente de lo más cordial y las tertulias eran lo mejor de todo.

Maravillada, no habrían podido elegir un sitio más perfecto. Sus ocupantes era un grupo de jóvenes y rebeldes escritores que todas las noches inventaban historias para entretenerse en esas tediosas noches eternas en que se habían convertido los días por culpa del extraño verano sin Sol.

El Sol.

Parecía que las mejores casualidades se habían dado cita en esa villa Suiza. Las tormentas y crepúsculos que todos los días les acompañaban estaban facilitando, y mucho, su estancia. Las excusas para no salir por la mañana eran casi innecesarias… aunque siempre evitaba las ventanas abiertas y se aseguraba de que las pesadas cortinas estuvieran echadas. Alegando una debilidad que estaba muy lejos de padecer, se excusaba de los paseos en el exterior y se quedaba en el estudio leyendo o jugando una partida de cartas con cualquiera de las damas que, amablemente, se ofrecían a acompañarla.

Las mujeres que habitaban la mansión eran realmente extraordinarias, sobre todo Mary. Menuda y morena, con inquietudes bastante alejadas de lo que era habitual en las mujeres que había conocido en otros países y ambientes. Aunque había un buen motivo para ser así: una educación esmerada por parte de un padre que no había hecho ninguna excepción por ser del sexo femenino. Cuando la veía en un rincón siempre estaba acompañada de cuartillas en las que escribía largos textos que luego no parecían ser de su agrado, pues fruncía el ceño y un gracioso mohín aparecía en su cara valorando lo que había escrito. En esos momentos, si notaba que la observaban, levantaba la vista y sonreía tímidamente, como si la hubieran pillado en una travesura. Apenas había llegado a la edad adulta, pero ya se adivinaba la gran mujer que seguro llegaría a ser. Se sorprendía de pensar así cuando la miraba, al fin y al cabo era una presa deliciosa…pero no sabía por qué tenía la sensación de que sería una gran pérdida si terminaba devorándola.

Los caballeros también la fascinaban, sobre todo Gordon, excéntrico en todas sus actividades, provocador y siempre dispuesto a sonrojar a su compañera Claire, la cual parecía sólo vivir para complacerle. Siempre estaba inventando nuevos juegos para entretener a sus invitados, ya que era el propietario de la mansión. Y estos, le seguían divertidos en todas las propuestas que su inquieta mente tuviera a bien de inventar. Padecía una ligera cojera que intentaba disimular con ademanes afectados, siendo un detalle más de su especial forma de ser. Al igual que Mary, siempre estaba escribiendo y muchas veces leía en voz alta el poema en el que estuviera trabajando para sus invitados en esas veladas interminables, llenas de creatividad.

Percy, también poeta y compañero de Mary, era más discreto. Tal vez en un intento de no eclipsar a su anfitrión, aunque también gozaba de un carácter bastante impetuoso que, a veces, le hacía chocar con él, lo que no impedía que fueran los mejores amigos. Pasional y enamoradizo, ya le había sorprendido varias veces observándola de una manera nada decorosa. Halagada, se dejaba seducir con la mirada sin manifestar algo más que complacencia por su interés, el cual desaparecía en cuanto veía llegar a su imponente compañero.

Quedaba John, médico personal de Gordon, ya que éste, a pesar de toda su gran vitalidad, no gozaba precisamente de una buena salud. Taciturno y callado, soportaba los desplantes y cambios bruscos de carácter de su paciente como buenamente podía, aunque si uno se fijaba bien, sus ojos delataban unos deseos que tal vez no sería conveniente que salieran a la luz.

…y en medio de todos ellos, estaban esos extraños invitados que habían aparecido una noche especialmente oscura y que se desenvolvían en ese ambiente como pez en el agua. La estancia de sólo unos días se estaba convirtiendo en semanas y la anécdota de la rueda rota parecía que había quedado en el olvido. Ella no tenía prisa por marcharse y deseaba que llegara la noche y se sentaran todos alrededor del fuego para que uno de ellos, en su papel de Sherezade, les deleitara con una historia o un poema.

Ella…pero él. Aparecía siempre tarde, interrumpiendo la lectura mientras todos los ojos le miraban ocupar su asiento de mala gana, coger una copa de licor y beberla despacio mientras veía a su compañera que le observaba con ojos entrecerrados.

Sabía que para él estaba resultando duro aguantar todos esos días aparentando una vida humana que estaba muy lejos de desear. La sangre le llamaba y tener a todas esas presas potenciales delante de él sin poder disfrutar de la matanza empezaba a afectarle en su forma de comportarse socialmente. Pero también sabía que no podía desobedecer a su Sire y, a duras penas, intentaba adaptarse y disimular, algo que le estaba costando más de lo que pensaba.

Podía estallar en cualquier momento, y no les convenía. No por esos humanos sino por las consecuencias. Vivían todavía una situación delicada, había personas que podrían reconocerlos y no estaban lo suficientemente lejos como para arriesgarse hasta que las cosas se calmaran...pero también le comprendía. Necesitaban una masacre, la sangre caliente saliendo de los cuerpos temblorosos por los estertores de la muerte…a pesar de la frialdad de su cuerpo empezó a notar el ansia que le subía hasta la garganta y, para disimular, empezó a abanicarse delicadamente mientras se llevaba la mano a la frente. Mary, su compañera en el sofá, la miró preocupada.
 
-¿Se encuentra bien, querida?
 
-No, no se preocupe- Mientras el abanico se movía lánguidamente.
 
Su compañero la observaba por encima de la copa de licor, con una sonrisa maliciosa que sólo ella podía interpretar: “Si tú quisieras, ahora mismo estaríamos gozando de una buena matanza”.  El abanico empezó a moverse más deprisa.

La intensidad del deseo hizo que se levantara bruscamente, todos los presentes fijaron su atención en la temblorosa figura y Mary se apresuró a sujetarla. El temblor era real. El cuello de Mary estaba tan cerca que una pequeña película de sudor apareció en su frente fruto del esfuerzo por contener sus instintos asesinos. Mientras, él se relamía divertido con lo que estaba ocurriendo. Los caballeros se aplicaron en intentar confortar a la invitada, pero parecía que algo no iba bien, sobre todo cuando John intentó tomarle el pulso y ella lo evitó fingiendo un golpe de tos. El médico suspiró al ver el rechazo recibido y decidió dejarla en paz achacando su estado a la delicada salud de la que había hecho gala desde que llegó.
 
Al acompañarla a la habitación Mary se aseguró que todo estuviera en orden. La criada apareció en ese momento con una palangana de agua y toallas. Las instrucciones precisas para cuidar a la indispuesta dama fueron escuchadas atentamente y con una ligera inclinación se adentró en el dormitorio para atenderla. Tumbada en la cama, ella seguía todos los movimientos de la muchacha. Olía a sangre joven, a miedo, a deseo…éste último olor hizo que su cuerpo se tensara y empezó a mirarla más atentamente…y unas minúsculas marcas en el cuello, hábilmente escondidas para ojos humanos, aparecieron ante ella.
 
Entonces comprendió muchas cosas.
 


Capítulo 3

En la cocina de la mansión hacía tiempo que el tema de conversación eran las misteriosas muertes de los animales. Los criados más ancianos empezaban a murmurar entre ellos sobre seres que nadie quería nombrar en voz alta, criaturas demoníacas que no se comían sus presas sino que les extraían hasta la última gota de sangre. Madeleine se quedaba muy quieta, escuchando sin perder una sola palabra hasta que alguno de los criados mayores le llamaba la atención y partía a hacer sus quehaceres con la cabeza baja.
 
Cada día se sentía más agotada, pero no podía prescindir de esas visitas nocturnas.

Acostada boca arriba y muy quieta, agarrando la vuelta de las ásperas sábanas contra su pecho, esperaba el momento de oír el suave golpear de la puerta que indicaba que la hora había llegado y salir envuelta en su ajado chal al pasillo. Debía bajar sigilosa de la cama para que su compañera no se despertara, aunque rara vez había pasado eso desde que trabajaba en la casa, tenía un sueño tan pesado que lo único que podía despertarla era un ruido más fuerte que sus propios ronquidos.

Siempre la llevaba a otras habitaciones más apartadas. Mientras, su cuerpo se preparaba para recibirle: temblaba, se sentía ansiosa, era una necesidad nueva, adictiva que hacía que le sudaran las manos, presa de una zozobra que le encogía el estómago y secaba la garganta. Desde el principio no pudo resistirse a él. Su llegada a la casa aquella noche acompañado de esa mujer tan hermosa marcó un antes y un después. Hablaba de una manera tan hipnótica que se limitaba a escucharle embelesada, contemplando su cara angelical de sonrisa cautivadora, mientras él le quitaba la ropa lentamente y la adoraba con caricias que ninguno de los muchachos con los que había estado se habían molestado en darle. ¿Cómo era posible experimentar tanto dolor y tanto placer a partes iguales? Siempre ocurría de la misma manera, casi la hacía perder el sentido para, a continuación, sentir un agudo dolor en el cuello que la llevaba al límite y, si pensaba que no podía experimentar más placer, entonces éste la elevaba hasta un punto en el que se sentía morir, literalmente. De repente todos sus sentidos se concentraban en esa boca que poseía su cuello como antes había poseído su cuerpo. Le oía tragar y gruñir de satisfacción, mientras ella temblaba entera y rogaba para que esa sensación no terminara nunca…

…pero siempre terminaba demasiado pronto. Y su cuerpo se rebelaba inquieto por interrumpir esa sensación única e intentaba volver a ofrecer su cuello para que continuara, pero él la contenía con una sonrisa de labios ensangrentados, prometiéndole más la próxima vez.

Después, la pregunta flotando siempre en el aire:

-¿Vendrías conmigo?

Y siempre la misma respuesta:

-No puedo, señor, mi familia me necesita, soy la única que puede enviar algo a casa y sin mí morirían de hambre. Desde que el Sol se escondió tras esas extrañas nubes apenas hay trabajo y comida. No puedo dejarles, ahora no.

Él deshizo el abrazo, aburrido. -La familia es un estorbo, sólo sirven para exigir y quejarse. Nada de lo que hagas o digas será nunca de su agrado.-Se levantó de la cama. -Y tú eres una estúpida por pensar que les haces un favor. –Elevando el tono de voz -¿Acaso crees que alguna vez te agradecerán ese sacrificio? Jamás, óyeme bien, lo único que quieren es que te deslomes en ésta mansión mientras ellos se quedan esperando tranquilamente su parte.

Las hirientes palabras hicieron que Madeleine empezara a notar la quemazón de las lágrimas, sus labios temblaban y no sabía qué hacer o decir. ¿Por qué era tan cruel con ella? No hacía unos minutos le había dicho las cosas más hermosas que había escuchado en toda su joven vida…y ahora la hería en lo que sabía que más daño podía hacerle.  

¿Cómo podía reprocharle el que no quisiera dejar a los suyos si era cierto todo lo que le había contado? Morirían de hambre. Nadie quería contratar a una criada vieja pudiendo tener a una más joven a la que pagarían siempre un poco menos. Ella era lo único que separaba a su familia de la más absoluta miseria en los extraños días que estaban viviendo. Tumbada en la cama recorrió su imponente cuerpo con la mirada mientras él se movía despreocupadamente por la habitación. La espalda de músculos tensos y brillantes que se movían sinuosamente bajo su piel de una palidez deslumbrante… sería tan fácil renunciar a todo por él, marcharse, desaparecer…pero… ¿Qué posibilidades tenía siendo una pobre criada con un señor como él? Además, estaba ella, la mujer más hermosa que había visto. No era tonta y sabía el lugar que le correspondía. Los había visto juntos y esa dama jamás lo dejaría marchar. Sólo con observar cómo se comportaban cuando estaban juntos adivinaba una relación que iba más allá de lo que su joven mente podía percibir…y era algo tan intenso que a ella misma le asustaba. Debería renunciar a seguir viéndolo noche tras noche…pero era tan difícil…tantas las obligaciones… tantas las dudas…tanto el placer… su madre, sus hermanos pequeños…no, no los dejaría jamás.

-Debo de marcharme ya, señor –La voz apenas le salía del cuerpo, tanto por la debilidad que sentía como por la angustia de lo que había oído. Silenciosamente compuso sus ropas y volvió a abrigarse con el viejo chal. Hizo un último intento de mirarle y esperó un instante, anhelando ver su rostro, un atisbo de cariño, mendigando una mirada que le estaba hurtando…pero él parecía haber perdido el interés dándole la espalda. Las lágrimas por fin empezaron a rodar por sus mejillas y prefirió salir de allí antes de que él las viera.

Sabía que estaba llorando, el olor salado le llegó nítidamente y sonrió para sí. Débiles humanos, cuanto más jóvenes, más fácil es manipularlos. Y él que pensaba que la estancia en la mansión iba a ser aburrida...

Capítulo 4

Ya no era divertido.

Descubrir su traición la había hecho mantenerse en guardia esperando un gesto que no se producía. La había desobedecido…a medias. Y no sabía qué era lo que más le dolía: si que se lo hubiera ocultado… o que no la hubieran compartido. Había estado molesta con su actitud desde que habían llegado a la mansión. Siempre protestando, siempre renegando de la forma en la que se veían obligados a alimentarse, para ahora enterarse de que tenía una víctima para aliviar sus días de hambre sin levantar sospechas, mientras que ella había estado soportando esa dieta insípida para pasar desapercibidos. Idiota, ahora se daba cuenta de que tenía que haberlo sabido. Todos esos días en los que llegaba tarde…oliendo a dolor y a insatisfacción y resulta que ese olor no era suyo…sino de la muchacha.

Mientras le observaba con ojos entrecerrados, abanicaba su cuerpo con languidez, en su continuo teatro de debilidad frente a los demás invitados.

Aquella noche todos estaban intranquilos, parecía que la tormenta que se había desatado en el exterior, les afectaba más de lo que estaban dispuestos a reconocer. El fuego crepitaba en la chimenea, pero nadie se atrevía a acercarse mucho a ella. Ni siquiera Gordon hablaba, presa de un mutismo inusitado en él. Las damas se habían reunido en una mesa y, bajo la luz de una bujía, jugaban a las cartas sin mucho entusiasmo mientras lanzaban miradas aprensivas hacia las ventanas que vibraban por la fuerza de los truenos. A pesar de las pesadas cortinas, los continuos relámpagos iluminaban la estancia repentinamente a través de los resquicios que quedaban, acompañados del sonido ensordecer de sus compañeros los truenos. Mary y Claire temblaban sin ningún disimulo mientras que ella se limitaba a observarlas.
 
-Les propongo un reto.
 
Lo inesperado de la exclamación hizo que todos se giraran a mirar a Gordon, que había cambiado el mutismo por una amplia sonrisa.
 
-Como parece que ésta noche nos está afectando y, además, el ambiente invita a ello ¿Qué les parece si contamos historias de miedo?
 
Los invitados empezaron a removerse en sus sitios tomando posiciones para escuchar atentamente al resto de sus compañeros. Estaba claro que la idea había sido muy bien recibida. ¿Y quién empezaría? Se miraron unos a otros buscando la chispa inspiradora.

Las historias emergieron de las mentes inquietas de los presentes y, uno por uno, las desgranaron haciendo aparecer fantasmas, mansiones encantadas y seres infernales que inundaron la estancia de palabras donde la fantasía era la principal protagonista…

… hasta que una voz poco habitual en las tertulias nocturnas empezó a hablar…

“Imaginen a un padre que nunca quiso a su hijo, siempre lo tachó de irresponsable y lo consideraba una vergüenza para la familia. Imaginen los desprecios que ese hijo pasó en su juventud y las veces que intentó acercarse a ese padre que nunca fue accesible. Ni siquiera su madre y su hermana tuvieron oportunidad de suavizar la relación entre ellos. El hijo buscó el olvido en las tabernas y el padre despreció a ese hijo. Imaginen a una dama, la más hermosa que hayan visto en su vida, de sonrisa cautivadora y palabras dulces como la miel, que le prometió al hijo todo lo que el padre no estaba dispuesto a darle. Imaginen el regalo que ésta dama le dio al hijo: todo el conocimiento, todo el dolor y toda la fuerza para vivir su existencia como le placiera. Imaginen el uso que hizo el hijo de éste regalo: buscó la venganza y en ella arrastró a todos los seres que habían formado parte de su existencia antes de conocer a su oscura dama. Ni siquiera la madre y la hermana escaparon de ella, toda la familia sucumbió bajo la fuerza de sus colmillos. A partir de entonces no hubo marcha atrás. Su existencia había cambiado de rumbo y no necesitaba lazos con su vida anterior. La sangre de su sangre formó parte de su nuevo cuerpo…”

Mientras contaba su historia, ella le observaba con ojos entornados, sonriendo apenas. Él le dedicó un par de miradas intencionadas mientras hablaba, rápidas e imperceptibles para el resto de invitados, mientras se recreaba en los detalles escabrosos y una de las damas, Claire, se abanicaba sofocada, fruto de la turbación que las palabras de él le producían, mezclado con la aprensión mal contenida de los insistentes relámpagos y truenos que acompañaban, como una música de fondo, a la truculenta historia.
 
Cuando terminó, todos los presentes soltaron un suspiro conjunto, dando la impresión de haber contenido la respiración mientras hablaba. La incomodidad por la historia y las sonrisas nerviosas acompañaron a éste suspiro, mientras Gordon, como maestro de ceremonias, señalaba a los que no habían participado para que se animaran a continuar con el juego. Tan encantado quedó con todas las historias que esa noche se escucharon que propuso continuar con el juego e ir más allá: escribir relatos de terror basándose en alguno de los que esa noche se habían contado.

La tormenta empezó a remitir y con ella también la velada. Todos empezaron a despedirse y fueron abandonando poco a poco la sala. Menos John. Siguió sentado en un rincón mirando sin ver el fuego, su cabeza daba vueltas pensando en lo que había ocurrido esa noche. No había dejado de observarle desde que empezó la historia. Inquieto por todo lo que había escuchado, aún le producía más inquietud el hecho de que había disfrutado contándola con su voz acariciadora, hipnótica, que había provocado un estado de sugestión tal en los presentes que algo en el estómago del médico le decía que aquello no era normal ni de éste mundo. Bebió su copa de licor de un trago y empezó a buscar material para escribir. Tenía que tomar notas sobre lo que había escuchado…una idea le había empezado a rondar…

En cambio a Mary la cabeza le daba vueltas y no conseguía conciliar el sueño. Percy dormía plácidamente a su lado, pero ella estaba inquieta. Las palabras y, sobre todo, la truculenta historia hervían en su cabeza ¿Dónde terminaba el sueño y empezaba la vigilia? Las imágenes acudían a su mente y eran indescriptibles. Necesitaba escribir antes de que desaparecieran sin remedio. Despacio, se bajó de la cama y buscó el chal para abrigarse de la fría noche que había quedado después de la espectacular tormenta. Ni siquiera se sentó en la butaca sino en el suelo. Con las piernas cruzadas, al lado de la chimenea para aprovechar el calor que despedían los pocos rescoldos que el fuego había dejado, empezó a emborronar cuartillas. Un reto, eso era lo que había propuesto Gordon y ella se sentía capaz de afrontarlo.  

Buscaba las razones por las cuales una persona podía crear a otra, darle una nueva existencia, ser independiente e incluso rebelarse contra su creador. Desafiar las leyes de la naturaleza creando una vida…algo que sólo Dios puede hacer. Una ofensa que no puede tener perdón…como un Prometeo robando el fuego a los dioses y siendo castigado por ello…

¿Hasta qué punto una persona puede ser responsable de la creación de la otra? ¿Un maestro puede hacer que su alumno se convierta en el fiel reflejo de su tutor o puede el alumno rebelarse contra él en un firme desacuerdo con sus enseñanzas? ¿El maestro es el responsable último de las acciones del alumno o debe desentenderse cuando éste ha alcanzado la madurez necesaria? ¿Puede el alumno superar al maestro y éste, en venganza o asustado por su obra, intentar destruir al alumno?
 
Mary escribía esas preguntas e intentaba darse a sí misma las respuestas.
 
Mientras escribía oyó pasos en el pasillo, tan leves que al principio pensó que los había imaginado. Levantó la cabeza e intentó hacer oído. Sí, no se equivocada. Movida por la curiosidad se acercó a la puerta y la abrió muy despacio, dejando un pequeño resquicio para mirar a ambos lados hasta descubrir el reflejo de una vela que se alejaba.
 
Qué extraño…

 

Capítulo 5

Al día siguiente el grupo seguía igual de silencioso, parecía como si la noche anterior las historias relatadas hubieran consumido sus mentes y todos se mostraban ensimismados. Claire se dedicaba a recortar figuras y flores de papel y las iba colocando en una hoja mientras, aplicada en su tarea, cantaba bajito una canción tradicional. Mary, sentada en un rincón, escribía. De vez en cuando levantaba la mirada, pero ésta se perdía en un punto indeterminado del salón, aunque a veces se dirigía disimuladamente hacia los invitados más recientes y entrecerraba los ojos. Con los días que estaban pasando juntos había tenido tiempo de observar detalles extraños… era como si la historia que él había contado fuese más real de lo que aparentaba…

Las palabras se agolpaban en su mente intentando buscar el sentido exacto, había algo que se le escapaba. El que ellos se mostraran siempre tan misteriosos y al margen, sobre todo él, le hacía pensar que ocurría algo raro. Era posible que no supiera nunca la verdad sobre esa pareja, que no dejaba de intrigarla en su forma de actuar. Él parecía supeditado a los deseos de ella…pero también estaban en una continua guerra soterrada en una especie de juego de poder, donde cada uno intentaba desafiar al otro. Las miradas que había logrado captar eran tan intensas y parecían sugerir tantas cosas que a veces se sentía invadiendo un terrero en el que preferiría no haber entrado…

Claire lanzó una exclamación. Todos se giraron a la vez en su dirección. Se había cortado con las tijeras y la sangre empezaba a brotar goteando en el papel, mientras se sujetaba el dedo y buscaba desesperadamente su pañuelo para taponar la herida. La conmoción que se produjo en las caras de los extraños invitados no pasó desapercibida para Mary, mientras se afanaba en llamar a los criados y usaba su pañuelo para seguir la misión que el de Claire había cumplido con creces y yacía, empapado, en la mesa. John tomó el control de la situación y mandó a uno de los criados a por su maletín mientras usaban un tercer pañuelo. Claire sollozaba quedamente, asustada por la sangre que no paraba de manar.
 
Al final decidieron llevarla a su habitación después de recibir las expertas atenciones del doctor. Con la mano vendada, fue el propio John quien la cogió en sus brazos, seguido de un preocupado Gordon que no dejó ni un momento de tener la mano sana entre las suyas para reconfortarla.

La habitación se quedó en silencio. Fue entonces cuando Mary se dio cuenta de que se había quedado sola y entonces recordó…

…había visto algo…como un reflejo amarillo en los ojos de ella que enseguida desapareció y la cara de él…era como si se hubiera desdibujado por un instante. Lo achacó a la falta de sueño después de pasar la noche en vela escribiendo las ideas que su mente le iba dictando...

Parpadeó confusa y, fiel a su espíritu activo, se puso a recoger los recortables que habían caído al suelo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo faltaba.

Los pañuelos ensangrentados habían desaparecido…
Los pasos acelerados resonaban por el pasillo. Ella estaba nerviosa y se notaba en la forma de retorcer las manos con uno de los pañuelos, manchándolas en un triste consuelo que conseguía excitarla más.
 
-Debemos marcharnos, no podemos continuar aquí.
 
Su compañero la seguía divertido, disfrutando con su inquietud.
 
-¿Por qué? Si ahora es cuando se empezaba a poner interesante.-La cortante mirada que ella le dirigió hizo que enmudeciera al instante.
 
-Ya hemos estado escondidos bastante tiempo y no hay más que hablar, mañana nos vamos.-Abriendo bruscamente la puerta de la habitación entró sin más mientras el pañuelo ensangrentado se lo llevaba directamente a la boca.

Capítulo 6

Madeleine empezaba a flaquear en sus convicciones. Cada vez el ansia llegaba antes. La noche anterior no había venido a buscarla y su cuerpo se rebelaba contra ese contratiempo. Lo necesitaba más que el comer, que el respirar…que el vivir. A veces lo veía de lejos pero ni siquiera dedicaba un segundo a demostrar que la había visto y ella se moría de dolor y desesperación. Jamás había sentido esa angustia que invadía todo su ser, era algo tan obsesivo que estaba asustada y temblaba sin parar pensando en el momento en que él se marchara y ya no volviera a verlo más…
 
Las criadas mayores la regañaban continuamente por su dejadez en las tareas diarias, pero era tanta la debilidad… se arrastraba como un fantasma por la mansión intentando realizarlas, lentamente, con la mente vagando y huyendo a esa habitación donde todo se transformaba en delirio y oscuridad y él, con su cara de ángel, la envolvía de palabras, de promesas de vida eterna, de mundos desconocidos donde su familia no pudiera impedirle vivir su vida como quisiera, buscándola más allá de esas paredes.
 
Ahora todos sus sentidos estaban alerta al más mínimo cambio que sucedía a su alrededor…era curioso…nunca había sido una persona muy observadora pero, a pesar de la continua debilidad que arrastraba, ahora percibía su entorno de una manera distinta, especial. El más leve ruido, un olor especial casi imperceptible para el resto…el único de los sentidos que había terminado asqueándole era el del gusto, la comida no le sabía a nada, los alimentos eran engullidos sin el placer de antaño, se obligaba a comer.
 
Nadie le dijo que se marchaban, pero, no sabía por qué, lo supo antes incluso de que lo comentaran en la cocina. Todos los criados cotilleaban sin disimulo sobre los invitados y sus manías y se aprestaban con los preparativos que había organizado milord para la marcha de la pareja.
 
No, no, no. Sus ojos miraban en todas direcciones buscando una excusa para desaparecer de allí. Tenía que hablar con él, contarle lo que sentía si se marchaba, rogarle si hacía falta. Ya no le importaba nada, le daba todo igual, su triste vida le pertenecía si la quería.
 
Aprovechando un momento de despiste se escabulló disimuladamente y empezó a correr por los pasillos hacia sus aposentos. Según llegaba a la puerta empezó a aminorar el paso hasta quedarse quieta enfrente de ella ¿Qué le iba a decir? Todas las palabras que acudieron a su mente le empezaron a parecer ridículas, excusas tontas que no valdrían para nada…pero tenía que verle, hablarle, rogarle…lo que fuera. Quería estar con él.
 
Cuando su respiración por fin se normalizó alzó la mano para llamar suavemente. Dos, tres intentos fueron necesarios para que se armara de valor hasta que los nudillos tocaron la puerta. El tiempo que transcurrió lo podía haber medido con tres eternidades mientras se retorcía las manos en el regazo. Un amortiguado “Adelante” se oyó al otro lado. El corazón se le iba a salir por la boca. Cogiendo aire agarró el picaporte y empujó con decisión. La infinita angustia que sentía le proporcionó el valor necesario para andar los pasos necesarios y entrar en la habitación en penumbra…pero no era él sino ella quien estaba sentada al lado de la chimenea en una postura relajada.
 
Cuando la vio entrar sonrió sin ningún disimulo y se levantó despacio, felinamente, acercándose hasta que estuvieron frente a frente.

-Capítulo 7-

Gordon se sorprendió con la petición de salir de noche pero no dijo nada, limitándose a dar las instrucciones precisas. El coche estaba puntualmente esperando, con la rueda reparada hace tiempo, la puerta abierta y las espesas cortinas preparadas para ser echadas. Parado en el patio, húmedo de la reciente tormenta caída esa tarde. El cochero contratado para la ocasión esperaba pacientemente apostado en las alturas del vehículo, envuelto en una espesa capa.
 
Al salir al exterior ella parpadeó acostumbrándose a la penumbra. El coche iluminado por las lámparas que portaban dos criados al lado de la puerta del carruaje. Miró a su compañero y, en un leve gesto, dio la orden de partir. Las despedidas habían sido dentro de la casa y sus ocupantes se arremolinaban en el umbral, las mujeres envueltas en sus chales y los caballeros soportando estoicamente el frío aire que se había levantado y que, juguetón, se colaba por todos los rincones.

Claire con la mano vendada y Mary mirando intensamente a la pareja mientras su mente se encontraba en dos lugares a la vez, intentado descifrar algo que se le escapaba…pero que luego terminaba escrito en las innumerables cuartillas que ya llevaba escritas. Los caballeros también tenían sentimientos encontrados: Gordon se sentía algo decepcionado por la marcha tan repentina, les había tomado un aprecio especial, tal vez por lo extraños que habían llegado a ser en sus costumbres, excéntricos al fin y al cabo…igual que él. Percy estaba frustrado, sus inclinaciones sensuales le habían pedido a gritos que intentara abordar más abiertamente a la hermosísima dama…pero siempre se había sentido cohibido por la presencia de su compañero, aunque tenía que reconocer que las miradas que ella le había dirigido habían sido una invitación en toda regla…y John, su cabeza daba tantas vueltas como la de Mary. Desde esa noche tan especial los apuntes que había recopilado, y que seguía escribiendo, le hacían mirar a la pareja de una manera muy especial, intuía algo, como si lo que hubiera escuchado no fuera tan fantástico como pretendía, sino real, muy real y que todas las historias que le habían contado hasta entonces de esos seres no tuviera nada que ver con lo que en verdad eran.

Recogiendo el ruedo de la falda, bajó las escaleras despacio y esperó en la puerta del coche hasta que su compañero extendió la mano para ayudarla a subir. Sólo se giró lo suficiente para inclinar la cabeza acompañada de su cautivadora sonrisa, no hacían falta más palabras. Siempre recordaría su estancia allí.
 
Cuando terminó de acomodarse él también saludó con una ligera inclinación y, sin más miramientos, entró en el coche. Éste se movió y los caballos resoplaron inquietos, expectantes, mientras mordían sus bocados.

El carruaje se puso en marcha, mientras una menuda mano enguantada asomaba desde él por la ventana, agitándose alegremente. Con un suspiro, ella se acomodó en el asiento y metió las manos bajo la manta que le tapaba las piernas. Al fin se decidió a mirarle, sentía que la observaba divertido y, efectivamente, estaba sonriendo.
 
-¿Qué te hace tanta gracia?
 
-¿De verdad quieres saberlo, querida?
 
-Pues si no es mucha molestia…
 
-Me ha resultado curiosa la forma tan impulsiva de comportarte, no lo esperaba de ti.
 
-¿En qué sentido?
 
-Siempre eres tan fría en tus decisiones…no dejas nada a la improvisación, al contrario, sueles controlar todo y ahora…como que se te ha escapado de las manos…
 
-¿Tú crees? Me subestimas… ¿Pensabas que no me iba a enterar de lo tuyo con la criadita?

Él se quedó serio un instante, valorando lo que había escuchado. Era su Sire, no se le escapaba nada y ahora tampoco había sido la excepción. Volvió a hundirse en el asiento, con los brazos cruzados mientras ella le miraba directamente a los ojos esperando una explicación.
 
-¿Y…?
 
-Nunca he podido resistirme a la inocencia.-Y subrayó su gesto levantando los hombros y las manos.

-La inocencia…si… - Se quedó meditando su respuesta mirando distraídamente el paisaje que pasaba por la ventana mientras su cuerpo se movía al ritmo del carruaje. - ¿Sabes que hemos corrido un gran riesgo por tus caprichos?
 
-No, no creo…

-De eso puedes estar seguro. Ya me encargué de que las cosas se queden bien atadas.

Él entornó los ojos intentando taladrarla con la mirada, abrió la boca y la volvió a cerrar rindiéndose a la evidencia. Sólo emitió un suspiro furioso, dejando que el silencio se instalara entre los dos.
 
Una extraña greca compuesta por las líneas de las ruedas y los cascos de los caballos iba quedando grabada en el camino embarrado. Marcaban una ruta que no sabían dónde les llevaría.
 
Tenían toda Europa para averiguarlo.
 


-EPÍLOGO-

Desde lo alto del cerro se divisaba una tenue luz procedente de la ventana de la cocina. Era el fuego que crepitaba en la humilde vivienda, mientras el humo inmaculado se escapaba por la chimenea en una noche extrañamente despejada y de luna llena.
 
Sus hermanos y su madre estaban en casa, seguramente cenando…hacía días que no los veía, la última vez fue su hermano pequeño el que se presentó en la mansión para recoger la paga y las sobras de la cocina. Ni siquiera le dejaron quedarse un rato con ella  y se despidió abrazándola con sus delgados bracitos alrededor del cuello. Lo hacía por ellos, siempre se había sacrificado por ellos…y ahora él se había marchado, la había abandonado… ella se había encargado de dejárselo bien claro.
 
Sólo le quedaba su familia.
 
Llamó a la puerta suavemente y una voz infantil preguntó quién era.
 
-Abre, soy yo, Madeleine.
 
Una exclamación alegre hizo que la puerta se abriera de golpe al tiempo que el niño la invitaba a pasar…
 
…y una mirada de ojos amarillos atravesó el umbral.
 

 




Is Only Love