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Siesta Autor: AdictaII Pairing: Spangelus Rating: NR-18 Quinta temporada de ATS |
Cuando entró en el despacho, ya sabía que se iba a encontrar con el inquilino de todo los días…Allí estaba, tirado en el sofá, sin quitarse las botas, que ya estaban dejando rastros de huellas en el cuero. Cerró la puerta sigilosamente y se acercó a su mesa a coger el informe que había olvidado llevarse a la reunión. Wesley había preguntado por él, y ya estaba llamando a Harmony para que lo trajera, fue Angel el que se empeñó en ir a buscarlo personalmente –No te preocupes, es que tengo que ir de todas formas-. Fue la vaga excusa que se le ocurrió en ese momento. Podía haber inventado miles más convincentes. Pero la auténtica no la dijo. Esa no. Se giró despacio, tomándose tiempo, para enfrentar la visión de Spike dormido. Necesitaba mirarle, era una costumbre que había adquirido desde que lo sabía. La primera vez le sorprendió tanto encontrarlo allí que cerró la puerta inmediatamente, sin brusquedad, porque sabía que sus sentidos de vampiro detectarían el más leve ruido. Y en las sucesivas, empezó a quedarse más tiempo, a veces cerca, de pie, otras sentado, en la mesa baja que había enfrente. Siempre le asaltaba el temor de que abriera los ojos. La idea de que lo hiciera le torturaba y emocionaba por igual. Lo temía. Lo deseaba. Era incapaz de apartarse del sofá, y, cuando lo hacía, se iba con sensación de alivio y decepción. Alivio por no estar allí cuando despertara. Decepción…por lo mismo. Bastaba que le oyera quejarse para acercarse sigilosamente y esperar un gesto, un movimiento que le indicara que algo iba mal, para observarlo, preocupado. Como ahora. Spike se removía inquieto, otra pesadilla parecía estar incomodándolo, y Angel se sentía impotente para ayudarle, no quería, no debía despertarle, acunarle, evitar que sufriera, aunque ese fuera uno de sus mayores deseos. Sabía que el alma que ahora habitaba su cuerpo era una de las culpables de esos sueños, esas pesadillas que aparecían, invariablemente siempre que dormía. Él, sobre todo, lo sabía, porque ya había pasado por ello…de hecho, le seguía pasando. ¿Qué podía hacer sino mirarle? Imaginar las visiones que tendría en sus caóticos sueños, las víctimas que había dejado a lo largo de su no-vida, los remordimientos que ahora le atormentaban en cuanto cerraba los ojos. Si, seguro que estaba pasando por eso ahora mismo. Su rostro perfecto se contraía en una mueca de dolor, de angustia, pero los ojos seguían invariablemente cerrados, casi apretados, como una puerta que se atranca y no permite abrirse al mundo real. Despacio, suavemente, se sentó en la mesa y siguió observándolo. Se había quedado quieto, la pesadilla que tuviera parecía haberle dado un pequeño respiro y ahora se mostraba relajado, la boca entreabierta, la posición desmayada en el sofá, con la mano derecha por detrás de su nuca , apoyado el brazo en el respaldo y la mano izquierda descansando suavemente en su vientre. ¡Deseaba tanto tocarlo! Algunas veces alargaba la mano hacia su cara…pero siempre le temblaba en el último momento…y la retiraba frustrado, con la sensación de que era mejor así, no podría soportar su rechazo si lo intentaba después de tanto tiempo. Tanto tiempo. Antes era distinto, por supuesto que era distinto. Sólo una mirada era suficiente para que se acercara, sin titubear al arrodillarse ante él y empezar el ritual que Angelus esperaba con ansiedad, dejándose hacer, sabiendo que sólo esa boca era capaz de llevarle hasta límites que nadie podía imaginar…sus manos le guiaban, enredadas en sus claros rizos, demasiado largos, rebeldes como él, siempre sueltos de la cinta que los sujetaba. Esos pensamientos empezaron a afectarle y la presión en su entrepierna comenzaba a ser demasiado incómoda. Se levantó y empezó a andar por el despacho, pero un nuevo gemido le atrajo irremediablemente hacia el sofá. Spike murmuraba palabras inconexas, repetitivas, y pequeñas convulsiones las acompañaban. Cambió de postura y giró hacia su izquierda, apoyando la cabeza en el brazo. Angel se sentó de nuevo en la mesa sin dejar de mirar su rostro. No se cansaba de mirarlo. Aunque siempre estuvieran discutiendo. Muchas veces se dejaba provocar sólo por tener ese gesto travieso delante de él, a pocos centímetros de su cara. Podía olerlo, sin que notara que lo hacía, y ver sus ojos de cerca, azulísimos, chispeantes y juguetones ante el desafío de saber cómo cabrearlo. Se quedó mirando sus labios, y los recuerdos acudieron de nuevo a su mente involuntariamente. No quería recordar, no debía, no podía, pero esos labios estaban entreabiertos, jugosos, murmuraban algo ininteligible en sueños…Eran SUS labios, los que había besado en innumerables veces, los que le dijeron palabras que le ofendieron, los que le provocaron, los que susurraban “Angelus” a su oído y le enervaban hasta lo indecible, los que se hundían entre sus muslos con un ronroneo suave. Eran sus labios, fueron sus labios… Y ahí estaba, dormido, pero inquieto, vulnerable después de su experiencia con Dana. Los médicos y los chamanes le habían garantizado su curación, pero Angel aún lo observaba disimuladamente, miraba sus manos, los dedos, y recordaba su paso por el hospital: la total resignación con que afrontó lo que le había sucedido, como una penitencia por los pecados cometidos. Su condición de víctima no le impedía recordar que él también había sido un monstruo, un vampiro, un asesino. Y esa actitud provocó una silenciosa admiración que, a la vez, le oprimió el corazón. Podía haber dejado de latir hacía mucho tiempo, si, pero nunca dejaba de extrañarle y sorprenderle que aún pudiera sentir esa presión, ese dolor lejano, la angustia de la pérdida, siempre presente. Presente por todos los que había conocido y había perdido, presente por lo que le depararía su paso por W&H, presente por él, por su aprendiz, su rebelde alumno, que había demostrado con creces un coraje que Angel no sospechó que tuviera al principio de conocerle. Había superado al maestro hacía tiempo. Nunca había sido como él. Era mejor que él. Y cuando lo conoció era tan joven, tan ingenuo…tan deseable. Juventud, ingenuidad, inocencia…tantas virtudes para corromper…y él, Angelus, el rey, el jefe, el maestro. Sólo Darla se salía de ese círculo en que había metido a sus crías, para eso ella había sido su mentora en ese siniestro mundo de sangre y dolor, muerte y placer. Pero ellos…eran sus criaturas, sus creaciones, moldeados a placer, por placer, para su placer. Con Drusilla consiguió la más exquisita mujer hecha vampiro: sin moral, sin remordimientos, sin cordura…pero Spike…William…Willy…llegó a él siendo ya un vampiro, pero también llegaron otras cosas que lo envolvieron imperceptiblemente: su arrojo, su admiración, su belleza, su mirada…crearon una tela de araña que fue envolviéndolo cada día, de unos hilos tan finos y, a la vez, tan resistentes, que, cuando se quiso dar cuenta, ya estaba atrapado en ella. Se asfixiaba. Aunque no necesitaba respirar, se ahogaba en sus ojos cada día un poquito más…y entonces apareció esa sensación de hambre…pero no de sangre…era un hambre caníbal, una gula incontrolable de poseer, de destruir, de acabar de una maldita vez con esa mirada transparente que las matanzas no conseguían apagar. Su alumno se aplicaba en las masacres como un chiquillo al que dan por primera vez un lápiz y una hoja para colorear. Todo le sorprendía y todo lo hacía con una alegría que nunca disimulaba, mientras Drusilla le reía las ocurrencias y se dejaba arrastrar por un vals improvisado alrededor de los cadáveres cosechados ese día. Tenía que terminar con esa mirada. No podía soportar por más tiempo la falta de miedo, de sumisión, ya no bastaba con la sincera admiración, necesitaba ser temido, no sólo por sus víctimas sino por él. Borrar de esos ojos todo rastro de felicidad. Quería que supiera en todo momento quien era el señor de todo lo que le rodeaba, que aprendiera de una maldita vez a obedecer sin preguntar, quería derribar todos sus esquemas humanos, quería devorar su mente, quería machacar su cuerpo. Lo quería a él. Y supo empezar por donde sabía que más le dolería: Drusilla. La tranquilidad volvió a aparecer en el sueño de Spike. Ya no murmuraba, y su boca ahora estaba cerrada, en reposo. Tenía que dejar de mirarla. Intentó desviar la atención a otro lugar, pero el resultado fue peor: se dedicó a contemplar su cuerpo. Y su traicionera mente empezó de nuevo a volar a lugares olvidados. Recordar era doloroso. Todos los recuerdos que tenía eran dolorosos. Bueno, casi todos. Si el recuperar el alma hubiera garantizado la pérdida de memoria de los crímenes cometidos…No habría sido un castigo, sino una bendición. Corrupción. Angelus sabía cómo hacerlo. Una obra de arte estaba a punto de gestarse. Otra vez. Las etapas se sucedieron al ritmo que se había impuesto y su víctima fue superándolas con el brillo de su mirada cada vez más apagado. Primero fue Drusilla. Luego fue su cuerpo. Y, finalmente, su voluntad. Lo más extraño de todo es que no esperaba que el resultado fuera tan satisfactorio. Tan magnífico. Había rebasado todas sus expectativas. El cambio que se había producido en su alumno lo tuvo que clasificar de espectacular. El ser que había conocido no se parecía en nada al que surgió después. A partir de entonces se empezó a comportar salvajemente. Era suicida. Algunas veces lo contemplaba maravillado. Otras preocupado. La mayoría fascinado, henchido de orgullo ante su nuevo juguete. Ese cuerpo que ahora contemplaba en el sofá fue castigado y gozado. Innumerables veces. La sensación de posesión, el saber que podía ejercer su voluntad sobre él…recordar sus ojos abiertos, aterrorizados, esperando el siguiente golpe, el próximo abuso. Una lágrima empezó a formarse. Angel no pestañeaba ensimismado en sus recuerdos. Y esa traicionera lágrima empezó a resbalar por su mejilla, mansamente, marcando un camino de arrepentimiento. El sabor salado en la comisura le hizo reaccionar y la limpió con la palma. Pobre tributo por todas las que le hizo derramar a él. También hubo buenos momentos. Esos tampoco los podía negar. Al principio, recién llegado, cuando le guiaba por su nueva no-vida. La novedad, el compañerismo, la diversión…que duraron tan poco. Pero lo mejor fue después, cuando ya lo tenía a su merced, dócil dentro de su rebeldía. Alocado, pendenciero, arrebatado, provocador y complaciente. Todo eso era Spike cuando ya no quiso llamarse William. Spike fue suyo. Durante años. Todavía podía sentir su olor, su sudor. Pecho contra espalda. Unidos en un ritmo demencial, lleno de suspiros y gruñidos animales. Angelus hociqueando en su cuello, susurrándole al oído -Dime que te gusta- y la jadeante respuesta -Más rápido-. Para terminar gritando su nombre con un quejido desmayado. Satisfecho. Si, ese era un buen recuerdo. Haberle escuchado decir Angelus durante el orgasmo en todos los tonos posibles: desmadejado, urgente, entrecortado, sorprendido, susurrado…Cuando no tenían alma. Ahora tenían alma. Ahora existía Buffy. Ahora estaba durmiendo en el sofá de su despacho y había decidido no ir en busca de la Cazadora. Se quedaba en Los Angeles. Pero eso no quería decir nada. Sólo que se quedaba. Con él ¿Por él? ¿Cuánto tiempo? La incertidumbre le iba a matar. Y verle dormir en el sofá también. Era una tortura. La presión volvió a su entrepierna…y estaba tan cerca…sólo tenía que alargar la mano. Despertarle suavemente… Se levantó de la mesa y se agachó para contemplar su rostro a la misma altura. Memorizar sus rasgos de nuevo antes de marcharse. Justo en ese momento Spike se removió y un suspiro escapó de su boca: -Angelus… Angel se quedó muy quieto al escucharlo. No era la primera vez que le oía decirlo, pero siempre le pillaba desprevenido. No sabía que pensar. Desde el primer día creyó que el pronunciar su nombre formaba parte de sus pesadillas...pero ahora…no estaba tan seguro. Decisión. Sólo era cuestión de alargar la mano. La mano que siempre quedaba cerrada en un puño, retrocediendo justo antes de llegar a sus labios, a su pelo, a su brazo. Era su destino: tocarle, recordar el tacto de su piel fría. Era su decisión: dejarle, reconocer su independencia, su libre albedrío. Los dos tenían alma. Los dos eran distintos. Vampiros híbridos, demonios con sentimientos olvidados. Miró la carpeta olvidada en la mesa y recordó la reunión. Wesley, seguro que de un momento a otro iba a sonar el teléfono si se demoraba más todavía. Con un suspiro se levantó y la recogió mala gana. Esta vez no se permitió mirar atrás. Con el deseo abandonado en un sofá de cuero negro, cerró la puerta. El amortiguado clic hizo que Spike abriera los ojos y se quedara mirándola. Se incorporó, apoyándose en el codo. Un día más, se quedó esperando. |