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La magia de Halloween Autor: vicenivi Pairing: Spangel Rating: TP Un tiempo indeterminado en el futuro. |
Ni siquiera se había dado cuenta de que era Halloween. Llevaba mucho tiempo ya sin darse cuenta de nada, años quizás. El tiempo no importa cuando el que tienes es la eternidad y no tiene significado para tí. Fue la llegada de Denis, ese aire glacial que le erizaba el vello de la nuca, el que le recordó qué noche era. Era la única ocasión en que podía salir de la casa que...Dios, hacía ya tantos años...había compartido con Cordelia.Y siempre iba a visitarlo unos minutos. No entendía por qué. Un fantasma visitando a otro fantasma. No, un fantasma visitando una càscara vacía que deambulaba sonámbula y cumplía su misión como un automáta, por inercia, porque no tenía otra cosa que hacer, porque no sabía hacer nada más que salir y pelear. No recordaba cuando fue la última vez que habló con alguien, la última vez que sonrió, la última vez que "sintió".¿Era esta absoluta vaciedad lo que perturbaba a Illyria cuando llevaba el cuerpo de Fred? Esta horrible sensación de estar en un cuerpo que no te pertenece y, en el fondo, no importarte en absoluto. Este hueco que no se llena con nada y que ruge de un hambre que nunca se saciará, esta nausea infinita en lo más hondo de la garganta, que sabe a cenizas y derrota. Con un vaso de whisky irlandés en la mano, el único capricho que se permitía, se asomó a la ventana para ver a la gente que se divertía cuatro pisos más abajo. Le parecían tan ajenos, tan incomprensibles...La misma gente a la que salvaba noche tras noche, implacable, tajante, pero también sin emoción o empatía. Esa gente que en ocasiones no sabían ni agradecerle la ayuda, más aterrados por su inconmovible e impávido salvador que por los demonios que los habían acosado.Ya ni siquiera llevaba armas, utilizaba las manos, lo que encontraba, las armas de sus enemigos a veces y luego las dejaba caer por las alcantarillas.Desde aquella batalla en las ruinas de la abadía de Carfax, el la que creyó que "por fín" todo acabaría, se había vuelto más y más descuidado, más despreocupado por su propia seguridad. Pero de alguna manera sobrevivió. Otra vez. De alguna manera seguía sobreviviendo. Alguien debía estar divirtiéndose en algún lugar, manejando los hilos de su existencia, levantándole cada vez que caía, sin darle reposo. Ni paz. Una hermosa mujer rubia, vestida de época, con miriñaque y un alto peinado llamó su atención. Darla. No, no era tan bella como Darla. Pocas mujeres lo eran. Y ninguna era tan destructiva y maligna, tan retorcida y manipuladora. Darla... Casi instintivamente se puso a buscar a Drusilla entre la multitud, a Dru le gustaba Halloween, salía en la mágica noche y miraba las estrellas. Dru bailaba y reía y buscaba a su príncipe oscuro, para contarle lo que los espíritus le confesaban al oído... Spike… Se obligó a cerrar los ojos y cuando los volvió a abrir, se concentró en la gente que pasaba por su calle, riendo, bailando, disfrutando. Algunos, llevaban disfraces de carnavales, pero añadían algún detalle macabro para que fueran adecuados a la fiesta: un hilillo rojo en la comisura de los labios, unos dientes postizos de vampiro, una marca sangrienta en el cuello, un maquillaje cadavérico...Espantosas brujas, esqueletos andantes, zombies, payasos escalofriantes, hombres lobo, demonios de todas clases ...Una variopinta gama de personajes, algunos auténticos y otros fingidos. Se preguntó cuántas víctimas habría al día siguiente, pero un destello que venía de la esquina de la derecha desvió su mirada. La luz de las farolas se reflejaban en unas gafas redondas de metal, haciéndolas brillar. Unos ojos azules, los más azules del mundo, los más entregados y fieros, los más expresivos, lo estudiaban fijamente. Algo se removió en su interior. No era posible... Pero ese pelo castaño, esos pómulos incomparables... William, estaba mirando a William. El mismo William con que tropezó aquella noche. El mismo William que lo atrajo con un canto irrefrenable de sirenas y lo incitó a seguir a Drusilla y acabar la tarea que ella fue incapaz de concluir. William, con su ropa victoriana y sus ojos llorosos. William. Su William. El vaso cayó de su mano y antes de que se estrellara en el suelo, ya corría por el pasillo del edificio, como un caballo desbocado, bajando a trompicones las escaleras porque no quería perder tiempo esperando el ascensor, aterrado con la idea de acercarse a ese joven y comprobar que no, que no era él. Claro que no podía ser él. Pero todo el cuerpo le había dado un vuelco y temblaba como hacía tiempo que no hacía y tenía que ver, tenía que... Empujó a la gente en su camino sin el menor miramiento, pero cuando llegó a la esquina ya no estaba. Miró desesperado a su alrededor, maldiciendo a la multitud que se interponía en medio, que no le dejaba ver, que no... Como por arte de magia, la gente se apartó momentáneamente y allí estaba, unas yardas más allá, junto a la entrada de la licorería, mirándolo. Pero ahora era el Spike de los inicios, burlón, desaseado, el pelo mal recogido en una coleta, descarado, provocador, rebelde, el Spike que los metía en mil apuros que les obligaban a huir y esconderse y les hacía la vida imposible con sus caprichos y cabezonerías. Angelus había matado a otros por mucho menos, pero nunca pudo matar a Spike. Apenas un parpadeo y ya no estaba allí. Debía estar volviéndose loco, pero le daba igual. Olisqueó el aire y sí, allí estaba. Su olor, débil, apenas un atisbo, pero inconfundible y por unos segundos el mundo dio vueltas a su alrededor, mareado y crispado de ansiedad. Siguió el rastro hasta el puente y allí le esperaba el Spike desafiante que acababa de matar a su primera Cazadora, con marcas de lucha en la cara, la mirada salvaje y llena de orgullo, brillando con un fulgor propio, haciéndole señas de que se acercara, la lengua asomando entre los dientes y esa sonrisa como no había visto otra. Corrió hacia él, sin ver donde ponía los pies y tropezó con algo. Cayó aparatosamente sobre alguien, pero no se detuvo a pedir disculpas o levantarle. Cuando volvió a mirar estaba rodeado de otros, todos formando un grupo compacto de nazis, los chaquetones de cuero, las esvásticas, borrachos, cantando a grito pelado. Le costó encontrarlo, buscaba un deslumbrante pelo rubio hasta que recordó que en aquella época era moreno y cuando pensó que lo había visto, la multitud se movió como una marejada enloquecida y un grupo de aullantes y combativos punkis con Spike a la cabeza , armados con barras y cadenas, se abalanzó sobre el grupo nazi y de pronto todo fue gritos, carreras, caos. Algo le golpeó las piernas desde atrás y se volvió, los puños en alto, dispuesto a luchar. Tuvo que bajar los ojos para ver a Spike, delgado, herido, atormentado, en su silla de ruedas: "¿No te has cansado de hacerme daño, Sire?" y levantó unas manos vendadas hasta los antebrazos: “¿Has olvidado que una vez fuimos víctimas inocentes?” El mundo dejó de girar y tras unos momentos de confusión, Angel alzó la cara al cielo. Ahora lo entendía. Los Poderes o las Fuerzas que dominaban el Universo volvían a jugar con él. Un títere al que hacer bailar al son que les apeteciese. Angel nunca se había quejado, nunca había pedido, nunca se había atrevido a desear ni a esperar, por miedo a que un solo pensamiento suyo pudiera perjudicar a Spike en el lugar en el que estuviera. Nunca, jamás, en todos esos años, se había permitido el lujo o el consuelo de pensar en él, de añorarlo o llorarlo. Nunca. Y ahora aquello. Era como si se rieran no solo de él, sino también de Spike , como si violasen, de alguna manera, la paz que se había ganado tan denonadamente y volviesen a traerlo a este mundo de terror. Era demasiado. Definitiva, irrevocablemente, lo habían roto. Desde sus tripas, ese alarido de angustia que había estado reprimiendo ferozmente durante décadas, empezó a rasgar su camino por su vientre y estómago y garganta, desgarrándole por dentro, atenazándolo, y cuando surgió al exterior con el ímpetu de un tornado, la ciudad entera se estremeció con el bramido de Angelus desgranando su rabia e impotencia, el estertor agónico de Angel desahogando el dolor que lo tenía atragantado, el aullido de un lobo solitario que clama por su bandada y por su compañero, el rugido de un ser atormentado que ha llegado , al fin, a su límite y que sabe que, cuando deje de gritar, caerá al suelo y no se volverá a levantar. Angel gritó al mundo entero su desasosiego, su miedo, su desesperanza hasta quedar sin voz y el mundo le respondió con un silencio espectral, con miradas de incomprensión y pánico. Y nadie de los que le rodeaban le tendió la mano. Los Angeles no era una ciudad caritativa y pronto se vio rodeado de gente que mantenía una prudencial distancia y esperaba que se marchara lo antes posible para continuar con la fiesta y el jolgorio. Así que se levantó y volvió al apartamento, sin mirar ni buscar, ciego y sordo, ronco y temblando como si tuviera fiebre. Volvió al apartamento porque no tenía otro lugar al que acudir, como una alimaña herida que se refugia en lo más hondo y oscuro de su guarida, asustada y desvalida. La puerta del apartamento estaba abierta, pero tampoco recordaba haberla cerrado en su enloquecida carrera. Ya con los primeros y desgarradores sollozos convulsionándole el pecho, cerró la puerta detrás de él y resbaló contra la madera hasta quedar acurrucado en el suelo. Se hizo una bola y lloró. Lloró por todo lo que no se había atrevido a esperar ni sentir, por todo lo que había perdido y dejado atrás, lloró de manera incontrolable, convulsiva e hipante, como un hombre que no está acostumbrado a llorar y no sabe como hacerlo y todo son lágrimas y babas y mocos y gemidos. Lloró hasta que un pequeño movimiento más allá, despertó su innata alarma y miró en aquella dirección. Una pequeña figura que temblaba tanto como él, envuelta en una manta, se acercaba vacilante: "¿Angel?", susurró, lleno de miedo Angel, los ojos arrasados, sin poder dejar de llorar, solo tuvo fuerzas para abrir los brazos y luego, volverlos a cerrar apretadamente alrededor de William: "Te tengo, te tengo. Te tengo" Supo, de algún modo, que había sido redimido y perdonado, y que William, su William, volvía a estar a su lado. Eterno. Suyo Efulgente. |