Navidad Spangel

Autor: vicenivi
Pairing: Spangel (¡Por favor! ¿Quién puede ponerlo en duda?)
Rating:  TP
Un tiempo indeterminado en el futuro. Seis fics unidos, o un fic en seis partes. Lo que sea, pero navideño y spangel


1. Espíritu navideño

Angel aspiró hondo.

 Tres horas de tai chi, cuarenta y nueve minutos de meditación trascendental según el método lama del Senhinsi, que garantiza la paz extrema del karma y el control absoluto de las emociones, y una ducha helada, lo habían preparado,  tanto física y psicológicamente,  para la encarnecida confrontación que le esperaba al otro lado de la puerta.

Conocía perfectamente los cientos de estrategias que podía utilizar su contrincante, las artimañas que no dudaría en poner en práctica, el juego sucio que desplegaría para salirse con la suya, los ataques sorpresivos con los que intentaría desconcertarle y debilitarle. Pocas veces se había enfrentado a alguien tan empecinado, rastrero e inteligente.

Pero estaba preparado. Angelus rugía al otro lado de los barrotes, deseando salir y poner en su lugar al impertinente que se atrevía a plantarle cara con el mayor de los descaros.

Se permitió dos minutos más de introspección.

Respiración: rítmica, pausada, poderosa. Bien.

Emociones: tan férreamente controladas bajo un puño de hierro que practicamente las había eliminado. Bien.

Cabeza: equilibrada, fría, racional. Bien.

Músculos: tensos, vibrantes, enérgicos. Bien.

Estaba preparado. Se mostraría firme como una roca.

Interpérrito.

Duro.

Inconmovible.

Inmutable.

Spike podía hacer todos los adorables puchero del mundo; podía poner esos ojitos dulces y esperanzados; podía sonreir dulcemente con toda la ilusión de un niño feliz y mimado; podía mostrarse falsamente dócil; podía aparecer irresistiblemente sexy con el pelo revuelto y los vaqueros bajos y esas caderas chupeteables que le licuaban el cerebro y lo reducían al estado de un balbuceante  adolescente cachondo; podía montar unas de esas escenas de rabieta de mocoso consentido en las que estaba, sin embargo, tan mono y achuchable...Spike podía hacer todo eso, porque Angel se había corazado contra esas argucias trapaceras y se mantendría ecuánime, maduro.Racional.

No.Iban.A. Comprar.Un.Arbol.De.Navidad.

Eran vampiros, infiernos. Vampiros, demonios que ansiaban sangre y se excitaban al escuchar los corazones palpitantes de los humanos y al oler sus pieles cálidas. Eran criaturas de la noche y del miedo, depredadores, monstruos sedientos, apenas aplacados por un alma que reprimía sus instintos, pero no los borraba.

Los vampiros no hacían cosas como decorar sus casitas con adornos navideños.

Al menos, Angel, no lo hacía. Ni lo haría. Punto.

Tomando aliento, los puños apretados, abrió la puerta del dormitorio y salió, pisando muy fuerte, en la diminuta habitación que les servía de salón y recibidor.

"¡¡¡¡¡SPIKE!!!!!!!", rugió con su mejor voz estertórea de Siredaddy a la figura que estaba de espaldas mirando por la ventana, "!SPIKE, NO VAmos a...", su voz fue apagándose hasta quedar en boqueante silencio mientras Spike daba la vuelta y lo miraba.

Nada de miraditas, ni pucheros. No había sonrisas angelicales ni pelo revuelto ni caderas desvergonzadamente lameteables.

Maldición. No se había preparado para esta eventualidad, mierda.

Spike le estaba mirando seriamente a través de sus gafitas redondas de metal, ese artilugio del diablo que daba al rubio un aire de tierna vulnerabilidad y que a él nunca dejaban de afectarle con todo tipo de síntomas vergonzantes: temblequeo de rodillas, garganta seca, ojos saliéndose de sus órbitas, incontrolable rugido interior...

"¿Sí, Angel?", ronroneó con ese ronco maullido más devastador que un puñetazo en el vientre.

"Eh....uh....", cerró los ojos, recordó los puntos esenciales: control, calma, interpérrito, inconmovible, firme. Bien. Volvió a abrirlos: "¿Dónde quierech ponerlo?"



2. El Abeto


Vale, había cedido en lo del árbol.

La abyecta, miserable, ruin, indigna estratagema de Spike le había pillado de improviso y había cedido. Quizás si hubiera dedicado unos minutos más a la meditación trascendental...

Pero no cedería en esto. El árbol tenía que ser pequeño.

"¿Pequeño?", repitió Spike.

"Sí,  tiene que caber ahí", Angel señaló el rinconcito que quedaba entre el sofá y la pared. "Y cuando le coloques estos adornos...", Angel sacó del bolsillo del abrigo una minibolsita de plástico transparente con media docena de minúsculas bolas rojas de navidad, dos o tres angelitos mofletudos y feísimos y unos paquetitos falsos de regalos "...te tienen que sobrar"

"Vale, pequeño", asintió.

Y sin más cogió su abrigo negro, dispuesto a salir.

Tanta docilidad, le hizo sospechar.

"Spike..."

"¡Pequeño, un árbol de navidad pequeño, te he oído!"

Angel no pudo evitar sonreír al oír el quiebro final en su voz, uno de esos diminutos indicios que había aprendido a interpretar y que significaban que Spike empezaba a irritarse.

“¿No vas a darme un beso antes de irte?”,

“¡Un cuerno voy a darte!”, y mostrándole dos dedos tiesos y airados, se marchó, cerrando con un portazo directamente proporcional a la rabia que estaba sintiendo.

Angel se echó a reír, satisfecho. Frotándose las manos por su inofensiva victoria moral, se dirigió a la ducha. Siguió riendo mientras el agua caía sobre él y por un momento lamentó no haberlo acompañado para  poder contemplar con sus propios ojos a un furioso Spike teniéndose que conformar con un miserable arbolillo en vez del exuberante ejemplar que hubiera elegido si su Sire no se hubiese puesto en plan Sire.

Pero estaba cansado, se había pasado la noche rondando por las calles y buscando a un demonio que había aparecido de pronto  aterrorizando el barrio en que vivían. Bien, el demonio había dejado de ser un problema, pero él tenía los huesos molidos. Se acurrucó en las mantas, buscando inconscientemente algún rastro de Spike, ese dulce aroma a sueño y piel y cuero y….

Los enérgicos timbrazos en la puerta lo sacaron de su modorra. Aturdido, miró el reloj. Apenas habían pasado dos horas, calculó nebulosamente y estuvo tentado de ignorar los golpetazos en la madera y seguir durmiendo. Pero le resultaría imposible con semejante alboroto, así que se levantó, bostezando.  Con los ojos aún cerrados, se puso una bata y se tambaleó hasta la puerta de entrada.

“¡Ya va, joder! ¿Se está hundiendo el mundo?”

Abrió la puerta y casi se tragó la copa de un abeto que se le metió en toda la cara. El sobresalto le despejó por completo.

“Pero, ¿qué es esto?”, vociferó mirando la masa verde que ocupaba todo el umbral.

“Su árbol de Navidad, señor Angel”, dijo una voz detrás de las ramas. Una mano apartó ligeramente unas ramas y Angel pudo ver la cara de un aburrido y fastidiado repartidor.”¿Podemos entrar?” Y sin esperar el permiso, entre él y su oculto compañero, empujaron y entraron a tropezones, obligando a Angel a retroceder si no quería quedar sepultado.

“Pero…pero…”

“¿Dónde lo ponemos, en aquel rincón del sofá como dijo su amigo?”

“¿Mi amigo?”, balbuceó

“Su amigo, su novio, su pareja…lo que sea, a nosotros nos da lo mismo, ¿verdad, Joe?”

Joe se limitó a asentir, mientras dejaban el árbol con su tiesto en el suelo.

“Quizás tengamos que apartar un poco el sofá, me parece a mí. ¿Le importa que apartemos el sofá? “ Y de nuevo sin esperar el consentimiento del dueño de la casa, entre los dos movieron el mueble todo lo que el espacio permitía. “Estupendo. Vamos , Joe”

“Un momento, debe haber un error”, saltó Angel saliendo de su embobado estupor. “Mi…amigo tenía instrucciones precisas de CÓMO tenía que ser el abeto. Y desde luego, no era de estas dimensiones”

“Oh, su amigo ya nos avisó que nos pondría pegas. Pero le podemos asegurar que éste no es de los grandes, ¿verdad, Joe?” Joe asintió. “Tendría que haber visto el que instalamos hace unas horas, ese si que era grande. Joe, dáselo”

El taciturno Joe rebuscó en el bolsillo de sus mugrientos vaqueros y sacó un arrugado papel. Se lo alargó a Angel que lo miró durante unos momentos, como si temiera que el papel fuera a explotarle y arrancarle los dedos. Al fin, lo cogió, reluctante. Mientras leía la breve nota, los dos hombres colocaron el árbol en el lugar indicado.

“Pet, no te pongas histérico, es un árbol pequeño. Te lo demostraré cuando vuelva a casa”

“¿Es que no habían más pequeños en la tienda?”, tartamudeó, un poco atontado.

“Oh, sí, unas mierdecillas a los que no deberían llamar árbol de navidad. Una auténtica vergüenza. De este tamaño. Enséñaselo, Joe”

El impasible Joe puso una mano a la altura de su rodilla, una distancia que a Angel le pareció idónea para un árbol de navidad. Un tamaño práctico, elegante, discreto.

“Ya ve, un asco”, dijo el dicharachero tan rotundamente y con tal expresión de repugnancia que Angel no se atrevió a replicar.

Cuando los dos operarios se despidieron refunfuñando entre dientes ante la falta de propina, se quedó mirando al inocente abeto que no tenía culpa de nada, pero que se iba a convertir  en la causa principal de una monumental bronca en el momento en que su desobediente childe atravesara la puerta. Incluso consideró destrozarlo para ver la cara que pondría cuando se encontrara  su precioso árbol totalmente arruinado. Pero eso requería una energía que no tenía en ese momento. Ahora sólo quería descansar, dormir.

Así que se acostó, pero estaba demasiado intranquilo e intrigado para dormirse . Sabía que Spike no era de los que se rendían sin luchar y que seguro   había inventado una argucia para salirse con la suya, pero que le condenaran si podía averiguar de qué podría tratarse. Y cuando oyó la llave y el canturreo feliz de Spike, ya estaba en el saloncito, antes de que la puerta volviera a cerrarse.

“Hola, luv. ¿Bonito, eh?”, señaló con la barbilla el origen de la futura controversia. “Y quedará mejor cuando le pongamos los adornos”

“Pequeño, Spike” , dijo entre los dientes apretados y acercándose un tanto amenazador. “Te dije que lo quería pequeño”

“Y lo es, Peaches”, dijo con total tranquilidad. “Retrocede hasta la pared y míranos”

Angel se le quedó mirando, sin saber muy bien cómo actuar. Spike siempre le desconcertaba. Al fin,  pudo más la curiosidad que la indignación y fue hacia atrás hasta que la espalda chocó con la pared, sin dejar de mirarlo.

“¿Recuerdas lo que me dijiste la noche del desfile en Shadowville, pet?”

“Uh…ah…No”

Habían pasado casi tres meses desde aquel desfile y Angel le dijo muchas cosas. Le dijo que solo a él se le podía ocurrir ir a un villorrio perdido en el fin del mundo como Shadowville .Le dijo que sólo a él se le podía ocurrir haber invitado a Illyria a que fuera con ellos a ver las horrorosas exhibiciones de mal gusto que mostraban los habitantes de la ciudad para conmemorar el bicentenario de no recordaba qué evento. Le dijo que era, sin duda, el ser más cabezota que había visto en toda su existencia. El más caprichoso, consentido y malcriado y que, junto a la siniestra  Illyria formaba el dúo más aterrador e indomesticable. Le dijo, en un momento en que las luces crearon sombras azuladas en la cara angulosa, que era la criatura más hermosa que había visto nunca. Le dijo que era un glotón cuando se empeñó en comerse una ración entera de unos aritos de cebolla que servían en la más infecta de las tascas. Le dijo  entre risotadas, cuando Spike se empinaba sobre la punta de los pies, para intentar ver por encima de las cabezas de los demás, que era demasiado bajito. Y cuando Spike se molestó y le frunció el ceño, le dijo, sin dejar de reír,  “Reconócelo, Spike, eres pequeño”.

Oh.

Spike debió comprender  por su expresión que Angel recordaba y sin decir palabra abrió los brazos, justo a la anchura del árbol. Angel entrecerró los ojos y comprobó que el árbol era tan pequeño como Spike. Si Spike era pequeño, el árbol, también. Ergo, Spike había comprado un árbol pequeño, justo lo que él había exigido.

Angel parpadeó.

Spike esperó.

Un profundo sonido retumbó en el pecho de Angel, le subió por la garganta y de pronto, doblándose en dos, Angel se echó a reír a carcajadas. Debería haberlo sabido. Spike  no olvidaba ni la más pequeñas de las afrentas y esperaba hasta el momento adecuado, para hacerte tragar tus propias palabras. Siguió riendo hasta que no pudo más, y jadeante, con las costillas doloridas, se arrastró hasta el sofá.

“Entonces …¿te  gusta?”, insistió Spike, mirando el abeto.

“Es justo lo que quería.”, contestó Angel, mirándolo a él. “Pequeño y perfecto”

 

3. Navidades Tranquilas


Lo único que Angel deseaba era pasar unas Navidades tranquilas.

Es decir, todo lo tranquilas que pueden ser  conviviendo a todas horas con un childe turbulento, acaparador e hiperactivo.

Si tenía que ser sincero, no le quedaba más remedio que reconocer que, por el momento,  Spike se estaba portando inusualmente bien. Para ser Spike, claro está. El asunto del árbol, si lo pensaba bien, no tenía la menor importancia e incluso resultaba divertido y entrañable. Spike era una continua caja de sorpresas. Vivir con él podía ser enervante, sin duda, pero nunca aburrido.

La última sorpresa, y  muy placentera, en realidad, había sido que Spike había colgado montones de muérdago por todo el apartamento, de manera que Angel no podía dar ni cinco pasos seguidos sin que un risueño torbellino rubio se le colgase encima reclamando un beso.

Y ahora mismo, llevaba unas dos horas decorando el abeto, totalmente ensimismado en la labor, silbando y canturreando, un cigarrillo colgándole  de los labios y peligrosamente cerca de las ramas del árbol, poniendo cosas aquí y allí, quitándolas y volviéndolas a poner, echándose atrás y calibrando el efecto, sacudiendo la cabeza y volviendo a redecorar.

Dos horas en las que lo estaba dejando leer en paz, sentado en el único rincón de sofá donde no había muérdago y por lo tanto, no había peligro de ser asaltado.

Bueno,  leer, leer, lo que se dice leer ...no estaba leyendo mucho. ¿Cómo podría alguien concentrarse en la lectura mientras existía peligro de incendio o incluso de cortocircuito? Cuando vio la fila de bombillitas de colores y cientos de cables en las manos de Spike, se le pusieron los pelos de punta, pero de alguna manera, su childe se las había apañado bien y no había dejado la ciudad sin corriente eléctrica. Pero sobre todo, ¿cómo podía alguien concentrarse en "La decadencia del Imperio romano" de Gibson, cuando tienes al alcance de la mano a la criatura más sexy, seductora y traviesa que has conocido en toda tu puñetera existencia?

Y eso que Spike no estaba provocándolo. Iba de un lado a otro, levantando una rama, poniendo una bola roja aquí, una estrella allá...Retrocedía unos pasos, ladeaba la cabeza, las manos en los bolsillos traseros, los pies descalzos...Dios, los pies descalzos de Spike le provocaban escalofríos por toda la médula...y la forma en que los vaqueros se pegaban a las rotundas y redondeadas curvas de su trasero...y los brazos torneados y musculosos, tan blancos en contraste con la ropa negra...y la forma en que el pelo se le erizaba en atormentadoras púas y deliciosos rizos porque aún no se había repeinado... y la cara tan llena de vida y expresividad...y...

El inesperado y desagradable timbre del teléfono lo despertó de su ensoñación y el libro se le cayó de las manos. Sin esperar que Spike se molestase en contestar (nunca se molestaba), se levantó y cogió el auricular.

"¿Sí?", apenas dijo este monosílabo, sintió un cuerpo saltando detrás de él y unos brazos le rodearon el cuello y unas piernas le envolvieron la cintura.

"Un beso", reclamó Spike mordisqueándole la oreja.

Sonriendo ampliamente, Angel miró el muérdago que colgaba estratégicamente encima de la mesa del teléfono. Le dio unos golpecitos cariñosos en la pierna, indicándole que esperara un poco.

"¿Sí?", repitió.

"¿Angel, eres tú, estás ahí? ¿Angel?", la voz de Lorne sonó tan desesperada que hasta Spike dejó de torturar a su Sire.

"Lorne, ¿qué ocurre?"

"Dios, tenéis que ayudarme, ¿eh? Por favor, por favor, por favor"

"Claro, Lorne, ¿qué ocurre?", apartó un poco el auricular para que Spike oyese mejor.

“Es un caso de vida o muerte. La hecatombe, el fin del mundo, la devastación absoluta, el caos del universo, el agujero negro…”, se paró para coger aire, “el Big Bang, el…”

“¿Otro Apocalipsis?”, le interrumpió Angel, jadeante.

“No, ¡peor aún! ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡MI MADRE Y MI HERMANO NUMFAR ESTÁN AQUÍ!!!!!!!!!!!!!!!!!!”

“Oh.”, Angel ladeó la cabeza y miró a Spike. “¿Han venido a pasar las Navidades contigo?”

“¿Navidades? ¡¡¡¡Ni siquiera saben que existen!!!! ¡Angel, han venido a buscar compañera para Numfar! ¡Y nietecitos que alivien la triste vejez de mi madre!”

“¿Qué pasa? ¿Es que en Pylea no hay doncellas adecuadas?” Angel sintió cómo Spike ahogaba las carcajadas en su cuello.

“No le gusta ninguna, al parecer. Y como es el niño mimado, mi madre lo ha traído, para que busque aquí. Dios, es terrible. Estamos en los almacenes Bloombaig y Numfar está bailando el “Baile de la Atracción” delante de cada maniquí que ve. Es una vergüenza. ¿Conoces el “Baile de la Atracción? No, claro que no, y no sabes lo afortunado que eres”

“¿Y en qué quieres que te ayudemos? “, preguntó Angel, sabiendo que se arrepentiría de preguntar.

“¿Podemos ir a cenar con vosotros?”, lloriqueó Lorne. “No los aguanto más, llevan aquí cuatro horas y no los aguanto más.”

“¿Cenar?”, lloriqueó ahora Angel.

“Se van al amanecer, cuando vuelva a abrirse el portal, te lo juro. Sólo necesito a mis amigos para que me den la fuerza necesaria para soportarlos”

“Pero…”

“Angel, sólo la desesperación más absoluta me lleva a utilizar este sucio chantaje: “Recuerda a Lindsey”

Lindsey.

Angel suspiró. Estaba perdido.

“¿Qué quieres que hagamos, Lorne?”

“Oh, gracias, sois unos auténticos amigos, la sal de la tierra, el abono incorrupto de la salvia…”

“¿Qué quieres que hagamos, Lorne?”, repitió.

“Pues…había pensado en llevarlos a vuestra casa, agasajarlos con una auténtica cena navideña, emborracharlos, llevarlos inconscientes hasta el portal y empujarlos fraternalmente al otro lado”

“Muy bien, Lorne. ¿Dentro de…dos horas?”

“Una y media. Os estaré eternamente agradecidos y nunca, nunca más utilizaré esta asquerosa e infame extorsión, Angelcake”

“Sí, sí, lo que tú digas”, colgó, los hombros caídos.

Spike, maniobró como un mono, con la agilidad que le caracterizaba y de pronto Angel vio la cara seria pegada a la suya. Era bueno tener a un compañero que te comprendía y te apoyaba, un compañero incondicional, dispuesto a ayudarte, a escucharte, a…

“Un beso”, exigió.

“¿Eh? ¡¡¡¡Spike!!!!! Ya lo has oído, tenemos una cena que preparar, cosas que comprar, una casa que limpiar, un…”

“Beso”, insistió.

“Hora y media, Spike, en ese tiempo no podremos ni…”

“Quiero un beso”.

Dios. ¿Cómo lo hacía? Ni tai chi, ni meditación, ni duchas frías ni nada de nada. Spike no necesitaba nada de eso para mantenerse inamovible en su decisión. Nada en el mundo lo haría soltarle, ni bajarse de él, aún enganchado en su cuello, ni cambiar de idea. Spike quería un beso y no cejaría en su empeño, hasta tenerlo. Y un beso en condiciones, al parecer, porque hasta el cuarto, no suspiró feliz.

“Lorne te tiene bien cogido de los huevos, ¿eh?”, dijo con ese ronco maullido que le salía después de un  beso como debía de ser.

“No es el único”, ronroneó Angel y riendo Spike lo soltó y se puso en pie, las manos en las caderas

“Muy bien, Peaches. Tenemos una hora y media.”

“Una hora y veinticinco minutos, más bien”, empezó a dominarle el pánico. Había tanto que hacer, tanto que organizar, tanto que pensar, tanto que…

“Háblame de esos pyleanos”, dijo Spike empujándolo hasta el sofá y sentándose a sus pies.

“¿Qué? No hay tiempo, tenemos que…”

“Hay tiempo. Háblame de la familia de Lorne, quiero saber a qué vamos a enfrentarnos”

Cinco minutos más tarde, Spike estaba cacareando de la risa, rodando por el suelo, mientras Angel se explayaba en la descripción de la madre y sus comentarios dulcemente maternales, de Numfar y sus bailes. Incluso se animó a dar unos pasitos y Spike aulló a carcajada limpia. Angel no se consideraba una persona divertida ni graciosa, por eso exageró un poco el tamaño de la barba de la madre, solo para hacerlo reír más, satisfecho de esta nueva faceta que acababa de  descubrir en su siempre estoica personalidad.

Al fin, secándose las lágrimas con el puño, Spike entró en acción.

“Muy bien, qué tienes pensado”

“¿Pensado? ¿Pensado? No he pensado en nada. No he podido…” Sabía que se estaba comportando un poco histérico, pero estas cosas lo abrumaban. A él que le dieran un fin del mundo, un Apocalipsis definitivo, el Armageddon y en cinco minutos organizaba un plan de batalla, un plan b de reserva y un plan c, por si acaso.  Pero una velada social era más de lo que podía asumir. Miró desvalido a su childe que lo contempló detenidamente un minuto y luego asintió.

“Vale, vayamos por partes. La casa está perfecta, nada de limpieza.”

“¿No? Mira cómo está el suelo, lleno de ramas”

“Pues se cogen y ya está”

Angel asintió. Sabía que la casa estaba impoluta, inmaculada, impecable, irreprochable…excepto las ramas caídas en el suelo por todos los tejemanejes de Spike adornando el árbol. Nerviosamente, las recogió del suelo y las tiró al cubo de la basura. Luego miró a su childe, esperando instrucciones.

“Ahora la cena. No hace falta que sea nada especial, no creo que los pyleanos sepan lo que es una auténtica cena navideña y seguramente, Lorne estará tan nervioso que solo beberá y mordisqueará sin saber que se está llevando a la boca. Así que sal y encárgale al señor Liu un pavo asado, puré de patatas, guisantes, algunas trufas, cervezas, whisky, los dulces que te apetezcan…”

“Me acercaré a la pastelería de la esquina. Me pareció ver una tarta de chocolate y fresas como las que hacía mi madre…”

“¿La pastelería de la esquina? ¿Esa que cerraron por falta de medidas higiénicas? ¿Esa en la que vendieron un pastel en el que apareció un asqueroso trozo de…?”

“Vale, nada de tartas de chocolate. Y no creo que la terrible Gorgona que es la madre de Lorne supiera apreciarla. Ni con el asqueroso trozo de lo que sea.”, se estremeció

“Mientras tú te encargas de las compras, yo prepararé la mesa. Hablaré con algún vecino para que me preste platos y cosas así.”

“Pero no vayas a hablar con Jack Nimmens, del tercero A, no me gusta un pelo cómo te mira”

“¿Celoso, Peaches?”, rió entre dientes.

Para no tener que reconocer que sí, efectivamente, estaba celoso, Angel fue al dormitorio por su abrigo y por dinero. Era un alivio tener a Spike al lado, dándole  a las cosas la importancia que tenían y ni un gramo más, aliviando la situación y tomando las riendas de un asunto que a él, personalmente, lo sobrecogía de pavor.

Antes de salir, dio un azotito en el apetitoso trasero que estaba pidiendo a gritos un buen mordisco. Miró su acogedor y prístino apartamento, el hogareño árbol, e iba a suspirar de contento, cuando algo junto al árbol, le erizó hasta el vello de los brazos. ¿Regalos? Junto al tiesto del abeto, había dos paquetes que, dos minutos antes, no estaban. ¿Spike le había comprado regalos? No habían dicho nada de regalarse cosas .Y él no  había comprado nada. Mierda.

Agobiado, corrió hacia la tienda del señor Liu, esperando que este anciano coreano tuviese algo bonito que pudiera regalar a su caprichoso childe.

Jesús. Su vida era un sobresalto continuo.

 


Volvió antes de lo que había calculado. La tienda estaba llena de humanos que habían dejado las compras para última hora, pero el anciano coreano se había portado amablemente y le había atendido antes de su turno. Angel sospechaba que el buen hombre había temido que le entrara hambre y se  dedicara a comerse a sus clientes. O algo así.

El caso era que abrió la puerta de su casa, cincuenta minutos después de haberla dejado, cargado de bolsas y paquetes que le resbalaban peligrosamente de los brazos.

La mesa estaba preparada con platos, vasos, cubiertos y servilletas de papel con motivos navideños. Había un centro de mesa y todo, decorado con unas bolitas de navidad rojas y unos mofletudos angelotes horrorosos que le hicieron sonreír.

“¿Spike?”

“¿Ya estás de vuelta?”, la voz de Spike llegó desde la cocina, sorprendida y con un ligero pánico, pero el estrépito de algo metálico cayendo al suelo, la amortiguó.

Angel dejó las cosas sobre la mesa.

La cocina. Algo estaba pasando en la cocina. Su pulcra, intachable, irreprochable, esmerada, primorosa cocina. El orgullo de su casa, la niña de sus ojos, el lugar donde podías comer directamente del suelo. Y Spike estaba allí. Y parecía alterado. Y algo había caído al suelo. Una cacerola. Y ellos no tenían cacerolas.

Temiéndose lo peor, se apresuró a abrir la puerta de la cocina. Lo que vio allí, lo hizo tambalearse.”Aquello” no era “su” cocina. Como si hubiera salido de su cuerpo, lo vio todo desde afuera.

Él, congelado, escaneando los restos de su cocina, registrando todos y cada uno de  los detalles que convertían aquello en la cocina del infierno: tres cazuelas renegridas  y requemadas en los fogones apagados, con los bordes pegajosos de sustancias negras, blancas y rojas, y tres nubes visibles y densas sobre ellas, como si el vapor se negara a abandonar aquel lugar; varias claras de huevo dispersas por todos los muebles ; harina en el suelo y en las puertas de todos los armarios; una batidora dejada de cualquier manera , goteando sobre el mármol, y dejando un reguero de algo viscoso resbalando por la puerta del armarito hasta el suelo; salpicaduras escandalosamente  rojas en las cortinas y en la  mesa de madera; pegotes de masa en la nevera; varios vasos con marcas de leche; un paquete de azúcar desparramándose junto a fregadero; cáscaras de nueces sobre la mesa; la pila a rebosar de platos, cubiertos, sartenes y más cacharros, todos pringosos y grasientos…

Su childe, al lado del horno caliente y abierto, con una bandeja en las manos y la sonrisa de un niño travieso al que han pillado haciendo una trastada en los labios.

“Mira, la he hecho para ti, como la de tu madre. O eso creo”

Angel sintió su cuello moverse rígidamente, mientras bajaba los ojos hacia lo que parecía un ladrillo calcinado.

“Cuando te fuiste, pensé en darte una sorpresa y le pedí a la señora O’ Nelly la receta de un pastel navideño irlandés. Me dijo que esta tarta forma parte de una tradición muy antigua que se pierde más allá del tiempo. Y me dejó los utensilios y los ingredientes, ya ves. Se ofreció a  ayudarme, pero quería hacértela yo solo. Para ti. Pero te has adelantado y aún tiene que enfriarse. “, sin dejar de sonreír, se encogió de hombros. “¿Vas a probarla? Está deliciosa y todo”

Angel dejó de mirar la masa carbonizada y miró a su chico, la cara manchada con restregones de chocolate , fresa y harina; los ojos relucientes e ilusionados. Miró su cocina que ya no relucía ni era el parangón de la cocina zen en la que tanto se había esmerado. Miró la requemada ofrenda que, sorprendentemente, olía bien. Miró de nuevo al rubio que, bien lo sabía, olía mucho mejor y era mucho más delicioso que cualquier tarta tradicional irlandesa.

Suspirando, alargó las manos, le cogió la bandeja y la dejó cuidadosamente en un hueco que quedaba libre por puro milagro en el mostrador. Se volvió a Spike quien, de pronto, parecía inseguro y cuyo labio inferior había empezado a temblar, alargó las manos, lo agarró, lo apretujó y procedió a  demostrarle, para que no le quedara la menor duda, lo mucho que le había gustado  la tarta, o lo que fuera eso.




Lorne estaba  borracho, pero era la única manera de soportar aquella situación. Su madre estaba más aterradora que nunca, Numfar más estúpido y confuso y para colmo, se les había unido Illyria en la expedición del terror. ¿Por qué Illyria se empeñaba en aparecérsele de pronto, cuando su propósito era comprobar el estado de su mestizo? ¿Por qué no aparecía en el apartamento que el rubio compartía con Angel? . Pero nooooooooooooo, Illyria se había presentado en medio de nubes de color azul y le había exigido,  exigido, que lo llevara en presencia de su mascota. Numfar,  que estaba tan desesperado que incluso había intentado bailar el “Baile de la Atracción” a un fornido guardia de tráfico, solo porque le gustaba el bonito uniforme, al ver a Illyria había comenzado a mover nerviosamente los pies, dando los primeros pasos  de la “Danza del Cortejo”. La idea de tener a Illyria como cuñado hizo gemir a Lorne que se apresuró a beber de nuevo de su petaca. Pero las dos mujeres (¿mujeres?) se habían mirado, calibrado, evaluado, medido y al fin, la madre había dado una colleja a Numfar: “Demasiado flaca”, fue su veredicto y gimoteando, Numfar dejó de bailar, pero no de mirar ansiosamente al ex dios que se limitó a ignorarlo altivamente.

Y allí estaban los cuatro, delante de la puerta de los vampiros: Lorne tambaleante y forcejeando por meter la llave en la cerradura; Illyria despotricando y hablando grandilocuentemente sobre su pasado como Excelso Deo Ex Maquina; Numfar, suspirando y mirándolo con ojos de cachorro herido y su madre, brazos en jarras, gruñendo sobre cómo añoraba Pylea y la maldita hora en que se le ocurrió irse de allí, aunque solo fueran unas horas.Y en cómo se iba a quedar sola y triste, sin unos nietecitos que llenaran su vejez de risas y alegría.

Lorne consiguió abrir, y riendo tontamente, se echó a un lado para que pasaran. La sala estaba decorada sencillamente, no parecía haber nadie.

Hasta que oyeron esos sonidos que venían de la cocina.

“¡Mi mestizo!”, gritó Illyria y corrió hacia allí. “¡Juro que mataré al vampiro gordo si le ha puesto la mano encima! “

“¡No, Illyriaaaaa!”, corrió Lorne detrás de él, para evitar, dentro de lo posible, la matanza. “¡A Spike no le importa que le ponga la mano encima! ¡Ni siquiera las dos!”

“Vamos, Numfar,  parece que esto se anima”, dijo la madre y los dos se apresuraron a ir tras ellos.

La escena que les recibió en la cocina parecía una visión del Bosco. Dos vampiros muy entusiasmados se estaban embadurnando felizmente con churretes de chocolate y algo que parecía fresa y luego se lamían, entre risas y besos, rodando por el suelo, forcejeando por dominar al otro.

“¿Qué…cómo…qué?”, barbotó la madre de Lorne.

“Si lo que estás preguntando es quién le está haciendo qué a quién, creo que va a ser difícil averiguarlo.” Contestó Lorne, los ojos como platos, petaca en mano.

Los dos vampiros estaban tan embebidos en lo que hacían, que ni siquiera se dieron cuenta de que cuatro pares de ojos los contemplaban atónitos. Hasta que tropezaron con los pies de Illyria, que pareció despertar de su estupor.

“¡Suelta a mi mestizo!”, vociferó Illyria. Cogió a Angel, que en ese remolino de miembros, estaba arriba y lo lanzó contra la nevera. En el mismo movimiento, incorporó a Spike, aún aturdido, y lo volvió de un lado a otro, buscando posibles heridas o magulladuras.

“Pero Llyri…”, protestó Spike.

“¡He llegado a tiempo, en mi Inmensa Potencialidad y Dominio del Tiempo, he llegado a tiempo! Como siempre. Descansa, siervo mío, mientras me ocupo de tu torturador”

Por un momento, temieron que fuera a arrancar la cabeza de Angel de cuajo, pero se limitó a inclinarse sobre el caído y acurrucado y dolorido vampiro moreno y, dedo en alto, le amonestó como un severo instructor riñe a un niño díscolo.

Más calmado en ese aspecto, Spike se volvió a Lorne, que no podía dejar de chupetear la petaca.

“Uh…ah…me temo que hemos perdido la noción del tiempo… ¿Esta encantadora señora es tu mamá?”

Lorne se atragantó por lo de encantadora y mamá, se atragantó al ver  los definidos abdominales de Spike, que en algún momento del juguetón forcejeo había perdido la camiseta y se asfixió al ver los duros y tentadores huesos que le sobresalían en las caderas. Comenzó a toser miserablemente y Spike le dio unos golpecitos amables en la espalda.

“Vamos, no es nada, Lorne, se te ha ido por mal sitio”

“Sí…bueno…mamá, este es…”

No pudo decir más. Numfar alzó los brazos, se alzó sobre la punta de los pies y empezó a bailar la “Danza del Apareamiento”, los ojos clavados en Spike.

“¡Numfar, deja de bailar eso! No es posible. Es macho y vampiro, nunca podréis darme los nietecitos que alegrarán mi triste vejez…”, la madre le dio otra soberana colleja, pero Numfar tras dar un traspiés, volvió a su frenética danza, sin dejar de comerse con los ojos al rubio. En uno de los giros, tropezó con Illyria, que ni se inmutó en su eterna reprimenda,  tropezó con su madre que, de pronto estaba repasando al vampiro más pequeño de arriba abajo, mientras se mesaba pensativamente la espesa barba,  ponderando las posibilidades de Spike,  y tropezó con Lorne que se dejó caer al suelo, encima de los restos de un  ladrillo requemado que olía a chocolate. Y cuando creía que la situación no podía empeorar, vio, los ojos desencajados, a su madre levantar los brazos, empinarse sobre la punta de los pies e iniciar la “Danza del Apareamiento”

“¡Mamá!”, chilló, totalmente desbordado.

“¡Es macho, es vampiro, quiero que alegre mi triste vejez…!”

Desde su postura apretujada junto a la nevera, Angel consideró la locura en que se había convertido su vida. Illyria riñéndole por ser tan posesivo con su mascota y amenazándole con todo tipo de atrocidades, Lorne bebiendo de su petaca como si fuera un biberón y emitiendo un sonido muy semejante a un gimoteo, los dos pyleanos bailoteando por la minúscula cocina, pateando y tirando al suelo todo lo que quedaba aún en las estanterías, los ojos clavados en Spike; su childe, mirando a uno y a otro, sin entender qué estaba pasando allí.

 Lo único que Angel deseaba era pasar unas Navidades tranquilas con su turbulento, acaparador e hiperactivo childe.

¿Era mucho pedir?


4. Cena Navideña

Angel se arrellanó, cansadamente, en el sillón que colocó frente a la ventana, una copa en la mano. La noche de Navidad no había salido precisamente como él   había planeado. Una cena íntima con Spike podía convertirse en algo bastante turbulento, con juegos verbales, fintas irónicas, miraditas con dobles, triples y hasta cuádruples intenciones, para acabar con un apasionante y apasionado combate a cuatro asaltos sobre cualquier mueble de la casa.

Pero en vez de eso, había tenido que lidiar con la distorsionadora  familia de Lorne, con  Lorne borracho y llorón, con la tenebrosa Illyria mirando a todos y todo con recelo y malos humos y un childe socarrón que se había partido el culo de risa en cuanto se enteró del significado de aquellas danzas dedicadas en su honor.

La cena había sido inenarrable, por decir algo. Lorne, como Spike había previsto, apenas había mordisqueado su muslo de pavo mientras se trasegaba tres litros de delicioso vino y acabó roncando y borboteando, la cara hundida en el plato de salsa de nueces. La madre se empeñó en relatarles cómo  hacía la matanza del buey en Pylea, cogiendo al pobre animal del cuello con las dos manos desnudas y torciéndole el pescuezo. Incluso les ilustró la hazaña cogiendo al pobre pavo del cogote y apretujándolo hasta hacerlo reventar. Toda la masa, salsa y condimento interior se desperdigó por  la sala, incluyendo las cabezas de los comensales. Todo esto acompañado de los mugidos que emitía Numfar para dar más colorido a la historia, mugidos que se cortaron en seco cuando Illyria lo agarró a "él" de la cerviz y se dedicó a darle vueltas como una hélice sobre los ocupantes de la mesa, que se apresuraron a meterse debajo , bajo pena de quedar decapitados. En las prisas por ocultarse, arramblaron con todo el mantel . Todo lo que había sobre la superficie, incluído Lorne, se diseminó por el suelo. Lorne, dicho sea en su honor, no  despertó. La madre gritó, Illyria gritó más aún, Numfar no se quedó atrás, Lorne resopló, Angel suspiró y Spike...Spike no paró de reir. Lo que ocurrió después fue bastante confuso y Angel prefería no pensar en ello porque la visión de Illyria y la madre, dándose topetazos pecho contra pecho y rugiendo era suficiente para provocarle más de una pesadilla.

Como si se hubiera programado, en medio del caos, Lorne despertó y anunció que el portal se cerraría en una hora. Era el momento de salir por piernas. Y así lo hicieron los seis, con el pelo atiborrado de salsa de nueces y trozos de pavo, las ropas hechas una zarandaja. Trotaron manzana tras manzana hacia la parte este de la ciudad, tomando atajos por callejones, alcantarillas y túneles de metro. Cuando llegaron, las fuertes luces del umbral les cegaron  y jadeantes, se permitieron un momento de descanso.

"Ha sido un placer....", comenzó Angel, pero no había sido un placer en absoluto así que se calló.

"¿Por qué no vienes con nosotros, Spike? El próximo portal se abrirá dentro de cinco años y...", dijo la madre con una empalagosa sonrisa estirando la dura e hirsuta barba.

Y entonces Spike ,  cansado sin duda de la situación  y de tanta carcajada como había soltado, lanzó su ataque sorpresa. Señaló a los pyleanos con el dedo y acusó:

"¡Illyria, me están mirando con aviesas intenciones!"

Illyria no se lo pensó, rugiendo se abalanzó sobre los sorprendidos esperpentos y los tres cayeron a través del umbral. Un chasquido, un fogonazo y el portal se cerró.

Dios, había sido una jugada maestra.

Entre las ruinas de su destrozado saloncito, Angel levantó la copa en un brindis silencioso.

La noche no podía haber salido peor, así que cuando oyó la voz de Spike reclamándolo desde la cama:"¡Membrillo, deja de rumiar inmediatamente y arrastra tu gordo culo hasta aquí!", rió entre dientes, dejó la copa sin acabar en el suelo y quitándose la ropa por el camino, se encaminó hasta el dormitorio.

Se deslizó felizmente bajo las mantas, buscando el calor que había creado Spike. Era muy agradable y suspirando de contento se apretujó contra la espalda del rubio, adaptándose a su postura acurrucada. Le hociqueó la nuca, mientras le envolvía con los brazos.

"¿Mejor?", bostezó Spike.

"Mmmmm, mucho mejor", sonrió en la oscuridad.

Unas horas de bien merecido descanso y se despertaría con otro ánimo y otras energías. Este era el mejor momento de sus días y sus noches, hacerse un ovillo alrededor de Spike, relajar los músculos , permitir que la mente se deslizara en placenteros pensamientos mientras su sentidos se deleitaban con el cálido aroma de Spike, el contacto de su suave piel, el sonido de esos ruiditos que hacía tan encantadores, imaginar...

"Apenas puedo esperar a  abrir los regalos mañana" ronroneó Spike con esa sexy y baja voz que tenía cuando se estaba durmiendo.

Los ojos de Angel se abrieron despavoridos en la oscuridad.

¿Regalos?

Mierda

5. Abriendo Regalos

Angel no entendía cómo había acabado en esta situación. Estaba en la plaza de Pylea con todos los monstruosos habitantes rodeándole, ceñudos y  armados hasta los dientes. La madre de Numfar y Numfar bailaban para él, la "Danza del Eminentísima Apareamiento" y tenía exactamente un minuto para elegir  y todos se impacientaban y se acercaban más y más y de pronto tenía en las manos un cesto. Lo abrió, con la esperanza de que hubiera dentro una estaca o algo así, pero lo que encontró fue la cabeza de Lorne, decapitada, los ojos rojos recriminándole  con toda la furia que Lorne era capaz de reunir, y era mucha y después de fulminarlo con las pupilas dilatadas, le chilló: "¿Qué pasa,  Angel? ¿No quieres ser mi padrastro o mi cuñado? ¿Acaso crees que la vida te va a ofrecer más...?"

"¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡REGALOOOOOOOOOOOOOOOOOOS!!!!!!!!!! !!!!!!!! ¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡VAMOS A ABRIR LOS REGALOS!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!", vociferó Spike dando botes en la cama

"¿Eh? ¿Eh? ¿Qué?" sobresaltado, Angel se incorporó hasta quedar sentado, mirando a su alrededor, un tanto jadeante, sin entender muy bien dónde estaba y qué estaba pasando.

 Asombrado, vio a su childe, levantarse, correr al saloncito, gritar eufórico, volver precipitadamente, tirarse sobre él, darle un beso de tornillo aferrándole con una llave de judo que casi le quiebra la nuca, volver a salir corriendo, oyó nuevas exclamaciones de alegría y lo que parecían palmadas de entusiasmo, para verlo de nuevo a los pies de la cama, saltando de un pie a otro.

"Venga, Membrillo"

Con la boca pastosa y los ojos legañosos, dejó que lo cogiera de la mano y lo levantase a tirones. A tientas cogió una de las mantas y se envolvió con ella, aún temblando y con los aullidos de los pyleanos todavía resonándole en los oídos. Tropezando con los pliegues de la manta llegó hasta el umbral y una vez allí, Spike ordenó:

“¡Cierra los ojos mientras los preparo todo!”, con un suspiro cansado, Angel le complació. Frunció un poco al ceño al comprender que su vida  básicamente se reducía a eso, complacer a su childe. Pero también había aprendido que la vida era mucho más sencilla y tranquila si lo hacía así. Por lo que se quedó allí, los ojos cerrados, los pies helados en el frío suelo, mientras Spike movía muebles, cogía cosas y lo empujaba para quitarle de en medio.

“No los abras hasta que no te lo diga, ¿eh, luv?”, lo cogió de nuevo de la mano y lo guió unos pasos dentro del saloncito. Luego, le empujó de los hombros para que se sentara en el suelo. Agradecido advirtió que había extendido otra manta. No le apetecía nada en absoluto chafar con el culo  la porquería de pavo que quedaba de la noche anterior.

“¡Ya!”

Parpadeando, obedeció y encontró la cara sonriente del rubio, feliz y lleno de expectativas, arrodillado a su lado. También descubrió que había movido el sillón y lo había colocado de manera que le bloqueaba la visión del desastroso estado de su casa. Todo lo que podía ver era el árbol, la ventana y a Spike. Junto a los regalos de Spike, había nuevos paquetes, pulcramente envueltos.

De pronto, les dominó cierta timidez. Era la primera vez que iban a intercambiarse regalos. La primera vez desde que tenían alma, la primera vez desde que estaban juntos.

“¿Cómo lo hacemos? ¿A la vez, primero tú?”, tartamudeó Angel.

“No, primero tú”, le alargó sus tres paquetes. Era  tan inusual ver a Spike tímido e inseguro, que Angel tardó un poco  un cogerlos, empapándose de esa expresión casi infantil.

“Muy bien”, dijo al fin. No solo cogió los regalos. También cogió al rubio y lo acomodó entre sus piernas encogidas, la espalda bien encajada en su pecho. Rodeándole con los brazos, desempaquetó el primero, un cilindro blando de tamaño mediano , mientras Spike se movía nerviosamente.

“¿Un babero? ¿Rosa?”

“Para que no ensucies tus bonitas camisas babeando cada vez que me miras”

“Yo no babeo cada vez que te miro”, protestó, solo para cubrir las apariencias.

“Sí, Membrillo, lo que tú digas”

Angel extendió el babero, destinado sin duda a un niño gigante. Bajo el letrero: “You’re my baby”, habían dos ositos, uno más pequeño y marrón claro, y el más grandullón, con las fauces abiertas y babeantes, de marrón oscuro.

“Muy gracioso”, gruñó.

“Sí, en realidad, lo es. No sabes lo que me costó encontrar a alguien que lo bordara”, rió. ” ¿No vas a ponértelo?”

“No, no llevo camisa”.

Esta respuesta le ganó un beso y abrió el segundo con más confianza. Una taza, con la insignia: “Mi héroe” y un monigote hecho a mano con el pelo de punta.

“¿Obra tuya?”, resopló de risa.

“Claro que sí, estás clavado. Gírala”

Al otro lado de la taza había otra inscripción: “Bésame el culo”

“Siempre has sido un romántico, Spike”, bufó

“Es mi perdición, ya lo sabes” y aspiró hondo cuando Angel cogió el tercer paquete. El vampiro moreno notó la tensión y supo que este era el regalo importante y que, por alguna razón, hacía estremecer al hombre que tenía entre los brazos.

“¿Spike?”

“¿Recuerdas a Le Fauille?”, dijo con la boca de repente seca y la voz muy baja.

“¿Le Fauille? No.”

“Antes de llegar  a Rumania, hicimos una parada en un pueblo de Suiza…vimos un taller de fotografías y Darla se encaprichó de la idea de hacernos una, los cuatro juntos”

“Ah, sí, lo recuerdo”, dijo despacio, apretando el pequeño paquete cuadrado entre sus manazas, pero sin abrirlo aún.

“Mientras las chicas se arreglaban en el reservado, Le Fauille hizo varias pruebas…aún recuerdo los fogonazos y su cháchara…estaba contento porque tantas pruebas le permitiría ganar mucho dinero…no sabía que no íbamos a pagarle, claro…”

“¿Es una copia de nuestra foto de familia?”, tembló Angel al recordar la única foto que existía de los cuatro y que había perdido hacía tanto tiempo.

“No, en aquella época aún no se podían hacer copias. Cada fotografía era única. Esta…es una de las pruebas… La salvé del incendio cuando quemamos el taller…”, Spike respiró hondo como un alumno que se ha aprendido de memoria una lección y descansa una vez la ha recitado.

Casi frenético, Angel rasgó el papel y sacó el pequeño marco.

Jadeó.

“Dios…”, las manos le temblaban mientras contemplaba la añeja fotografía, de un delicado color sepia. El corazón pareció encogérsele en el pecho, mientras veía su imagen, Angelus ostentosamente engalanado y arreglándose las mangas, la cabeza baja. Pero era la imagen del antiguo Spike, a su lado, mirándole, el que hizo que todo su cuerpo sufriera una descarga eléctrica. ¿Spike? No. La expresión era puramente William, una expresión llena de candor, admiración, entrega, amor. William en estado puro, adorando a su héroe y a su mentor, absolutamente cautivado y cautivo. William. “Dios…”, repitió, abrumado. “¿Y la has conservado desde entonces?”

“Sí”, se cobijó más  en sus brazos, como si tuviese frío súbitamente.

“¿Ya entonces…tú…?”

“Siempre. Aún”

“Dios…”

Muy apretados el uno contra el otro, acurrucados contra el sillón, miraron la foto varios minutos, en silencio, todas las emociones a flor de piel. Angel no se atrevía a decir nada, nada de lo que pudiera decir podría expresar toda la gama de sensaciones y sentimientos que lo estaban azotando, dejándole en carne viva. No se atrevía a decir nada porque cualquier palabra podría defraudar o dañar al sensible hombre que, por medio de una fotografía, estaba enseñándole lo que nunca le había dicho mediante palabras. Spike nunca le hablado de amor, aunque lo sintiera, pero ahora ya no hacía falta. Estaba allí, eterno, inmutable, ardiente , irreductible.

Fue Spike, claro, el que puso las cosas en su lugar. Un Spike ya relajado que frotó la mejilla en la suya y bromeó.

“¿Crees que sea posible que haya en el mundo, ahora mismo, dos vampiros más patéticos y maricas que nosotros en este momento?”

A Angel le salió una risa que, sospechosamente, se parecía demasiado a un sollozo, pero se esforzó en continuar el humor y la intención del rubio.

“Creo que  necesito el  babero”

“Creo que necesitas un beso”

“También”, fue un beso intenso, pero corto. Se sentían demasiado frágiles y no estaban acostumbrados a dejarse llevar por la vulnerabilidad. Las lágrimas les picaban los ojos, pero las ignoraron . Con reluctancia, Angel dejó el retrato a un lado, junto a su cadera. Cogió aire. “Ahora tú” Le puso los regalos en el regazo, y lo apretujó con más fuerza . Era su turno de mostrarse inseguro. “Mis regalos no son en absoluto  tan impresionantes como los tuyos. En realidad…”

“No pensaste en comprar nada y anoche te levantaste de la cama tan calentita, saliste a medianoche, con el frío que hacía, y deambulaste por las calles buscando algo para mí”

“Hmmmm, sí. ¿Te desperté?

“Sólo cuando me pegaste tu congelada polla en el culo. Casi me da un síncope”, rió mientras abría el primero. “¡La última recopilación de The Sex Pistols!”, gritó entusiasmado y medio giró para darle un rápido piquito antes de abrir el siguiente: un precioso cuaderno de piel, con las hojas en blanco.

“Para tus futuras poesías, las echo de menos.”

“Un cuerno las echas de menos, pero gracias.”, fue a abrir el último, pero Angel puso las manos sobre las suyas, deteniéndolo.

“Esto lo compré en la tienda del señor Liu. Me dijo que tengo que abrirlo yo”, con manos otra vez temblorosas, desgarró el papel y sacó una cajita. Dentro había un anillo plateado. “Es un anillo coreano, símbolo del  ..ejem…jum…eterno”, lo deslizó en uno de los dedos de Spike.

“Vaya”, carraspeó, viéndolo brillar en su dedo.

“Sí”

“¿Quiere esto decir que tú me …ejem…jum…para siempre?”

“Hummm, sí, eso parece”

“Vaya”

“Sí”

Se quedaron mirando en silencio el anillo mientras Spike movía la mano para hacerlo brillar. Pasó un minuto antes de que Spike preguntara:

“¿Vas a llorar?”

“No. ¿Y tú?”

“Tampoco.”

“Bien”

“Bien”

Angel sabía que unos minutos más tarde, la casa se vendría abajo con las atronadoras baladas de Sid, que él seguiría allí  sentado, bebiendo sangre caliente en su taza nueva y posiblemente con el babero puesto ( y empapándolo) mientras veía a su childe bailar para él y cantando al compás de Vicious. Pero ahora se deleitó en aquellos momentos. A veces, la vida podía ser muy hermosa,  gracias a cosas muy pequeñas: una vieja fotografía, un anillo, Spike.


6. Acaba la Navidad


Habían sido unas Navidades intensas, turbulentas. Inolvidables. Se habían revelado secretos y sentimientos ocultos durante demasiado tiempo y la relación entre ellos, se había afianzado hasta ser inquebrantable. Lo sentían así. Y punto.

Lorne, que se consideraba culpable del estado en que quedó el apartamento tras la indescriptible cena de Navidad, había mandado un batallón de limpieza en forma de Chee Chee Grug, una demonio de la dimensión Oookkkj que había tenido que huir de su lugar de origen debido a unos incontrolables instintos  que allí se consideraban malditos y peligrosos. Cuando Angel le abrió la puerta, se encontró de improviso con una mezcla de pulpo seboso,  araña y mantis religiosa que lo miraba ceñuda. Lorne no le había advertido en realidad de su aspecto y procedió  a aplicarle unas llaves de judo que la dejaron convertida en una especie de enredo, con los tentáculos-brazos-patas anudados sobre la enorme cabeza. Afortunadamente, cuando se aclaró el malentendido, Chee Chee, demostró tener un magnífico sentido del humor y una gran capacidad de aguante y cortó en seco las torpes y reiterativas disculpas de Angel. Estaba más que acostumbrada a este tipo de incidentes. Además, el rubio salió en ese momento del dormitorio, llevando solo el pantalón del pijama (¡Gracias a Dios!) y sus instintos se dispararon. Angel lo comprendía perfectamente. A él también se le disparaba todo cuando veía a su chico de tal guisa, con esos incitantes huesos de las caderas pidiendo a gritos que alguien les dedicase las atenciones que se merecían. Y esa insinuante y deliciosa bajada muscular desde el ombligo hasta la más que apetitosa…

“¡Angel!”, el grito de auxilio de su childe lo sacó de su brevísima ensoñación. Prometiéndose que, más tarde, ya  dedicaría más tiempo a tales fantasías, contempló alucinado una estampa que nunca creyó que llegaría ver. Spike sostenía una batalla perdida de antemano contra casi una docena de tentáculos de todo tipo. Chee Chee tenía clara ventaja y, a pesar de todos los forcejeos de Spike, el rubio pronto estuvo rodeado, envuelto, achuchado contra un peludo-seboso pecho maternal, mientras un ronco y gutural gorjeo lo arrullaba como a un bebé.

Angel no sabía si echarse a reír. Evidentemente, los canturreos estaban haciendo su efecto sobre Spike que comenzaba a adormilarse, los puños apretados bajo la barbilla. Pero tal vez debería ponerse a rugir, porque la demonia le estaba metiendo mano por todos lados. Con dos tentáculos lo retenía amorosamente contra su ¿seno?, con otros dos, le enredaba el rizado cabello y le hacía cosquillitas en la cara y aún le quedaba por lo menos seis zarpas para toquetear, sobar y palpar. Paralizado por su dilema (Lorne le había dicho que era completamente inofensiva y un “amor”) tardó casi medio minuto en actuar y cuando salió de su estupor, se dio cuenta de que no hacía falta. Babeando maternal y literalmente, Chee Chee le hacía mil arrumacos a un Spike profundamente dormido.

“¡Es tan monoooooooo!”, trinó ella, “Lorne ya me había dicho que era un primor, pero se quedó corto. Es monísimoooooo”

“¿Lorne te dijo que Spike era un primor?”, repitió atónito.

“Bueno, me dijo que estaba muy bueno, el pastelito de nata más rico que había visto en su vida y que si pudiera, se lo comería enterito, pero como tiene un gorila de novio la mar de celoso y…”, se dio cuenta de su metedura de pata y emitió una risita candorosa.

“¿Lorne te dijo que yo era un gorila?”, casi aulló pero ella continuó interpérrita.

“¡Mira que pestañas tiene y el hociquito que ha puesto! Es una monada.”, lo acunó unos instantes más, sonriéndole con embeleso. “Lorne me dijo que tiene un fuego increíble en el cuerpo y que cuando se mueve…uuuuffff”

“Creo que voy a tener que hablar muy seriamente con Lorne sobre lo que dice de mi nov…de Spike”, refunfuñó Angel antes de alargar los brazos y quitarle a Spike de sus…lo que fueran.

Bueno, lo intentó. Tras unos momentos de duro tira y afloja, en los que el durmiente pasó de uno a otra repetidas veces y sin despertarse, Spike acabó en los de su gorila celoso que se apresuró a llevarlo de nuevo al dormitorio y meterlo entre las sábanas, tapándolo con todas las mantas que encontró hasta convertirlo en un bulto en medio de la  cama.

Después, todo fue perfectamente. Chee Chee era una máquina trabajando. Puso en marcha todos sus miembros y limpió el saloncito y la cocina en un tiempo récord. Hasta el exigente Angel tuvo que reconocer que ni él lo hubiera dejado mejor (aunque verla comerse y  deglutir los restos de pavo que aún persistían en techo, muebles y suelo, era algo que deseaba olvidar por completo). La única contrariedad fue que tuvo que vigilarla constantemente, porque al menor descuido, se metía en el cuarto y dedicaba a Spike  unas carantoñas y cucamonas tan empalagosas que Angel casi prefería verla digerir el putrefacto pavo.

Cuando al fin consiguió echar del apartamento a la demonia que insistía en despedirse apropiadamente de “la monada”( y para lograrlo tuvo que sacar a relucir su  más pavorosamente posesiva faceta “Angelus”) respiró  hondo.

La casa relucía como a él le gustaba, Spike empezaba a removerse bajo los quintales de mantas, y ya solo quedaba quitar el árbol.

Ladeó la cabeza, para estudiar el abeto. Estaba bastante torcido y despeluchado, la mitad de los adornos, habían desaparecido; los espumillones habían perdido la mitad de sus brillantes flecos de colores, solo parecían haberse salvado de la destrucción unas preciosas bolas plateadas. Una pena, un árbol tan bonito totalmente arruinado. La culpa la tenía Spike, claro, que se había empeñado aquella mañana en enseñarle  lo bien que le sentaba el anillo sin nada más encima.

 Se frotó las manos, dispuesto a comenzar la tarea. Primero, quitar los adornos y comprobar si merecía la pena guardar alguno para el año siguiente. En eso estaba, comprobando los espumillones, uno a uno, meticulosamente, cuando Spike salió del dormitorio, amodorrado, envuelto en una manta que arrastraba por el suelo detrás de él.

“He tenido un sueño rarísimo”, bostezó mientras se acercaba.

“¿Hmmmm?”, canturreó distraído.

“Luchaba contra un calamar gigante…o un pulpo, no sé, y me cantaba una nana”, se arrebujó en la cálida manta y miró el abeto en silencio unos instantes. “Ha sido  un árbol heroico, resistió impávido tus empujones y embistes”

Angel bufó, divertido,  enrolló concienzudamente un espumillón y lo guardó en la caja de cartón que tenía a su derecha, junto a los pies. No le convenció el resultado, la cogió, la desenrolló y volvió  a inspeccionarla  con el mismo puntilloso cuidado.

“¿No sería mejor tirarlo todo y comprar adornos nuevos el año que viene?”

“Manirroto”

“Tacaño”

Un minuto de silencio.

“No ha venido esa Choo Choo Lagrú que nos comentó Lorne, ¿verdad?”

“¿Es que no la recuerdas?”

“¿Debería? ¡Angel, tira de una vez esa pobre cinta, deja de torturarla!”

“Esta fiesta es  un despilfarro. Tantos gastos inútiles, el pavo, la salsa, los dulces, los adornos, el árbol… Quiero salvar todo lo que pueda.”, desanimado, dejó caer el manoseado adorno en una bolsa de basura que tenía a su izquierda, junto a los pies.

“Mi héroe”, se burló.

“Tú ríete, pero cuando tengas que racionar tus cigarrillos o tus cervezas, no quiero oír tus quejas”

“Yo no me quejo nunca”, se quejó.

Conforme pasaban los minutos, la bolsa se fue llenando mientras que,  en la caja,  las bolas plateadas parecían penosamente huérfanas y solitarias. Obcecadamente, volvió a sacar los adornos desechados y a examinarlos con una escrupulosidad, digna de mejor causa. Spike se limitó a mirarlo y a soltar alguna risita socarrona que otra, cada vez que volvía a tirarlos a la bolsa.

“Bien, se acabó. Todo a la basura, menos estas…”. Miró la caja. Vacía. Miró a Spike, que lo miraba a su vez, las cejas levantadas, una angelical expresión de sospechosa inocencia. “¿Dónde están?”, se mordió una sonrisa

“¿A qué te refieres, Angel?”

“¡Condenado bastardo! ¿Dónde las has metido?”, rodeó a Spike con los brazos para que no se le escapara y le cacheó el cuerpo sobre la manta, ya que Spike se empeñaba en mantenerla pegada.

“No sé de qué me hablas”, riendo, se dobló para dificultarle la tarea.

“¡Las bolas, las jodidas bolas!”, consiguió meter la mano y la deslizó por su cuerpo, buscando.

“¡Ah, eso! Si bajas la mano un poco más, las encontrarás justo donde estaban esta mañana, cuando te pusiste todo juguetón y…”

“¡Esas no!”

“Pues son las únicas que tengo. Y seguro que son más bonitas que… ¡Angeeeel!”

Y el abeto, una vez más, se vio obligado a demostrar  su impasible naturaleza indestructible.

 



Our Destiny