|
|
Bailando bajo la luna Autor: AdictaII Pairing: Spike Rating: NR-13 Drusilla: My gatherings are always perfect. Remember Spain? Hey... The bulls? Spike: I remember, sweet. (Drusilla: Mis reuniones son siempre perfectas. ¿Te acuerdas de España? y... ¿Los toros? Spike: Lo recuerdo, cariño.) Surprise |
Madrid, 1915 Primera parte La luz empezaba a desaparecer a través de las espesas cortinas, no se oía nada más que el leve susurrar de las mismas al rozar el suelo, culpa de la brisa que se colaba por las puertas abiertas del balcón. El día había sido especialmente caluroso. Extraño. No estaba acostumbrado a esos cálidos días de verano. Éste país era distinto, la gente estaba más en la calle que en sus casas, la bulliciosa vida nocturna suplía los agobiantes días en los que prácticamente se veían obligados a encerrarse en las casas de paredes gruesas e inmaculadas. Las noches eran tan cortas que procuraba aprovecharlas al máximo. Bebía en las tabernas, incluso se quedaba sentado en los bancos de madera con la jarra de vino en la mano y contemplaba a sus posibles presas, buscando aturdirse en los vapores del alcohol antes de empezar la cacería. Aquella noche se despertó inquieto. Ni siquiera las caricias de Drusilla habían conseguido apagar esa sensación, abandonando su lecho. Mientras se vestía ella se dedicaba a reorganizar por enésima vez a sus muñecas, repartiendo castigos. Hoy le tocaba a la señorita Lilith. Su delgadísimo y flexible cuerpo bailaba al compás de una música que sólo Drusilla podía escuchar, mientras abrazaba a la señorita Edith que hoy se había portado muy bien. Spike la contemplaba en sus evoluciones sin atreverse a pronunciar palabra, temeroso de interrumpirla. Ahora estaban solos. Darla había regresado con el Maestro y Angelus… maldito hijo de puta. Desapareció sin dejar rastro en China, ni una palabra de despedida. Justo en ese momento, cuando por fin podía mirarle a la cara de igual a igual, cuando había regresado para quedarse…cuando de nuevo todo fue mentira. Apretó la mandíbula, no quería recordar. Era doloroso y ese dolor a veces era peor que la incertidumbre de no saber. Algo en su interior le decía que seguía vivo, en algún lugar. Volverían a encontrarse, pero hasta ese momento la sensación de sentirse huérfano no le abandonaba ni un segundo de su no-vida. Miró de nuevo a Drusilla, tan huérfana como él, que seguía bailando inmersa en sus ensoñaciones, despacio, se acercó hasta ella y empezó a acariciarle delicadamente el pelo. -¿Quieres venir? Ella se giró asustada, la mirada huidiza. -La señorita Edith dice que no debo salir, la luna está enfadada porque anoche no le canté y ahora tengo miedo de que me vea.- Empezó a sollozar quedamente. -Shhhhh, tranquila, vigilaré a la luna y en cuanto se descuide te traeré la mejor presa.- Y depositó un suave beso en su pelo. -No, no, la señorita Edtih dice que tú tampoco salgas. Veo sangre en paredes blancas y eso no es bueno, no, no lo es. -Cariño, alguien tiene que salir esta noche. Dile a la señorita Edith que la luna no puede hacerme daño. Drusilla no dijo nada más y se sumió en uno de sus mutismos mientras entonaba una nana a la muñeca, acomodándose en la cama con ella abrazada. Al salir a la calle el cuerpo le hormigueaba. Estaba nervioso, disperso, alerta. Miraba a su alrededor buscando el motivo de esas sensaciones, sabiendo que de un momento a otro iba a suceder algo extraordinario y las manos le sudaban de expectación. La calle, especialmente transitada, le hacía mirar a todas partes intentando descubrir el impreciso objeto de su deseo. La noche, apenas había empezado a invadir las calles mientras las farolas eran encendidas una a una. El calor estaba dando paso a una agradable brisa que se iba colando por los rincones. Las tabernas ya hervían de gente que se habían reunido para comentar la última corrida de toros que se había celebrado esa tarde. Caras y gestos eran analizados por sus sentidos de vampiro hasta el más mínimo detalle. Una carcajada allí, un comentario obsceno allá, todo lo escuchaba, todo lo percibía. Mujeres cogidas del brazo con cestas de viandas compradas a última hora. Niños jugando a la pídola en serpenteantes filas o jugando a las tabas en un apretado corro. Muchachos imberbes que ya jugaban a ser adultos pasándose un cigarro. Sentado a la puerta de la taberna con una jarra de vino entre sus manos, esperaba. Se reconocieron al instante. Morena y menuda, su larga melena estaba recogida en un apretado y práctico moño. La piel, que debería ser de color canela, era más pálida de lo normal, producto de la vida nocturna que estaba obligada a llevar. Hermosa, con una belleza salvaje que se reflejaba en los negros ojos de largas pestañas que lo taladraban. Hipnotizado, no podía dejar de mirarla. Una Cazadora. Una jovencísima muchacha más peligrosa y mortífera que cualquier arma conocida. Ahí estaba por fin el objeto de su inquietud, el motivo por el cual había recorrido miles de kilómetros hasta encontrarse en ese caluroso país: quería sentir de nuevo la adrenalina hervir por su cuerpo. Desde su enfrentamiento con la Cazadora china, no había vuelto a sentirlo. Necesitaba un buen día y ella se lo iba a dar. Quería bailar con ella. Spike no podía dejar de mirarla mientras se acercaba y todo se difuminaba a su alrededor. Embriagado de los aromas que emanaban de ella. Sonreía, sonreían los dos, conscientes del inevitable enfrentamiento. La muchedumbre que les rodeaba en la calurosa noche impedía que empezaran allí mismo, más por ella que por él, sabedora de su poder y también consecuente con el secreto que arrastraba desde que había cumplido los 16 años. Apoyado en la esquina de la taberna con una jarra de vino, rojo como la sangre, bebió un buen trago antes de dejarla sobre la mesa más cercana y se limpió la boca con la manga de su enorme guardapolvo cuando ella quedó a su altura. La miró de arriba abajo, valorándola, mientras entornaba los ojos y sacaba provocativamente la lengua. -Llevo toda la vida esperándote, amor. Ella respingó con un mohín de disgusto dando un paso atrás. No estaba acostumbrada a que le hablaran así. Sobre todo un demonio. Pero el que tenía enfrente tenía algo especial y ese algo estaba haciendo que se sintiera incómoda con las sensaciones que bombardeaban su cuerpo y su mente. Intentando apartarlas en lo más profundo, levantó la cabeza desafiante. -Pues tu espera se ha acabado…y tu vida también. -¿Porqué tan pronto? Hace una noche preciosa para disfrutarla ¿No quieres bailar? –Y acompañó la pregunta con un gesto de su mano que empezó a bajar lentamente hacia su cintura. Los ojos de ella siguieron la ruta de la mano hasta llegar al punto exacto que él quería. Divertido, notó el sonrojo que acudió a las tersas mejillas de la Cazadora cuando se dio cuenta de dónde estaba mirando. Calor, ella empezaba a tener calor y sintió el deseo irreprimible de escapar. Estaban empezando a saltar todas las alarmas de su instinto de Cazadora. Algo no funcionaba. Se sentía débil. No, no era cierto. Se sentía húmeda, pero eso era lo último que iba a reconocer. Su vigilante nunca le había contado que podía pasarle eso ante un vampiro. Jamás se había imaginado que algo así le podía suceder a ella…y ahora estaba enfrente de uno que…no, no era cierto. La estaba confundiendo. Jugaba con ella de alguna manera. Seguro que estaba utilizando algún tipo de hechizo para debilitarla. Parpadeó repetidas veces para intentar borrar esos pensamientos y respirando hondo se acercó un poco más a él. -Detrás del cementerio, dentro de dos horas, será el baile más breve que hayas tenido. -¿Estás segura? ¿De verdad no prefieres que lo hagamos toda la noche? –La miraba intensamente. No pudo soportar sostener por más tiempo esa mirada, a punto de ahogarse en los ojos azules. Dio media vuelta bruscamente para cortar cuanto antes la conversación, sintiéndose una estúpida por haber mostrado desconcierto y debilidad aunque sólo fuera por un instante mientras oía a lo lejos la risa de su futuro contrincante. La tapia del cementerio era tan blanca como las casas. Los cipreses sobresalían por encima de ella, apuntando hacia el cielo. La luna llena hacía la noche menos oscura y el reflejo en la pared creaba una luz matizada que difuminaba las líneas dando un aspecto irreal al entorno. Spike esperaba. No había tenido paciencia para aguantar una hora y se encontraba apoyado en la pared, el guardapolvo manchado de cal, liándose el enésimo cigarro. Pensaba en China, en la menuda Cazadora oriental, en la gloriosa pelea, en el sabor de su sangre. Habían pasado años de aquello, pero los recuerdos acudían y se recreaba en cada detalle: un golpe certero, el brillo de la espada que le dejó marcado para siempre…inconscientemente se llevó la mano a la ceja y acarició la cicatriz, recuerdo de su gran triunfo. Incluso Angelus no tuvo más remedio que reconocerlo, fue un buen día. Sonrió ante el nuevo reto. Otro país, otra Cazadora, la misma expectación, el mismo deseo de volver a ver su cara cuando supiera que lo había vuelto a hacer. Serían dos y él ninguna. Ojala pudiera decírselo a la cara…si supiera dónde se había metido. La llama marcó el punto exacto al que dirigirse cuando ya se estaba aproximando. Sabía que él la estaba escuchando llegar con su maldito oído de vampiro pero estaba preparada y empuñaba la estaca firmemente en su mano y la afilada navaja en la otra. El corazón le latía alocado dentro del pecho, ésta podía ser la última pelea, el último enfrentamiento antes de morir a manos de uno de sus enemigos. Su destino de Cazadora lo tenía marcado a sangre y fuego, y por esa misma razón, siempre pensaba que su vida acabaría pronto. Hoy, mañana, pasado, nunca hacía planes a largo plazo, si vida era ahora, su vida era ese preciso instante. Su futuro más inmediato la estaba esperando apoyado en el muro, fumando tranquilamente. Mortífero y hermoso como un… ¿Tigre? Según se acercaba a él intentaba recordar una lámina que le había enseñado su vigilante en uno de esos libros enormes y aburridos que a veces le hacía leer. Felino, rubio y peligroso. -Buenas noches, amor.- El cigarro voló, marcando con su pequeña incandescencia la ruta antes de caer al suelo. -No me llames amor, yo no soy tu amor.- Y lanzó decidida el primer ataque. Segunda parte La navaja hirió el aire con un silbido escalofriante. Spike la esquivó dando un paso atrás. La maniobra, por esperada, no dejaba de ser peligrosa y afianzó los pies mientras se transformaba. Ella observó su cara cambiar con un gesto de satisfacción, ahora todas sus dudas habían desaparecido y sólo tenía ante ella al demonio que debía matar, no al seductor que la confundía con sus palabras acariciadoras y gesto indolente. Era el momento de atacar con todas sus fuerzas y un brusco giro, acompañado de una patada con su pierna derecha, hizo que el vampiro se tambaleara. Este sonrió ante la dureza del golpe y con un grito que surgía de lo más profundo embistió dándole un puñetazo que la aturdió momentáneamente. Sorprendida por la fuerza del golpe, reculó hacia una posición más segura mientras blandía sus armas. Era duro. No podía permitirse ni un solo fallo y analizaba su entorno para impedir un golpe sorpresa. Empezaron a girar sin llegar a tocarse. Valorándose después de haberse probado las fuerzas. Ella con sus afiladas armas. Él con sus afilados dientes. De repente el vampiro se incorporó y le hizo un gesto para que se acercara. -Estás demasiado lejos, cariño, así no hay manera ¿Es que te da miedo tocarme? La estaba provocando, y eso iba a conseguir sacarla de sus casillas. ¿Cómo se atrevía a pensar que le tenía miedo? -¿Miedo? Me he quitado de encima a más vampiros de los que puedas imaginar. -Seguro, amor, pero ninguno era como yo. -Todos sois iguales. -¿Tú crees?- Y devolvió a su rostro los rasgos humanos mientras sonreía, hundiendo los pómulos. Trampa, eso era trampa, maldita sea. Estaba jugando con ella y se notaba que disfrutaba. De todos los vampiros con los que podía haberse enfrentado tenía que tocarle éste. Resopló intentando aislar las sensaciones con que su cuerpo la empezaba a bombardear. Ella era más fuerte, lo sabía, pero él estaba usando unas armas a las que no estaba acostumbrada. Su breve existencia sólo se había compuesto de los juegos y los quehaceres de una niña…hasta que “despertó”, y una inmensa responsabilidad ocupó desde entonces sus días, aislándola de todo lo que no fuera defender el mundo de seres como el que tenía enfrente. Con 17 años recién cumplidos lo único que conocía eran las lecciones de su vigilante y el entrenamiento diario. Ni siquiera su familia había podido acompañarla en éste peligroso viaje, masacrada por un demonio que había aprovechado sus primeros y vacilantes días como Cazadora para intentar aniquilarla, pero que no había contado con la furia y el dolor por la pérdida de los seres queridos y sucumbió en un montón de polvo a manos de una aún temblorosa estaca. Spike estaba divirtiéndose. Aún más si cabe que la primera vez. Esa chiquilla le estaba enviando unas señales inequívocas. Si conseguía hacerlo durar, sería una noche perfecta. Sólo necesitaba que ella se dejara llevar, sincronizar sus pasos en un baile de amor y muerte. De vida y poder. Sentir la sangre fluir por sus jóvenes venas. Probarla. Saciarse de ella. Otra vez. Buscaba aturdirse embriagando sus sentidos de vampiro, ahogarse en la juventud y la inocencia que aún quedaban en ella. Recordar lo que era sentirse así, ebrio de poder e inocente aún, cuando todo era nuevo y poderoso. Un sentimiento olvidado intentó abrirse paso, pero fue rechazado violentamente con un agitar de su rubia cabeza. Lo arrinconó de nuevo en lo más profundo, no quería distracciones dolorosas y canalizó todas sus energías en el objeto actual de su deseo. Ella. La única. La Elegida. La necesidad de aturdirse le hizo embestir violentamente. Ella lo rechazó agachándose y lanzando una cuchillada que le hirió en un brazo. La sangre salpicó formando un arco en la pared encalada. El olor de su propia sangre hizo que volviera a transformar su rostro, furioso consigo mismo por haber sido tan impulsivo. Volvían a girar, ahora la sangre goteaba en ambos bandos, en la navaja de ella, en el brazo de él. Tenía que conseguir arrebatarle el arma, no podía permitirse otra distracción y atacó de nuevo, haciendo un brusco quiebro al final que pilló a la Cazadora por sorpresa. Sujetando el brazo de ella contra su espalda la obligó a soltarla. Esta cayó al suelo en una pequeña nube de polvo. Aterrada al sentir su mano vacía propinó un fuerte puñetazo hacia atrás acertándole en la nariz. No tuvo más remedio que soltarla ante el insoportable dolor. Gimió mientras se llevaba una mano al rostro y otro golpe le acertaba directamente en el estómago. Doblado sobre sí mismo, dio un paso atrás para esquivar el siguiente e inevitable golpe que erró su objetivo haciéndola caer al dar la patada al vacío. Ahora o nunca, se abalanzó sobre ella. Pero fue rechazado mediante un pie apoyado en su dolorido estómago y lanzado hacia atrás, en una voltereta que le hizo caer de espaldas. Ella saltó impulsándose con la espalda y las piernas, incorporándose y girando hacia dónde él se encontraba. Empuñando la estaca, de un salto intentó sentarse a horcajadas sobre su estómago, pero él fue más rápido y sujetó los brazos de ella antes de apoyar la rodilla en su pecho y lanzarla también hacia atrás. En su caída ella soltó otra patada que acertó de lleno en la cara del vampiro que giró y cayó mordiendo el polvo de nuevo. -Vamos ¿No decías que me daba miedo tocarte? –Respiraba agitada, mechones de su negro pelo habían escapado del moño y enmarcaban su cara, algo congestionada y sudorosa. Volvía a estar a la espera, las piernas flexionadas y la estaca bien sujeta. Spike levantó la cara del suelo, el polvo se mezclaba con un hilillo de sangre que ahora corría por la sien izquierda. -Encanto, esto sólo ha sido un roce. Yo quiero sentirte entera.- Confundida por sus palabras, se incorporó levemente, bajando apenas la estaca de la posición de defensa. El gesto no pasó desapercibido por el vampiro que atacó con todas sus fuerzas, derribándola. El tiempo pareció detenerse en una burbuja. Los puñetazos y patadas eran esquivados y recibidos por ambas partes en una lucha a veces desigual, a veces confusa. Tan pronto ella estaba por el suelo como él volaba aterrizando pesadamente en la pared del cementerio. Sólo se oían los jadeos y gruñidos del esfuerzo. En cada golpe les iba la vida. Literalmente. Ambos sabían que el más leve descuido sería aprovechado por el contrario para poner fin a sus días. A la desesperación se unía la satisfacción por el golpe certero, la defensa bloqueada. Giraban sobre sí mismos en el suelo, intentando siempre quedarse encima del otro. Las fuerzas empezaban a estar tan igualadas que sólo podían parar para recuperar el aliento antes de separarse con un nuevo golpe. Se buscaban y se rechazaban sin tregua. Conscientes de la fuerza de sus cuerpos, de la sangre de sus heridas. ¿Cuándo fue el momento en que se dieron cuenta de que se habían quedado quietos? En uno de sus interminables giros la Cazadora había quedado debajo de él, sujetada fuertemente por la muñecas y rodeando con sus piernas la cintura del vampiro. Jadeaba. Su pecho se movía arriba y abajo rápidamente, mientras los mechones negros casi le tapaban la cara, manchada de polvo y sangre que ya no sabía si era propia o ajena. El silencio se instaló entre ellos. Fue entonces cuando él empezó a mover las caderas despacio, paladeando los cambios que la cara de ella estaba experimentando y recuperó su rostro humano. La tenía a su merced, rendida, extasiada, excitada. Percibía todo eso y más. La muerte era el mayor regalo que podía darle. Liberarla de su angustia y liberarlo a él. Estaban unidos por un vínculo que era más fuerte que ellos mismos. Se necesitaban para poder seguir adelante y en sus manos estaba la solución a una vida peligrosa, violenta y que sólo podía tener un final. Se agachó para olerla, saborearla, sacando la lengua y lamiendo desesperadamente despacio su cuello mientras seguía embistiendo. Un prolongado gemido se escuchó en la noche. Tercera parte Temblaba, todo su cuerpo temblaba. Pero no era de miedo, sino por algo más primitivo. Su sentido de Cazadora, que unas horas antes había hecho saltar todas las alarmas, ahora estaba embotado, anulado, por una sensación más poderosa que su instinto de supervivencia. Quería dejarse llevar y se sentía lánguida, inmovilizada por el peso de su enemigo que ahora no le resultaba incómodo sino placentero. Placer. Su musculoso cuerpo estaba moviéndose encima de ella, restregándose, haciendo que notara su erección debajo de la ropa…y sentirlo hacía que quisiera más. Necesitaba más. Y también ella empezó a mover las caderas, buscando el mayor roce posible. Ver de nuevo sus ojos cambiar de amarillo a azul y sentir la lengua marcando su cuello terminó de desarmarla y no pudo reprimir un gemido que salió de lo más profundo de su garganta. Si eso era morir quería que no terminara nunca. Los espasmos parecían no tener fin y su cuerpo, inmovilizado, se agitaba sin control. Ahora la tenía donde quería. La vista nublada, el rubor cubriendo totalmente su rostro herido. La boca entreabierta jadeando quedamente después del orgasmo. Nunca una mujer había estado tan hermosa antes de morir. Transformó de nuevo su rostro, relamiéndose anticipadamente, saboreando la sangre recién probada en su cuello. Sangre de Cazadora. Afrodisíaca y única… Ella tenía la mirada tan perdida que apenas percibió el cambio que se había vuelto a producir en el rostro de su enemigo. Sólo era consciente de la debilidad, y también la paz, que invadía su cuerpo. Pero cuando sintió sus dientes en el cuello comprendió que algo iba mal, muy mal. Sacudió el hombro violentamente, intentando ganar tiempo mientras luchaba por zafarse de los brazos que la tenían sujeta. Notó el leve pinchazo, apenas un roce, pues no consiguió clavar los dientes del todo. Aprovechando el momento la Cazadora hizo pinza con las piernas y, cruzadas alrededor de la cintura del vampiro, apretó con todas sus fuerzas. Spike gritó mientras era elevado, volteado y, de un fuerte puñetazo, noqueado. Sólo entonces se alejó de él, arrastrándose hacia atrás, sin perderlo de vista. La estaca. Necesitaba la estaca que en medio de aquella extraña pelea había perdido. Empezó a buscarla barriendo el suelo con las manos, maldiciendo la escasa luz de la luna, andando a gatas y mirando continuamente de reojo el cuerpo del vampiro. Tenía que matarlo cuanto antes. No podía permitirse otro momento de debilidad como el que había tenido. Ella. Jamás en su vida había sentido lo que hacía escasos momentos y estaba confusa, asqueada, no entendía como había sido capaz de sucumbir a ese demonio, dejándose dominar de esa manera tan sucia…y caliente. “Mátalo, mátalo” se repetía en voz alta, desesperada, porque su búsqueda no daba frutos. Spike empezó a percibir poco a poco su entorno. Enseguida captó los movimientos de la muchacha, pero prefirió seguir muy quieto. Imbécil, había desperdiciado una oportunidad de oro. Tenía que haber actuado igual que con la Cazadora china: rápido y eficaz, en cambio se había extasiado, recreado en su premio, anticipando una victoria que, ahora lo comprendía, era tan grandiosa como volátil. ¿Y ahora qué? No tendría otra ocasión como la que acababa de perder. Pero también sabía que su no-vida corría más peligro aún que antes. Necesitaba el factor sorpresa. Sólo durante un momento ella le dio la espalda, fue entonces cuando Spike saltó para resguardarse en las sombras tan rápido que ningún ojo humano habría sido capaz de percibirlo. Protegido por la oscuridad, sus sentidos de vampiro le permitían ver los nerviosos movimientos de la muchacha y el pánico que la invadió cuando se dio cuenta de que había desaparecido. La estaca volvía a estar bien sujeta en su mano y ahora sólo daba vueltas alrededor de sí misma, alerta a cualquier ruido o movimiento extraño. Hermosa. Herida. Escondido, podía observarla a placer, recordar el sabor de su sangre, admirar su valor, su fuerza. Recrearse en la belleza salvaje del rostro moreno y asustado. Era una niña con cuerpo de hembra. Inocente a pesar de lo que había vivido en su breve existencia. La oportunidad de disfrutarla se le había escapado como arena en los dedos y se maldecía por ello. Intentarlo de nuevo sería una locura, lo único que podía hacer era escapar de allí y esperar un mejor momento por lo que empezó a moverse sigilosamente pegado a la pared. La estaca en alto, preparada para lanzar el golpe mortal en cuanto notara el más leve movimiento. Seguía allí, escondido en algún punto más allá de su campo de visión. Se sentía observada y esa sensación le revolvía las tripas. Asqueada, ese demonio había jugado con ella dándole a conocer una faceta de sí misma que ignoraba por completo. En ese instante se odiaba por haber sido tan débil, tan idiota como para dejarse llevar. Su mano fue automáticamente al cuello y palpó la pequeña herida de la que todavía manaba un hilillo de sangre, recordar lo que había estado a punto de suceder le produjo un escalofrío que recorrió su espalda. Un escalofrío que no supo calificarlo si de asco o de algo más. Un pequeño crujido a su espalda hizo que se girara en esa dirección. Haciendo más caso a su instinto que a sus sentidos lanzó un puñetazo a la oscuridad que dio en pleno rostro del vampiro. Este voló hasta chocar con la tapia del cementerio causando un pequeño boquete que hizo saltar la cal de la pared por todas partes. Ella corrió hacia donde había caído. No podía haber dudas, ni miedo, ni asco, sólo podía haber determinación, coraje y mucha furia. Y con esa misma furia lo levantó del suelo con una mano y con la otra le clavó la estaca. Cuarta parte Cuando hundió la estaca se dio cuenta de que le había temblado el pulso y ésta no atravesó el corazón. No se hizo un montón de polvo, no desapareció, sólo gritó, pero el grito fue silencioso, se quedó alojado en su garganta, con la boca muy abierta, la mirada dolida. Había fallado, y eso les sorprendió tanto a ella como a él. Dio un paso atrás, confusa, asustada de su propia debilidad en el último momento. Ni siquiera intentó recuperar la estaca y, girando rápidamente, se marchó de allí. Correr. Huir. Poner tierra de por medio a todo lo que había sucedido esa noche. Alejarse de él. De sí misma. Porque un vampiro había conseguido llevarla a un límite insospechado para ella. El mismo vampiro que no había sido capaz de matar. Spike la vio alejarse corriendo como sólo una Cazadora podía hacerlo mientras se deslizaba apoyado en la pared hasta quedar sentado pesadamente en el suelo. La estaca le había atravesado el pecho, peligrosamente cerca del corazón, y una ráfaga de sangre quedó escrita en la tapia por encima de su cabeza. El dolor era insoportable. Agarró el trozo de madera con su mano derecha y tiró con todas sus fuerzas. Ahora sí gritó. Se quedó allí, con la mano en la herida, esperando a que la sangre dejara de manar. Estaba débil…pero vivo. Tampoco esa noche sería la última. Había sobrevivido a otra Cazadora y también había comprendido muchas cosas: No podía dudar, no podía recrearse en la belleza de la muerte porque eso sería su perdición. La mirada de paz y el golpe final tenían que ser simultáneos si quería cobrar su trofeo y la sangre. La sangre. El sabor aún lo tenía presente y volvió a relamerse, recordando todos los matices que contenía mientras cerraba los ojos. La luna estaba en su punto más alto. Las fuerzas acudían poco a poco a sus miembros mientras la herida dejaba de sangrar. No sabía cuántas horas habían pasado, pero sí las suficientes. Se levantó despacio, sintiendo dolor en cada uno de sus músculos. Al incorporarse un brillo en el suelo llamó su atención y se acercó despacio. Era la navaja con la hoja delatora y manchada de sangre que había sido abandonada durante la lucha. La cogió entre sus manos, sopesándola, ligera y mortífera como su dueña. Accionó la palanca para doblarla. Al final sí iba a tener su trofeo, recuerdo de la noche en que casi murió a manos de una Cazadora. Fue entonces cuando se dio cuenta de las marcas grabadas en la empuñadura. Era el nombre de ella y no pudo evitar leerlo en voz alta. -Teresa. FIN
|