Londres, 1883- Mansión
Fitzleroy.
Avanzaba por los pasillos en penumbra escuchando el menor
susurro. Aunque probablemente no había nada que escuchar. El joven Lord
Fitzleroy, reciente heredero de la fortuna de su padre, alocado, juerguista y
muy sociable, no sólo había tenido la delicadeza de perder una fortuna a las
cartas en los días anteriores, sino que había sido tan amable de invitar a sus
compañeros de timba a su recién heredada casa de campo.
Si no te aseguras de a
quién invitas a tu casa, puedes arrepentirte muy seriamente. Eso le había
ocurrido aquella noche a Robert Fitzleroy que pensó banquetear con sus amigos y
el resto de su familia y se encontró con la desagradable sorpresa de que sus
nuevos amigos habían decidido incluirlo en el menú del banquete. Aunque en
definitiva llevaba camino de conducir a la ruina rápida y la destrucción a su
sufrida familia, los vampiros habían acelerado un poco ese
proceso.
El servicio no había presentado la
menor oposición y el joven caballero, antes de pasar a mejor vida, apenas hizo
otra cosa que lanzar risibles amenazas mientras miraba con ojos desorbitados
cómo los “invitados” alababan los delicados cuellos de sus dos hermanas menores.
Luego las chicas, Darla y Drusilla, dijeron que querían disfrutar de su pequeña
masacre para ellas solas y, entre risas, hicieron salir a Spike y a Angelus para
encerrarse en el comedor con los supervivientes: un par de doncellas que servían
la mesa, la digna Lady Fitzleroy, madre del insensato Robert, un viejo mayordomo
y las otras dos chicas nobles.
Así que ahora deambulaba por los
vacíos corredores, ahíto y aburrido.
El túnel estaba en semipenumbra, una
suerte dado que había estado a punto de achicharrarse al sol de la mañana.
Aunque no estaba en muchas condiciones de apreciar el paseo. Mejor dicho el
transporte, porque estaba siendo arrastrado a través de las cloacas por los
fornidos brazos de aquel par de vampiros, bajo la mirada vigilante de su rival
triunfador.
Willy miró cómo se lo llevaban. Se
alegraba de que limpiaran su local de aquella basura. Basura como Angel que se
permitía el lujo de entrar en su bar y amenazarle y zarandearle para que le
contara los planes de Spike y basura como Spike que le escupía su desprecio con
cada mirada. Enzarzados en rencillas, pero en definitiva eran iguales, demonios
peligrosos de los que había que cuidarse.
Al menos, Willy conseguía sacar algo
de dinero del golpe de suerte que había encerrado a Angel en el soleado almacén
de su propiedad, como un paquete preparado y envuelto para regalo, a punto de
ser vendido al mejor postor. Y actualmente en Sunnydale, el mejor postor era
Spike.
Willy recogió el último billete
mojado del suelo sucio, mientras les miraba perderse en el primer recodo de la
red de alcantarillado. ¡Vampiros! Mala raza que infestaba la tierra. ¡Que se
fueran al infierno!
Claro que su dinero era tan bueno
como el de los humanos y su enfado más de temer. Como ese maldito Spike. Sabía
hacer bien las cosas y era conveniente no tenerlo como enemigo, pero… preferiría
no tener que volver a verle. Desde que había llegado a Sunnydale y se había
hecho con el poder, los demás vampiros le seguían como corderitos. Decían
incluso que había acabado con el Ungido. Un tipo duro aunque no lo aparentara
con aquellas pintas de punkie trasnochado. Y un prepotente. Quién se había
creído que era tirándole el dinero al suelo, después de que él, sí él, el
siempre servicial y avispado Willy, le había entregado a Angel atado de pies y
manos. De no ser por él, no se harían ni la mitad de los negocios del submundo.
Suspiró. Sí, ojalá no tuviera que
cruzarse de nuevo en el camino de Spike. Claro que mucho menos querría volver a
ver a Angel. El pequeño detalle de habérselo entregado inerme y debilitado a su
rubio enemigo no iba a favorecer una relación fluida entre ellos en el futuro. Y
Angel, bastante bicho raro ya de por sí, contaba con otra pequeña peculiaridad:
era amigo de la cazadora. Con esa sí que prefería no tener tratos
En fin.
Mejor ni pensarlo. Era hora de abrir su local. Willy se guardó el dinero y se
encaminó en sentido contrario al que habían seguido los vampiros.
Angel no tenía esperanzas de que nadie viniera en su rescate porque nadie
sabía cómo era su situación. Había tenido buen cuidado de no decir nada a Buffy
y sus amigos. Cuando sospechó que Spike había llamado a la Orden de Taraka
contra la cazadora, se puso a investigar por su cuenta. No quería asustar a
Buffy sin motivo. Aunque desde luego había motivo para asustarse. Y tampoco era
la Orden de Taraka lo que con más ahínco había intentado ocultar. Le preocupaba
aún más quién estaba detrás: Spike. Los cazarrecompensas iban muy en serio. Eran
metódicos, disciplinados y seguramente infalibles. Pero Spike era … Spike era
todo lo contrario. Y sobre todo, Spike era su pasado. El más terrible. Por eso
cuando Spike y Dru aparecieron semanas atrás en Sunnydale y Giles y los demás
buscaban desesperadamente cualquier atisbo de información sobre William the
Bloody, Angel, que podía contarles de él más que ningún libro sobre la tierra,
salió de la biblioteca sin decir casi ni media palabra.
Así, que ahora había sido apresado y
sólo contaba con sus escasas fuerzas para defenderse. Estaba absolutamente solo.
Solo en compañía de Spike y Drusilla, quienes no dejarían de cobrarse las viejas
deudas pendientes. Quizás era justo que tuviera que enfrentarse solo a las
consecuencias de sus actos. A ambos, él, Angel, los había convertido en lo que
eran. Y no se refería sólo a la vampirización. Era mucho peor. Drusilla era el
más grave de sus pecados, pero quizás Spike le dolía más aún. A Spike, más
lúcido, más puro si cabe que la novicia, lo había sometido a una implacable
labor de destrucción espiritual de la que era plenamente consciente. En el
pasado William era un joven inocente y bueno. Desgraciadamente para él, se temía
que de aquella bondad no debía de quedar mucho ahora.
- Mira, cielo, lo que te he traído.-
Spike lanzó a los pies de Drusilla a su prisionero.
La lánguida expresión de Drusilla se
animó al instante al reconocerlo.
- ¡Daddy!
- Sí, ahora estamos toda la
familia reunida. –Angel estaba medio desfallecido. Intentó ponerse en pie, pero
las fuerzas le fallaron. Spike lo agarró con brusquedad y lo levantó obligándole
a mirar de frente a Drusilla. La camisa de Angel, entreabierta hasta la cintura,
se abrió aún más. Sobre su carne, el contacto de la mano de Spike le trajo la
sensación de algo lejano pero muy vívido en la confusión momentánea de sus
sentidos.
- Toda la familia reunida
como en los viejos tiempos -repitió irónico Spike y Angel supo de inmediato que
tenía toda la razón. Había pasado más de un siglo desde la última vez que su
piel había sentido el contacto tan próximo de la de Spike, pero el recuerdo se
le hacía tan nítido y perturbador como si el tiempo no hubiera pasado. Sí.
Familiar. Dolorosamente familiar.
Drusilla se le acercó sinuosa.
¿Estaba aún más delgada? No tenía buen aspecto. En la piel marfileña de sus
brazos tan frágiles, se transparentaban las manchas amoratadas de pequeñas
hemorragias internas. Los dedos delgados de Dru acariciaron con la levedad de un
aleteo su cuello. Angel la conocía demasiado como para que sus estrafalarios
gestos le sorprendieran. Le fue fácil hurtarse a la fascinación con que solía
subyugar a los extraños impresionables. Procuró ignorarla también porque le daba
pena y ése era un lujo que no podía permitirse. Se dirigió a Spike, alguien con
quien sí se podía tratar en el terreno de la lógica.
- ¿Qué quieres de mí,
Spike?
- Recordar los viejos tiempos
–sonrió el rubio.
Dru giró lentamente a su alrededor.
Sus gestos amplios y cadenciosos parecían querer envolverle en una danza
extraña. Con fluidez teatral, llevó un dedo sobre sus labios mientras musitaba
reprobadora:
- Has sido un papá muy
malo.
- Sí, muy malo –ratificó
Spike, con su sempiterna sonrisa en la boca.- Pero ahora hará algo por su chica.
–Volvió a encararse con Angel- Me has preguntado para qué te quería. Me
decepciona que no consideres el placer de reencontrarnos, Angelus, pero la
verdad es que te tenemos reservado el papel protagonista en nuestra pequeña
celebración. Necesitamos al sire de Drusilla para que recupere su salud y ése
eres tú, el único e inigualable Angelus. Ya ves, todo un honor; aunque te
cueste la vida. Esta noche, bajo la luna llena, serás el centro del ritual. Tu
sangre la salvará. – Rió- Suena religioso, incluso ¿no? Nos traicionaste la
noche de San Vigidio, pero después de todo, parece que sí servirás para
algo.
Drusilla se acercó a la espalda de
Spike. Sin separar sus ojos oscuros de Angel como de una presa apetecible,
murmuró al oído de su compañero.
- ¿Puedo jugar con él, Spike?
Déjamelo, por favor. Hasta la luna llena- suplicó anhelante.
Hubo un momento de duda en Spike.
Apenas un instante, pero no pasó desapercibido para Angel. En su situación de
total indefensión, escudriñaba cada detalle, cada gesto que pudiera servirle, y
aquella ligerísima vacilación de Spike encendió todas sus señales de alerta.
¿Celos? ¿Inseguridad? ¡Cómo no! Angel comprendió que la dependencia de Spike por
Drusilla era su más peligrosa insensatez en el pasado y, que al parecer las
cosas no habían cambiado en el presente. Tomó mentalmente nota de que aquélla
podía ser una brecha interesante en la que hurgar.
- ¿Me dejas jugar con él?
Hasta la media noche– insistía mimosa Drusilla y Spike disolvió al instante su
preocupación en aquella sonrisa encantadora que dedicaba a su dama
- Por supuesto, gatita. Yo
nunca te negaría nada.
Dru le dedicó una sonrisa agradecida
y seductora y Spike, al momento, se desentendió del maniatado y amordazado Angel
para buscar con pasión la boca de su amante. Se enlazaron en un beso tan lleno
de lujuria que por un momento, Angel pensó que iban a entregarse al sexo delante
de él.
No fue así. Spike recuperó su papel
de estratega y volvió a ocuparse de los detalles prácticos.
- Debo ir a ver a Dalton y
preparar el ritual. -Miró de soslayo a Angel con una sonrisa irónica y acarició
el rostro de Drusilla antes de despedirse.- Dru, sé buena chica. -Después
acentuó aún más su sonrisa que cobró matices de crueldad.- No. Mejor sé muy
mala. Angelus, debo complacer a mi sire. Espero que tú también colabores en esa
tarea.
Drusilla se dedicó a torturar a
Angel con delectación. Lo desnudó hasta la cintura y, atado a las columnas que
sostenían el dosel de la cama, se entregó a mezclar juegos crueles y recuerdos.
Éstos eran, sin duda, mucho más crueles que aquéllos. Quemó su carne con agua
bendita y laceró su cuerpo con saña refinada, pero sobre todo lo zahirió, lo
tuvo indefenso a su merced y le susurró palabras tan suaves que herían como
estiletes. Calmadamente, sin inmutarse apenas, le habló de su familia masacrada,
de la dulce perversión de la virtud, del sabor exquisito de la maldad pura
inoculada como una droga en un corazón inocente.
El escozor de las quemaduras había
convertido el pecho de Angel en una llaga palpitante. Pero eso, aunque estaba al
borde de sus fuerzas, podía aún soportarlo. Lo que minaba toda su capacidad de
resistencia era la propia presencia de Drusilla ante él, y no sólo por las
terribles verdades que le decía, sino por el mero hecho de contemplarla y saber
que era su obra. Enfebrecida, demente y sanguinaria, una frágil y virtuosa
muchacha convertida en una ménade deseosa de venganza. Y sobre todo, ser
consciente de que esa venganza estaba plenamente justificada.
Finalmente, Drusilla se marchó. Quizás se había cansado. Quizás su escasa salud
requería unas horas de reposo antes del riutal. Seguramente había ido en busca
de Spike, más dependiente de él que nunca. El caso es que Angel quedó solo
durante unos minutos. Se sentái cada vez más débil. A la tortura física se unía
la desazón de saberse enfrentado a las culpas de su pasado, algo que siempre le
atormentaba, pero que, ante Spike y Drusilla se le hacía aún más amargo. Entornó
los ojos. Intentó pensar. Relajarse. Olvidar el dolor. Tenía que ser fuerte.
Mentalmente fuerte... Al menos no iba a dejarse someter por una loca y su no
menos loco amante. Por muy digna de compasión que fuera Dru y por muchas cosas
que le ligaran a Spike, no podía olvidar que eran dos asesinos que planeaban
acabar ritualmente con su existencia después de torturarle. Tenía que superar el
complejo de culpa y poner un poco de calma en su espíritu, aunque sólo fuera
para enfrentarse con dignidad a sus dos verdugos.
Apenas tuvo unos minutos de tregua.
Poco después, Spike entró en la habitación. Angel le miró acercarse en silencio.
Sin mediar palabra, le tomó del mentón y le alzó el rostro para examinarlo.
Revisó las señales de los golpes y algún corte que surcaba su cara. Eran
anteriores. Fruto de la pelea en la pista de hielo. Aunque Spike desconocía la
causa, sí sabía que no habían sido obra de Dru. A ella sólo se debían las
quemaduras de agua bendita que enrojecían el torso del vampiro. Pareció darse
por satisfecho. Angel se sintió mercancía, un animal cuyo estado se valora en la
feria antes de comprarlo. Quizás para ser tratado como un igual, rompió el
silencio con una pregunta llena de serenidad.
- ¿Vas a matarme, Spike?
- Pero no todavía.
- Me extraña que aparezcas. Creí
que dejabas la tortura en manos de Dru.
- Ella es buena en eso, ¿verdad?
- A ti siempre te ha faltado
estómago.
- Y paciencia. Suele ser tan
aburrido… En realidad, he venido a ver si te encontrabas bien.
- Enternecedor.
- Más bien, pragmático. Te
necesito vivo hasta la media noche y con Dru nunca se sabe, ya la
conoces.
- Dru está loca.
Ante la obviedad que acababa de
decir, Spike lo miró divertido.
- Como una jodida cabra – confirmó.
- Pero eso tú lo sabes bien porque algo tuviste que ver en ello.
- Tú también eres un loco,
Spike. Estás más chiflado que la propia Dru.
Spike rió.
- Claro, Angel, ¿cómo no
íbamos a estar locos? Somos tu semilla.
Angel obvió la ironía.
- ¿Por qué lo haces?
- ¿Necesito excusas para acabar
contigo, Ángelus? ¿No crees que es un placer que tiene en sí su propia
justificación? La venganza es un plato frío dicen. Pero sobre todo es
exquisito.
- No te pregunto por qué quieres
matarme, sino por qué sigues junto a ella.
De pronto, Spike, en un sorprendente
giro de humor, se encaró a él con odio:
- ¿Te parece razón suficiente
porque tú la enloqueciste y la mataste y eso sólo fue tu forma de
empezar?
Angel guardó un momento de silencio.
Luego, clavó su mirada en los ojos azules de Spike.
- Ésa no es la respuesta correcta
–aventuró. Después se lo pensó mejor- O quizás sí, pero no es la única
respuesta.
La voz de Spike se enronqueció
imperceptiblemente. Sosteniendo la mirada de su sire, y con una dignidad
inusual, dijo algo que sobrecogió a Angel.
-No tenías derecho a hacerlo.
Había recorrido interminables
pasillos solitarios en la lujosa casa de Lord Fitzleroy y ahora, tras una puerta
de la fastuosa mansión, detectaba una presencia. Alguien estaba al otro lado. Se
había alimentado en la planta baja; así que no tenía hambre, pero la curiosidad,
le atrajo. Spike apretó el picaporte y lentamente abrió la puerta.
- ¿Qué… quieres decir con que no
tenía derecho? –inquirió Angel.
Spike le dedicó una mueca llena de
sarcasmo.
- Vamos, Angel, ¿tengo que
explicártelo? Tú lo sabes mejor que yo. No tenías derecho a hacer nada de lo que
hiciste. Ninguno de nosotros lo tiene. Pero lo que hiciste con Dru… la rompiste.
Angel, sobrecogido porque Spike
planteara con tan meridiana claridad lo que él pensaba, ocultó su confusión para
fingir un sarcasmo que estaba muy lejos de sentir.
- ¿Ahora vas a ejercer de
predicador? No sabía que lo tuyo fueran las lecciones de moralidad.
Spike, con una expresión terrible, se
enfrentó a él, convertido en el más implacable juez que jamás tuvieron los
odiosos actos de Angelus.
- Tú la destruiste. Tú la
convertiste en lo que es y ahora… No tiene a nadie. - El pecho de Spike, se
elevaba rítmicamente, agitado por la furia. -Yo tengo que cuidarla porque tú…
porque me necesita. Necesita a alguien.
Angel no pudo sostenerle la mirada.
Spike hizo un esfuerzo por calmarse. Durante unos segundos también él guardó
silencio.
Angel lo miró de una forma nueva.
Recordaba al joven impetuoso con el que había compartido orgías y peleas, pero…
no podía reconocer aquellos sentimientos extraños. Los motivos de Spike siempre
tenían que ver con Dru, una dependencia que Angelus había considerado estúpida y
peligrosa, pero que ahora le parecía inverosímil y se preguntaba asombrado si en
esa insólita relación que le unía a Drusilla podía caber una razón altruista.
¿Era la pura generosidad de proteger a alguien más débil lo que impulsaba a
Spike?
No. Lo desechó de inmediato. Spike
no tenía alma. Era imposible.
- Haré cualquier cosa por ella
–prometió un inusualmente serio Spike.
Y, sin embargo, nunca consigues
contentarla ¿verdad? – Spike procuró contenerse, pero a Angel no se le ocultó la
ráfaga de rabia que cruzó su mirada. Buscando premeditadamente alterarlo aún
más, insistió: -Lo noté cuando me tocaba… Yo sé lo que le gusta a Dru. Quizás
pueda darte algún consejo…
Spike perdió los
estribos.
- ¡Cállate, maldita sea! No tienes
ni idea, Angelus. Dru y yo…
- ¡Dru y tú…! ¡Pobre poeta!
Idiota. Sigues igual, siempre imaginando fantasías. Dru está loca y no te ama.
Ni siquiera entiende eso que tú dices sentir.
- Tú tampoco deberías entenderlo.
Eres un vampiro como nosotros. De nuestra misma raza. Compartimos la misma
sangre y la misma esencia. ¿O me vas a decir que esa zorra tuya, la Cazadora, ha
cambiado algo de eso? Porque esas cosas no cambian, Angel.
- No hablamos de mí, sino de ti,
Spike. ¡Abre los ojos!
- Quizás tú los cierres para
siempre –amenazó.
Angel, le sostuvo la mirada
imperturbable.
- Morir es fácil. Nosotros lo
sabemos.
- Sí –admitió Spike finalmente,
tras un breve momento de mutismo.
Sí, morir era fácil. Era bastante más
difícil nacer.
A William le costó años de lágrimas.
Morir sin embargo, fue muy
placentero. Apenas un momento de dolor, para disolverse luego en una nada
confortadora donde sentirse por completo libre y ajeno a cualquier sufrimiento.
Lo recordaba bien. Apenas una línea roja como de fuego sobre el seno blanco, el
dolor agudísimo que pronto se disolvía en placer desconocido. Como el primero y
el más dulce de los orgasmos que luego viviría.
Después, al principio, también
estuvo bien. De la mano de Drusilla encontró la alegría y la despreocupación.
Era una sensación de poder y plenitud que jamás había conocido. Encontró, sobre
todo, el placer, el deseo saciado y constantemente renovado. Ser eterno, fuerte,
seguro, deseado, temido. Tenerlo todo con sólo alargar la mano para tomarlo.
Tener cosas, personas, algo así como afectos o al menos, la conciencia de un
orden en el que encajar. Pertenecer. Por aquel entonces fue a ver a su madre.
Pero eso era algo que no quería recordar. Había otras cosas que tampoco quería
recordar.
Sí, al principio estuvo bien. Muy
bien. Embriagador como una borrachera de placer y despreocupación. Hasta que en
su camino se cruzó Angelus.
Alguien llamó a la puerta. Debía de ser alguno de los vampiros a
las órdenes de Spike, aunque se quedó fuera y Angel no pudo reconocerlo. Desde
su posición, atado a la gran cama matrimonial, sólo podía ver a Spike de
espaldas dando órdenes a los que estaban fuera. Por algún capricho absurdo de su
mente, Angel divagó sobre lo más intrascendente: el aspecto de Spike.
¿Por
qué se habría dejado aquel pelo estrafalario? Él siempre había sido alocado,
único, llamando la atención casi por necesidad, pero ese pelo... era como un
insulto, una bandera de provocación. Lo que, por otra parte, pensó, le cuadraba
a la perfección, pero era simplemente que no le gustaba. Recordaba muy bien su
aspecto antes... muchos años antes. Tenía un suave cabello ondulado y castaño.
Le gustaba el pelo de William. Le hacía parecer juvenil, rebelde y, al mismo
tiempo, delicado, limpio. Todo en William era inocente y virgen.
Corromperlo
fue uno de los deleites más perversos que disfrutó en su existencia.
- Parece que ya está todo dispuesto – le informó cuando
volvió tras cerrar la puerta a sus lacayos. El paréntesis de distensión había
permitido a Spike recuperar su aplomo. Sonrió probablemente para mostrar que
volvía a ser dueño de la situación.- Sólo falta que llegue el momento
adecuado.
Se cruzó de brazos ante Angel, interpelándole con cierta
sorna:
- ¿Estás impaciente?
- ¿Y perderme tu deliciosa compañía?
No.
Spike acentuó su sonrisa.
- Tienes agallas, irlandés. Siempre las
has tenido.
Se acercó más para comprobar las ligaduras de sus muñecas. En
realidad, fue en su muñecas desolladas por las correas en lo que se fijó. Pasó
suavemente las yemas de sus dedos sobre la piel en carne viva, de un modo tan
pausado que puso un estremecimiento en Angel.
- ¿Te
duele?
- Sí.
Spike colocó su bota entre las piernas de Angel y se
inclinó hacia él. Al hacerlo, con el movimiento de ligero balanceo, su camisa
acarició el pecho desnudo de Angel. Spike avanzó su mano lentamente, demorando
una leve caricia sobre las heridas del pecho. Muy suave. Desafiante.
-
¿Piensas matarme a caricias? – preguntó ásperamente Angel para romper el
sortilegio de intimidad que Spike conseguía imponerle.
Spike rió ante la
salida.
- Es una idea.
– Le miró risueño, francamente divertido.-
Sí, una idea muy interesante.
Avanzó un poco la lengua entre los dientes en
aquel gesto travieso suyo, que anticipaba una maldad o un placer perverso
saboreado de antemano. Se acentuó su sonrisa y el brillo de sus ojos al
inclinarse despacio sobre la boca de Angel.
Angel procuró mantener una
apariencia de serenidad, dejándose besar sin responder pero sin impedírselo
tampoco. Spike colocó su mano sobre el cuello de Angel y lo atrajo hacia sí con
un contacto firme pero suave. Entornó sus ojos mientras, su lengua exploraba la
boca de Angel y éste se dejaba hacer. Al prisionero le costó mucho fingir
indiferencia.
Besaba muy bien y Angel tuvo que cerrar los ojos para hacer un
esfuerzo de autocontrol, al tiempo que intentaba discernir por qué Spike hacía
aquello. Por humillarle seguro, por retarle, también; pero además, tras la
fanfarronada y la burla, creyó atisbar en su beso algo más, un deseo atormentado
de arrancarle unas migajas de algo. Angel intuyó que en su provocativa forma de
besarle se entremezclaba un confuso manojo de sentimientos e impulsos, el
desafío, el odio, la satisfacción, la búsqueda de aprobación, el desesperado
anhelo de alguna respuesta. La sensualidad se entreveraba de extrañas
sensaciones no menos incitantes y algunas incluso conmovedoras. Junto al deseo,
Angel notó que en él se despertaba también un difuso sentimiento de
piedad.
Spike apenas se separó un poco mirándole burlón, como el niño que,
tras hacer una trastada, siente la excitación de haber vulnerado las normas
mientras espera la respuesta a su osadía. Bajo su estómago sentía la erección de
Angel que le miraba en un silencio digno.
- Sigo poniéndotela dura sólo con
acercarme, ¿eh? - Contempló con descarada satisfacción la tela tensa del vaquero
y colocó allí la palma de su mano.- Ella,... tu chica, ¿lo consigue con tanta
facilidad?
Volvió a inclinarse sobre él, muy despacio, su mano izquierda
inmóvil sobre la poderosa erección de Angel, la derecha acariciando –apenas un
roce- la cintura desnuda de Angel, el inicio de su cadera. Por un momento creyó
que iba a besarle otra vez, pero en el último instante, la cabeza de Spike se
desvió un poco para susurrar a su oído.
- Lo siento, Angel. Esta vez no
vamos a jugar a tu juego.
Se irguió victorioso y displicente y Angel sintió
la necesidad imperiosa de hacerle daño. Pausadamente, con tanta insolencia como
aplomo y clavando su mirada en la de Spike, sugirió:
- Pero podemos llamar
a Dru. Ya sabes que ella siempre me prefiere a mí para estos juegos.
Lo
consiguió. El fogonazo de ira que cruzó la mirada de Spike dejó pequeño el
puñetazo demoledor que impactó contra su rostro.
- Recuerda que me basta con
que llegues vivo al ritual. En qué estado no me importa en absoluto.
Hablaba
en serio. Angel lo sabía, pero también era cierto que ya no le importaba lo que
Spike pudiera hacerle. Él estaba más allá del miedo al dolor físico y su rival
-ahora lo veía con total claridad-, no era tampoco inmune a otro tipo de dolor.
Podía combatirle con armas semejantes. Más aún, empezaba a comprender que era él
quien más daño podía hacer.
- No me das miedo, Spike
- Entonces tendré
que esforzarme más. – Sonrió Spike, pero Angel tuvo la sensación de que el rubio
intentaba subir la puja porque se veía en riesgo de ser sobrepasado.- Contigo
o... con algo que te importe. ¿Qué tal esa chica? Ya conoces mi debilidad por
las cazadoras... ¿Sabes que estuve vigilándola? Me encanta cómo baila. Si se
mueve así en la cama, no me extraña que te tenga bien sujeto...
Spike había
cometido el error de acercarse demasiado, lo suficiente para que Angel pudiera
propinarle un formidable rodillazo en los testículos.
El vampiro rubio quedó
sin aliento.
- Eso es sólo para que aprendas respeto – le espetó
Angel.
Cuando consiguió recuperar el resuello y enderezarse, Spike se cobró
con creces el golpe. Un par de puñetazos inapelables a la mandíbula y un directo
al estómago dejaron al encadenado Angel al borde de la
inconsciencia.
- Y eso es sólo para que aprendas quién está al
mando.
Se miraron los dos con rencor. Sombríos y silenciosos, intentando
ambos mantenerse erguidos. Tras unos instantes, Angel murmuró.
-
Bien, los dos hemos aprendido una lección.
- Bien- admitió Spike
apretando su mano contra la zona dolorida. Se irguió despacio y con
resentimiento.- Pero antes no eras tan caballeroso con las damas.
A Dru siempre le habían gustado las muñecas. Jugaba con
ellas, las vestía, las mecía, pero sobre todo las castigaba, las regañaba y muy
a menudo las perdía. Afortunadamente nunca tendría hijos, porque, a juzgar por
cómo trataba a sus muñecas, sería una madre pésima. Después, sin embargo, se
angustiaba muy sinceramente cuando alguna de ellas se extraviaba o aparecía
rota. Especialmente la señorita Edith, su preferida, la que con más saña
maltrataba y de la que más solícitamente se preocupaba después. Aquella tarde
de otoño, en Londres, como en otras ocasiones, la señorita Edith había
desaparecido y Dru la buscaba afanosa por todos los rincones de la casa.
-
¿Has visto a la señorita Edith, Spike?
El aludido levantó la vista del
periódico.
- No, cielo. No la he visto desde ayer.
Dru siguió
buscándola infructuosamente. Al poco tiempo, se sintió sobrepasada por la
magnitud de su desgracia. Entonces acudió a Angelus,
- ¡No
encuentro a la señorita Edith! – manifestó casi con desesperación.
- ¿Y
qué demonios quieres que yo haga? - Llovía y quizás sólo por eso, Angelus estaba
especialmente irascible.- ¡Vete a molestar a Spike!
Su áspera respuesta
provocó que Dru empezara a gimotear. Spike se levantó a consolarla, pero Angelus
estaba de muy mal humor.
- ¡Maldita sea! Basta ya de lloros, Dru. Acabaré
quemándote todas esas muñecas repulsivas. O quizás sea mejor que te dé unas
cuantas bofetadas para que llores con motivo.
Dru lo miró asustada. Su sire
nunca le había levantado la mano, pero había tanta cólera en su amenaza que la
pobre chica se sintió paralizada de terror. Spike también se sorprendió por la
desmedida violencia de Angelus, pero supo reaccionar con prontitud. Se acercó a
Drusilla y la acogió en sus brazos.
- No lo dice en serio, Dru. –Clavó su
mirada en Angelus- Ni siquiera él es tan despreciable como para pegar a una
mujer.
Angelus se encaró con Spike.
- A una mujer, quizás no; pero
a ti no tengo ningún problema en darte una paliza. Te lo advierto, no estoy de
humor para aguantar insolencias y menos de ti que de nadie. –Angelus le dio una
orden inapelable.- Lárgate, si no quieres que te muela a palos.
Quizás Spike, de haber estado solo, habría obedecido. Pero el tono de Ángelus
era tan estremecedor que Dru, asustada, se cobijó en sus brazos musitando su
nombre y entonces Spike comprendió que no podía salir de la habitación dejándola
a solas con el enfurecido amo. Dru lloraría o haría cualquier cosa que irritaría
más a Ángelus y en lugar de calmarla, su cólera la perturbaría más y más. Spike
acarició la melena negra de Drusilla mientras miraba a los ojos de Angelus y con
voz suave, para no asustarla a ella, pero con inequívoco aplomo, le
contradijo:
- No. Será mejor que salgas tú.
Ángelus no daba crédito a
la audacia del joven.
- ¿Cómo te atreves a retarme? Sabes que soy mucho
más fuerte que tú y que te voy a zurrar.
- Sí, sé que lo harás porque
también sé que eres un cobarde.
No hubo más prolegómenos. Ángelus se lanzó
contra él y apenas dio tiempo a Spike de apartar a Drusilla. Fue una pelea muy
corta. En realidad, más que una pelea, fue una paliza, otra más. Era cierto que
Angelus tenía mayor fuerza y corpulencia, pero además era un luchador mucho más
experimentado que Spike quien aún no había adquirido ni las mañas ni la agilidad
que luego le permitirían defenderse durante un siglo de enemigos más grandes que
él. Encajó un puñetazo en la boca que lo lanzó de espaldas contra la pared. Allí
Ángelus machacó sus flancos con cinco o seis golpes inmisericordes. En mitad de
aquella lluvia de violencia, Spike consiguió alcanzar el mentón de Ángelus, sin
demasiada potencia, pero obligándole a retroceder un paso, lo justo para escapar
de su apurada situación arrinconado contra el muro. No le sirvió de gran cosa.
Ángelus cogió una silla y la estampó con todas su fuerzas contra el rostro de
Spike. Fue el final. Cayeron algunas maderas rotas al mismo tiempo que el joven
poeta se derrumbaba también. Ángelus tiró los restos de la silla antes de
dirigirse a la salida más furioso aún que al principio.
- Muy bien, Spike. Lo
has conseguido. Tú te quedas y yo me marcho.
En el suelo, Spike
escupió una muela junto con saliva ensangrentada. Se arrastró hasta un sólido
aparador para intentar ponerse en pie apoyándose en el mueble, pero en seguida
desistió. No tenía ni fuerzas ni valor para enfrentarse otra vez con el dolor
que laceraba su pecho al menor movimiento. Seguro que era alguna costilla rota.
Se quedó tendido sobre la alfombra, esperando sin saber muy bien qué.
Drusilla se le acercó silenciosa y con gesto apenado. Se arrodilló a su
lado.
- Spike...- ronroneó buscando su consuelo como un cachorrillo
apaleado. El joven, desde el suelo, extendió su mano para rozar la negra
cabellera.- No entiendo por qué se ha enfadado tanto...
Intentar explicar lo
inexplicable a la mente sin lógica de Drusilla era una tarea inútil. Spike se
limitó a mantener su caricia.
- ¿Crees que yo he tenido la culpa,
Spike?
Spike se limitó a susurrar.
- No – la tranquilizó. Después
añadió suavemente:- Él es así.
- Yo sólo quería encontrar mi muñeca...
–gimoteó Dru.- Ahora tú estás mal y la señorita Edith tendrá miedo sola. –Dru se
acurrucó junto al cuerpo tendido de Spike. Él pasó su brazo sobre el cuello
femenino y la atrajo un poco hacia sí en un gesto callado de consuelo. Dru buscó
su caricia, acercándose más a él, pero el peso de su cabeza sobre el pecho de
Spike hizo gemir al poeta.
- La cabeza un poco más arriba, cielo - pidió.-
Así mejor. No te preocupes, Dru. Mañana encontraremos a la señorita
Edith.
- ¿La buscarás conmigo, Spike?
- Te lo prometo.
Drusilla le dedicó una sonrisa plena de confianza que conmovió a Spike. Pobre
niña perdida y rota como sus muñecas, qué fácil era a veces hacerla feliz.
Enredó sus dedos en los largos mechones azabache.
- Mañana yo estaré mejor
y a Ángelus se le habrá olvidado su mal humor, ya lo verás.
La sonrisa
de Drusilla se hizo más abierta. Se inclinó sobre él y buscó su boca en
agradecimiento. El beso se le tiñó a Spike de contrarias sensaciones que
mezclaban el dolor de sus labios inflamados con el suave roce de la lengua de
Drusilla. Extraño y excitante, como el sabor de la sangre ajena que Dru paladeó
en su boca. Hambrienta de sexo y caricias, la muchacha se deslizó hacia abajo
sobre el cuerpo de su compañero. Desabotonó sus pantalones y empezó a
masturbarlo suavemente.
- Haré lo que sea por Drusilla. La salvaré cueste lo que
cueste. –Spike lo repitió y Angel comprendió que hablaba muy en serio. Lo que
Spike decía tenía el valor de una promesa. Seguramente era lo que se había
prometido a sí mismo o a ella, su princesa. Lo cumpliría. A Angel no le cabía la
menor duda.- Y si tengo que dar tu vida a cambio, me parece un precio muy
asumible.
- Dru. Siempre Dru…
- Si la elección está entre tu vida o
la suya, ¿voy a perder ni siquiera dos segundos en planteármelo? ¿Crees que
existe alguna peregrina razón por la que tendría que considerar ni remotamente
la posibilidad de salvarte a ti en lugar de a ella?
- No. No estoy
diciendo eso. Simplemente, me asombra tu dependencia de Drusilla. Siempre has
sido su perrito faldero, pero pensaba que habrías espabilado.
- Buen
intento, Angelus, pero unas pocas palabras despectivas no te van a librar de la
muerte.
- ¿Crees que es eso? No estoy hablando de mí, idiota, sino de ti.
Eres patético, Spike. Me sorprende que sigas mendigando de ella…
- Y tú
me aburres, Angel –quiso interrumpirle Spike. Pero Angel era consciente de que
estaba llegando a fibras muy sensibles. No iba a desistir tan
fácilmente.
- Sí, me parece muy triste que tú lo intentes y pongas tanto
de ti cuando en realidad,… nada que hagas la satisface, ¿verdad? – El poeta
procuró contenerse, pero a Angel no se le ocultó la ráfaga de rabia que cruzó su
mirada. Siguió aventurándose en disparos al aire, que al parecer, alcanzaban
indefectiblemente en Spìke la diana más insospechada- Pero lo cierto es que… el
verdadero problema es que es ella la que no puede satisfacerte a ti.
-
¡Cállate! O… - El puño de Spike se irguió amenazador contra el rostro de
Angel.
- ¿Qué vas a hacer? ¿Matarme antes del ritual? ¿Torturarme un poco
más? No tienes muchas opciones. Son las ventajas de saberse condenado. Mi
situación no puede empeorar, así que soy libre de decir lo que me
plazca.
Spike notaba una vida expectante tras la puerta. Podía
sentir el aleteo de una respiración al otro lado de la madera. Abrió
sigilosamente. Desde la casi penumbra una voz infantil preguntó
educadamente:
- ¿El señor Pendleton, mi preceptor, me ha levantado
ya el castigo?
Era un niño de unos doce o trece años, no muy alto para su
edad, con gafas y ropas de calidad. Probablemente el hermano pequeño de Lord
Fitzleroy.
- ¿Estabas castigado? - El chico asintió.- ¿Por
qué?
- No supe el acusativo de áner, andrós.
- Ándra- recordó
al instante Spike.
- Sí, ahora ya lo sé...– El niño exhibió un ajado
ejemplar de una gramática griega que, a juzgar por su estado, debía de haber
pertenecido a varias generaciones de Fitzleroys - Llevo varias horas
estudiando. ¡Y traduciendo! Dos páginas de Lisias.
Spike sonrió:
-
Abogados pleiteando. No resulta muy motivador. ¿No tienes miedo aquí
solo?
- Más que nada es aburrimiento, señor. Pero... –la cara del niño se
animó con una sonrisa pícara.- No es la gramática lo único que me he
traído.
Spike se acercó y levantó el voluminoso volumen abierto sobre la
mesa, debajo del cual apareció otro.
- La Iliada. Bastante más entretenida
y una buena forma de profundizar en el griego.
- Claro que yo la leo
traducida.
El chico estudioso, educado, soñador, con gafas, le recordó
inmediatamente a su pasado. Le pareció como mirar a un espejo que le devolvía su
propia imagen de unos cuantos años atrás.
- ¿Cómo te llamas?
-
Steven, señor. Y usted, señor, ¿me podría decir quién es?
- No
importa quién soy yo. ¿Qué parte estabas leyendo?
- El desafío de
Menelao y Paris. ¡Me gustan mucho los combates!
- Es lo que se espera de
la épica... Pero yo prefiero la despedida de Héctor y Andrómaca. Me cae bien
Héctor, es un buen tipo que sólo intenta conservar las cosas como
eran.
- Pero Héctor perdió la guerra.
- Sí, pero luchó. Era mi
personaje preferido.
- ¿Era? ¿Por qué habla en pasado? ¿Ya no lo es?
-
Bueno. –Spike dibujó una ligerísima sonrisa.- Ya no tengo mucho tiempo para leer
a Homero.
- Una lástima, señor.
- Sí, los tiempos cambian. Y
ahora... voy a dejarte que sigas leyendo. Me voy.
- ¿Sigo
castigado?
- Creo que sí, Steven. Además, es mejor que esperes a “la
Aurora de rosados dedos”.
- ¿”Cuando los teucros vuelven a las cóncavas
naves”? – Steve completó el verso homérico.
- Algo así. Y procura estar
en silencio. Es más apropiado para saborear el poema.
En el silencio de la habitación, Angel se sintió taladrado por
el rencor de Spike. Las cosas no estaban rodando del todo a su gusto.
Enfrentarse al sire, aunque estuviera atado y a punto de morir, era algo que en
su fuero interno habría deseado evitar. Sabía de sobra que cada vez que se
cruzaba con Angel, había problemas y sólo la enfermedad de Drusilla le había
llevado a buscarlo. Como en el pasado, Angelus se había preguntado cientos de
veces por qué el poeta no escapaba de su lado, donde lo que habitualmente
encontraba eran sólo humillaciones y golpes. La respuesta, también entonces era,
claro, la misma. Spike seguía en el Clan de Angelus, porque no podía romper el
vínculo que unía a Drusilla con su sire y él no concebía la existencia lejos de
su princesa. Spike, pobre loco enamorado.
- Me habéis torturado durante
horas- murmuró Angel.- Yo lo hice durante años. Te gano.
Steven de pronto
recordó un detalle y salió de su habitación. Corrió hacia el recodo del pasillo
donde oía alejarse los pasos del hombre.
- Señor, al final no me ha
dicho su nombre...-empezó.
Pero cuando detuvo su breve carrera y elevó los
ojos del suelo, se dio cuenta de que no estaba ante el desconocido que había
entrado en su habitación. Era otro hombre más alto y corpulento quien respondió
a su pregunta.
- Me llamo Angelus.
Spike en definitiva era obra suya. Él, Angelus había
conseguido convertir al tímido William en un monstruo sediento de sangre y
muerte. Otra cosa de la que presumir. Tenía muchos motivos de orgullo Angelus,
recordó con amargura.
Llamaron a la puerta y alguien avisó a Spike de que
tenían que ponerse pronto en marcha. La media noche estaba próxima.
Una vez a
solas otra vez, Spike miró frente a frente a Angel.
- La historia acaba aquí.
Éste es el punto final.
- No te hagas ilusiones, Spike. Hay cosas que la
muerte no arregla. Siempre he conseguido hacerte daño- La voz de Angel se
ensombreció de recuerdos- Mucho daño.
Las miradas de los dos se cruzaron. En
la de Spike sobrevoló un terror ciego. Las aletas de su nariz se dilataron y un
ligero temblor recorrió su ser. Angel comprendió que él también estaba
recordando lo mismo. Por un momento, bajó la mirada, asaltado por algo parecido
a la vergüenza.
Spike estaba desencajado. No quería rememorar
aquello.
-Lo siento –musitó Angel
- ¿Lo sientes, cabrón?
Torturaste a Dru hasta la locura y a mí me destrozaste este simulacro de vida
que me habíais dado, me... – su voz se quebró un instante.- Y te divertiste
mucho haciéndolo... Pudiste, al menos, acabar de una vez con nosotros, pero no,
claro, para ti era muy divertido. Jugaste conmigo. ¡Y te reías! Recuerdo cuánto
te divertías. – La expresión de Spike se volvió turbia, dando a sus palabras de
amenaza una verdad que sobrecogía porque estaban preñadas de dolor.- Voy a
acabar contigo para siempre, Angelus. Salvaré a Drusilla. Por encima de
cualquier cosa, le devolveré la salud. Esta vez no vas a poder impedírnoslo. Te
lo juro. Y te aseguro también que me alegraré cuando vea verter la última gota
de tu sangre.
Angelus apareció con un envidiable buen humor. Se acercó
sonriente a Spike, que paseaba entre las sombras fantasmales del jardín, para
presentarle a su acompañante
- Mira qué te he traído. Un nuevo
amigo. Nos divertiremos juntos.
La mano de Angelus descansaba sobre el hombro
de Steven con la familiaridad de quien se considera dueño de algo y sus dedos se
enredaban despreocupadamente entre el rubio cabello infantil. El chico, muy
pálido, parecía tranquilo, pero sus gestos nerviosos delataban al niño asustado
que quería parecer valiente. Al reconocer al hombre con quien había hablado de
la Iliada, demostró un comedido pero sincero contento. Hizo un grácil gesto con
la cabeza para saludarle y, el movimiento descubrió entre las blancas ropas los
dos puntos rojos en su cuello. Una levísima sonrisa curvó sus labios.
-
Parece que las cosas han cambiado, señor –comentó educadamente como saludo a
Spike.
- Sí, Steven.
Spike se acercó despacio. Miraba al muchacho con
una tristeza infinita, en un silencio tan ominoso que aumentó la inquietud de
Steven. Fue sólo por un instante. En la mano de Spike surgió de pronto una
madera que en un movimiento preciso y veloz apuñaló el pecho del niño.
Spike
se quedó mirando al vacío que antes ocupaba el cuerpo menudo de Steven y donde
ahora caían en triste lluvia los últimos átomos de polvo sobre la
hierba.
- ¿Por qué?- protestó Angelus, indignado de incomprensión- Os
habríais llevado bien. Era igual que tú.
- Por eso. Habría acabado siendo
igual que yo.
Había sido un pequeño alivio la furia de Spike, empujándole,
arremetiendo, escupiéndole su desprecio junto a las amenazas, pero ahora
callaba. De pronto, se había venido abajo, como si no le quedaran fuerzas para
los insultos ni la violencia. Como si de pronto se sintiera vacío y no
encontrara sentido a seguir debatiéndose. Angel habría dado algo porque volviera
a enfrentársele, porque recuperara su sarcasmo o lo golpeara, o fingiera
disfrutar humillándolo, o... algo. Alguna reacción.
Finalmente, el
antiguo poeta volvió a hablar, pero ahora su voz era mate, casi inaudible.
Parecía que se hubiera olvidado de la presencia de Angel y se dirigiera sólo a
sus recuerdos.
- Yo lo soportaba todo.... no sé por qué.
- ¿Por Dru?
– preguntó tímidamente Angel.
Spike pareció volver de un sueño.
- No –
reconoció. Su voz, empañada de tristeza, sobrecogía en el silencio de la
habitación.- Ni siquiera. Por instinto seguramente. No sé por qué. Porque no
puedes hacer otra cosa que soportarlo. Aguantas de pie mientras puedes. Hasta
que te caes. Y en el suelo, reprimes las lágrimas. Y cuando lloras, te las secas
con rabia porque nadie va a venir a consolarte. Hay que hacerlo. No pensar. No
sentir.
Los ojos de Spike se inundaron de lágrimas no derramadas. Evitó la
mirada de Angel, pensando que seguramente se reiría de su debilidad, como hacía
antes. Pero, en lugar de eso, Angel le miró con un respeto nuevo y una inmensa
piedad. Por primera vez atisbaba todo el sufrimiento del alma atormentada del
poeta. Spike no tenía alma tuvo que recordarse Angel.
Spike, el sarcástico
jefe de los vampiros de Sunnydale, se había derrumbado por completo y sí,
seguramente, lo que debería hacer Angel era sacar ventaja de la vulnerabilidad
de su captor pero se sintió por completo incapaz. En lugar de eso, necesitaba
pedirle perdón; aunque también sabía de sobra que Spike no podía aceptar sus
disculpas. Avanzó un poco su mano atada hacia el rostro de Spike.
- Ni te
atrevas a tocarme... –advirtió roncamente el antiguo poeta. Spike no se movió ni
un milímetro, pero la autoridad gélida de su voz paralizó el gesto de Angel.
Comprendió que la caricia sería para Spike el peor de los insultos.
- Ya
no tienes tu anillo- observó Spike contemplando desde el vacío donde se había
instalado la mano desnuda con que Angel había querido acarciarle. Un absurdo
intento de recuperar una conversación trivial, pensó Angel. Pero el silencio
espeso volvió a instalarse entre ellos.
Por fin Angel se atrevió. Para desesperación de Spike,
murmuró lo que entonces, a las puertas de la muerte, acababa de
comprender:
- Sigues siendo un pobre poeta romántico.
Spike se
revolvió incómodo, pero a pesar de su malestar de animal acorralado, consiguió
recuperar la calma para negar con la máxima frialdad que pudo conseguir en su
voz.
- Te equivocas.
Angel, con infinita delicadeza, continuó:
-
¿Sabes qué, Spike…? Me alegro mucho - empezó a decir. Hablaba tan dócilmente que
Spike, aun con recelo, se rindió a preguntar:
- ¿De qué?
- De que
después de todo, no lo conseguí por completo, ¿verdad? Al final, fracasé.
William pervive.
La voz de Spike adquirió una frialdad sobrecogedora.
-
William murió. Yo soy Spike.
Angel no se dejó convencer
- No es cierto. A
William no he conseguido destruirlo del todo. Ahora lo sé. – Por primera vez en
aquella larga jornada, Angel encontró un motivo para distender sus labios en una
leve sonrisa.- Y es una buena noticia para despedirme de la existencia.
La
calma de Angel suscitó la furia de Spike, inundado de frustración y de odio.
Tanto más encolerizado cuanto sentía que Angel era ya inmune a cuanto él pudiera
hacerle o decirle. Se acercó a centímetros de su cara y con violencia mal
reprimida se revolvió contra él:
- Pregúntate esto: ¿Crees que William te
mataría? Porque yo sí voy a hacerlo. Acabaré contigo de una vez, Angelus. Te
arrancaré de mi vida, cueste lo que cueste. Y salvaré a Dru. No siempre lo vas a
destruir todo.
Angel en efecto, se lo preguntó. ¿Lo habría matado el
William enamorado y desesperado que conoció? ¿Habría arremetido contra Angelus
para salvar lo único que tenía valor para él, la compañía de una pobre loca
condenada a la enfermedad y la muerte en mitad de una vida sin más horizonte que
la desesperación?
Angel pensó que sí.
Ciertamente Spike no vaciló. Poco después inició el ritual y
consiguió devolver la salud a su amada. Sólo un golpe de fortuna cambió la
situación en el último momento: cuando la muerte de Angel era ya inminente,
apareció la cazadora y lo salvó.
Spike intentaba huir con Dru cuando un
órgano les cayó encima en una iglesia incendiada.
********
Spike se acostumbró, pero la primera vez no podría olvidarla
jamás. En el suelo, William sólo quería olvidar y sin embargo, recordaba con
curiosa nitidez detalles triviales. Los recordaba quizás porque pretendía
olvidar lo demás y se aferraba a centrarse en esos detalles inconexos,
queriéndolos desgajar del resto de aquel momento. Recordaba, por ejemplo, un
anillo de Ángelus, un absurdo anillo irlandés con unas manos que enlazaban un
corazón. O la presión de su brazo granítico contra su nuca, aprisionándole
contra la pared. Y el dolor – qué absurdo recordarlo- de su pómulo raspando
contra el muro áspero, y la voz susurrante y lasciva diciéndole al oído cosas
que ni siquiera habían pasado jamás por su cabeza de poeta. Aterrado.
Inmovilizado. Profanado.
Y recordaba lo solo que se había sentido cuando
Angelus se marchó. Tanto que casi habría añorado una caricia suya. Aquellas
obscenidades que le repugnaban. O su compañía. Él que poco antes había gritado
que se marchara.
Quizás pasaron horas en las que casi agotó sus lágrimas en
la más completa soledad. Pero no vino nadie. Mejor. No habría podido soportar la
vergüenza. Luego, nunca supo cuánto tiempo después, se puso en pie, se limpió,
recogió sus ropas y, mientras se bañaba, se prohibió pensar en lo que decidió
que nunca había tenido lugar.
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