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(La espera)
Una noche del frío invierno
de 1885, en Londres, tres figuras se sentaban en torno a una mesa jugando al
póker en uno de los tugurios menos recomendables de la ciudad. Los tres eran
hombres apuestos y de piel pálida. Parecían caballeros, o al menos personas de
cierta calidad, lo que no dejaba de sorprender en aquel ambiente mísero y
sórdido. Una mirada más atenta, sin embargo podría reparar en que tampoco de
ellos estaba ausente un indefinible halo de algo tétrico y desasosegante.
Cualquiera que estuviera allí podría decir que aquéllos no eran hombres
normales. Cualquiera lo diría si hubiera algún hombre normal en el garito, pero
no era el caso. Como los jugadores, el resto de los parroquianos eran vampiros y
algún demonio más civilizado de lo habitual al que las estrictas normas de
admisión habían permitido entrar en aquel antro del submundo, tanto más
restrictivo cuanto más peligrosos y marginales eran sus visitantes.
- ¿Vas, Spike? – preguntó el que había barajado, un irlandés alto y fuerte. - Me estáis dejando sin blanca. Me quedan once libras.- declaró el interpelado. - A mí sólo me queda mi castillo en Transilvania. – dijo el más enjuto, de larga melena negra y ligero acento extranjero. - Bien, apostemos los restos. – propuso con desenfado el joven anterior, apartando de sus ojos con la mano, uno de los rebeldes mechones castaños que a veces cabalgaban sobre su frente. - ¿Mi castillo por once libras? No me parece equiparable. - Es todo lo que me queda. Y mi vida. Va en el envite, si lo quiere, conde. - ¿Qué le hace pensar que su vida vale un castillo? –ironizó despreciativo el extranjero. Spike le retó con la mirada, casi tan insolente como sus palabras: - Y a usted, conde, ¿qué le hace pensar que un montón de piedras valen lo que yo? El irlandés rió la bravata de su amigo. - Bien, eso cubre la apuesta del conde. Y... tú y yo ¿qué nos jugamos, Spike? – preguntó.- Ya sé. Tengo una oferta que no podrás rechazar. Pongo en juego lo que más deseas. Lo único que deseas: Dru. - No. - Venga, Spike. Dru es mía. No arriesgas nada. Sólo puedes ganar. - Te equivocas, Angelus. Dru es tuya. Lo único que puede pasar es que la pierdas tú; no que yo la gane. –“Al menos, no como yo la quiero ganar”-pensó Spike, pero eso ya no lo dijo. Exhibió su más encantadora sonrisa de lobo inocente, al proponer: - Juguémonos a Darla. - Jajaja. – La carcajada de Angelus resonó en la timba.- Si Darla se entera, me clavará una estaca sin parpadear. - Eso lo hace más interesante ¿no te parece?
- Full de ases y reyes.- dijo
el conde depositando con orgullo sobre el tapete su magnífica combinación.
- Eso me supera- reconoció Angelus mostrando un patético par de ochos. Las miradas de los dos se volvieron hacia Spike que aún guardaba silencio. Los labios delgados del conde se combaron levísimamente en un simulacro de sonrisa. - Apostó usted su vida, mi joven amigo. Es hora de que muestre sus cartas. – Una crueldad refinada le hacía deleitarse en el difícil trago que, sin duda, debía estar pasando aquel impertinente.- ¿Va a pagar o acaso ha sido tan afortunado que supera mis ases y reyes? Spike muy despacio fue mostrando una a una sus cartas. Se hizo el silencio entre los curiosos que se arremolinaban en torno a la mesa. - Los reyes deben inclinarse ante las damas. Póker. Algo como un inarticulado sonido de admiración salió de varias gargantas al ver la última carta. ¡Póker de damas! Una jugada increíble que humillaba el orgullo del conde con tanta contundencia como batía a sus cartas. El aristócrata se levantó, más pálido aún de lo habitual. Sus manos engarfiadas sobre la mesa y sus dedos como las garras de un ave de presa eran muestra de la ira que lo dominaba, una ira momentáneamente contenida pero intensa y peligrosa. Spike sonrió ligeramente: - Su castillo me queda un poco lejos de casa, conde. Se lo revendo. Parece que el precio estaba en once libras, ¿no? Fírmeme un pagaré por esa cantidad y podrá recuperarlo. Sin esperar asentimiento, garabateó en un papel no demasiado limpio unas líneas que constituían un improvisado contrato de compraventa y se lo tendió al derrotado extranjero. Si las miradas matasen, Spike habría caído fulminado en aquel momento, pero al final, el Conde tomó la pluma que el joven le ofrecía y dibujó su barroca firma sobre el documento. Salió después de la sala, sin añadir ni media palabra, mientras Spike recogía las cartas diseminadas sobre la mesa de juego. Angelus le miraba con una curiosidad renovada. - Has hecho trampas. – No era una pregunta, a pesar de que Spike sabía que su técnica de tahúr era tan depurada que no podía haberle descubierto. - Por supuesto- reconoció.- Iba mi vida sobre el tapete. ¿Crees que el conde habría tenido la delicadeza de no cobrar una deuda de juego? Pero yo no quiero para nada un castillo transilvano. - Entonces no entiendo por qué te has arriesgado tanto. El conde tenía una gran mano. - Y tú tenías una porquería de cartas. Lo arriesgado era seguir en el juego con semejante farol. Angelus se encogió de hombros. La partida era una excusa y a aquellas alturas Spike lo sabía muy bien. En realidad, los dos jugaban igual, arriesgando al límite no para ganar dinero, sino para vencer a los rivales. El verdadero objetivo era no ceder ante ninguna puja. Y especialmente Angelus. Él tenía que demostrar en todo cuanto hacía que era quien dictaba las normas. Se trataba de asentar siempre su dominio, también en el juego. - La pregunta es ¿vas a querer cobrarte a Darla? Spike rió antes de rectificarle: - La pregunta es ¿admitirá Darla ser cobrada? Y la respuesta era evidente. Darla consentía pocas tonterías respecto a su persona. A Spike no le gustaría estar en el pellejo de Angelus cuando le explicara el resultado de la partida. Sólo de pensarlo, se sentía feliz. Pero Angelus no tenía ninguna intención de verse en ese aprieto. A su manera, él también hacía trampas. Su sonrisa se unió a la de Spike. - No, Willy. La verdadera pregunta es ¿te atreves tú a reclamarla? La alegría del joven se heló de cuajo. Angelus le miraba divertido, controlando la situación, como siempre. Y Spike supo que, como siempre, las cosas volvían al mismo terreno. De nuevo Angelus le desafiaba. De nuevo le demostraba quién llevaba las riendas y que él sólo existía para satisfacer sus órdenes y sus caprichos. Otra vez. Otra puta vez. Angelus le dejaba divertirse un rato, disfrutar ingenuamente, para a continuación dejar bien claro que sólo era un entretenimiento pasajero, permitido sólo hasta que él volvía a marcar las normas. No era Darla. Nunca había sido Darla. Spike ni siquiera tenía verdadero interés en ella. Sólo había acariciado el sueño de que por una vez Angelus cediera ante él, de que tuviera que entregarle algo suyo o pedirle (¿Angelus pedir?) que Spike no se lo cogiera. Quizás que Angelus admitiera que, por una vez, Spike había ganado. Quizás que reconociera que Spike le miraba de tú a tú. Tal vez ganar su consideración. Y ahora Angelus se divertía insistiendo, exigiéndole la retirada. Como el jefe de la manada que reclama a un lobo más joven la sumisión absoluta. - Dime, Willy, ¿vas a disputarme a Darla? ¿Te vas a atrever? No. Spike no lo haría. Había aprendido mucho tiempo atrás esa lección. Cuando cometió el error de luchar contra él por Dru. Ahora no se trataba de una mujer, sino del poder y Spike sabía que el poder era de Angelus. No era una cuestión de pelearlo. Era que él lo tenía. Era que no podía enfrentarse al jefe, ni aunque lo quisiera porque Spike lo temía y lo respetaba demasiado. - Willy, no has respondido. Lo odiaba cuando lo llamaba así y lo trataba de aquella forma condescendiente, irónica, cruel. Cuando exigía la rendición absoluta. La humillación. - No -murmuró. – No lucharé.
La humillación que ahora en
Sunnydale, en el año 2001, volvía a imponerle, cuando acariciaba el vientre de
Dru y su mirada sardónica descendía hasta la silla de ruedas donde Spike estaba
prisionero.
- Dime, Spike, como tu huésped, si puedo hacer algo por ti. –Burlonamente conmiserativo, la voz de Angelus alcanzaba niveles de crueldad difícilmente soportables- Algo que tú no puedas hacer. Algo, claro, que no haga ya. Drusilla se dejaba acariciar, feliz con la atención que su sire le concedía, insensible a la ira de Spike que apretaba las mandíbulas en silencio, concentrando en su mirada todo el odio y la furia impotente que no podía descargar sobre Angelus.
Drusilla se había bañado y
ahora, envuelta en una gran toalla y sentada en el suelo, entre las piernas de
Spike, se dejaba invadir por la sensación de placidez que la inundaba mientras
miraba las llamas que chisporroteaban en la chimenea. A su espalda, abrazándola
y haciéndola reír, Spike cepillaba despacio su pelo negro mientras jugaban a los
sueños. Era un juego que había inventado William para ella y que a Dru le
encantaba. Se trataba de imaginar cosas absurdas e irreales, algo en lo que
Drusilla era especialista. Su charla se llenaba de imágenes brillantes y
sorprendentes que encandilaban la fantasía de la vampiro.
- He soñado con.... –inventaba Spike- un niño de caramelo que tenía los ojos de zarzamora. - Hummmm.- ronroneaba Dru. - Sí, por cierto - Spike seguía la broma.- Estaba exquisito. Dru reía echando hacia atrás su cabellera que adquiría cambiantes reflejos rojizos ante la cercanía de las llamas y acariciaba el rostro de Spike. - Pues yo he soñado... – Era ahora el turno de Dru.- una lluvia de colores y un arcoiris negro. - Bien. Entonces yo he soñado...- continuaba Spike.- He soñado con una mariposa de cristal que relucía en la oscuridad con brillos de diamantes y rubíes, todos engarzados en azabache. ¡Ah, no! Espera. – rectificó pícaro.- Eso no era un sueño. Eso eres tú, mi Diamante en la noche. Drusilla, halagada y feliz, se giró para ofrecer sus labios al beso de su enamorado.
En aquel momento entraron
Angelus y Darla.
El vampiro moreno frunció el ceño. No le gustaba ver a la pareja así, en aquella intimidad de la que quedaba excluido el resto del mundo. Y no era por Dru, era por Spike. Le molestaba hasta límites indecibles aquella capacidad del joven para poner fantasía, sensibilidad y belleza en la situación más inesperada. Le molestaba, sí, pero quizás más aún lo envidiaba. Habían pasado dos días desde la partida de cartas y aún entre ellos reinaba el resquemor y la competitividad. Las espadas seguían en alto, básicamente porque Angelus necesitaba herirle más; deseaba aún continuar la humillación. Ásperamente, le increpó: - ¿Por qué, en vez de holgazanear como siempre, no haces algo de provecho, Spike? - ¿Y por qué no lo haces tú, Angelus, y te vas a molestar a otra parte? La insolencia ante el amo era una excusa más que suficiente para Angelus. Le pegó un puñetazo en el rostro que tiró de espaldas a Spike. Se levantó con prontitud, presto para la pelea, pero ya Drusilla se había interpuesto intentando apaciguar a Angelus. - Es demasiado temprano para empezar las disputas. ¿Por qué no salimos a la calle a divertirnos, Angelus? Llevarse a Drusilla y dejar solo a Spike... no estaría mal. Debió de parecerle apropiado, porque aceptó: - Sí, vamos a cazar tú y yo. Darla, ¿vienes? Entonces Darla hizo algo sorprendente. Clavando los ojos en Angelus, negó tranquilamente. - No. Prefiero quedarme con Spike. Por un segundo una ráfaga de ira cruzó la mirada de Angelus. Estaba muy claro lo que Darla esperaba de la compañía de Spike y que lo eligiera a él era una bofetada en toda regla por parte de quien ocupaba sin discusión el puesto de favorita y reina del clan. Que desdeñara al rey para buscar al poeta era algo inaudito, pero precisamente por el rango de Darla entre los Cuatro, Angelus la respetaba como a ningún otro ser en el mundo. Además ella era su sire. Así que se esforzó por rehacer mínimamente su desairada posición recuperando un simulacro de sarcasmo. - Está bien. Si crees que el niño va a serte suficiente... Spike, harto de desprecios, avanzó un paso, con intenciones inequívocas de medirse otra vez con Angelus, pero Darla lo detuvo, sujetándole del brazo. - Ven conmigo, Spike. Lo cogió de la mano para llevarlo hacia uno de los dormitorios. Simultáneamente, también Angelus arrastraba a Dru hacia la salida. Antes de abandonar la casa, dejó oír su risa hiriente. - Que te diviertas, Darla. Ya me contarás qué tal.
Las burlas de Angelus eran como
un instrumento de tortura que él sabía manejar con precisión de cirujano. Y lo
peor era su risa. Enervante. Odiosa. Si alguien en el mundo tenía el don de
concitar inmediatamente los instintos asesinos de su interlocutor, ése era
Angelus burlándose de una víctima. Su víctima ahora, en Sunnydale, era un
inválido Spike que hacía verdaderos esfuerzos por mantener la calma ante él. A
duras penas conseguía fingir imperturbabilidad y eso sólo por el hecho de saber
que crisparle los nervios era precisamente lo que deseaba Angelus. Spike se
preciaba, con bastante justicia, de sarcástico e ingenioso, pero contra Angelus
no podía competir.
Éste había llegado pletórico, exultante. Una ojeada le bastó a Spike para saber que debía de haber cazado una presa muy deseada, porque aún en sus ojos brillaba la excitación del combate. Exudaba orgullo. Spike, encerrado durante semanas en la vieja fábrica que les servía de cobijo, confinado a la humillante silla de ruedas, indefenso, vulnerable e impotente, supo de inmediato que arremetería contra él. Era la forma en que Angelus exhibía su poder. Se sentía tanto más poderoso cuanto más machacaba a quien estaba enfrente. Su soberbia necesitaba la humillación de los demás, igual que su cuerpo necesitaba la sangre. Y especialmente se complacía hiriendo a Spike. Siempre había sido Spike el blanco preferido de sus ofensas. Hacerle daño le atraía de una forma morbosa. Necesitaba el dolor de Spike para afirmar su placer. Sobre el regazo del vampiro rubio jugueteaba un cachorrillo que Drusilla le había dejado. Era como un peluche, tierno y rollizo, y quizás no estuviera mal como aperitivo, pero Spike no había querido tomarlo. Seguía sintiéndose a disgusto cuando Drusilla le proporcionaba alimento como si mimara a un niño inapetente. Ahora, en contraste con Angelus, él mismo se daba cuenta de lo patético que debía de resultar. - ¿No quieres comer, Spike? –Cuando Angelus fingía amabilidad, había que prepararse para una andanada en condiciones.- Claro, tu bocado no es muy apetitoso, ¿verdad? Sin embargo, yo he disfrutado de un plato exquisito. ¿Quieres que te lo cuente? Spike se encogió de hombros - ¿Tengo alguna forma de evitarlo? Angelus rió. Se agachó junto a él y susurró a su oído. - La gitana. Ha sido magnífico. Puedo contártelo con todo lujo de detalles. Quizás tú lo has olvidado ahora que ya no puedes cazar, pero oírlo te ayudará a recordar lo excitante que es. Como el mejor sexo. ¿Lo recuerdas, Spike? Una hermosa mujer que se debate entre tus brazos, que araña, gime, se estremece... Muy excitante. Intenso. Es la vida, la pasión. El poder de la muerte. Cuando no tienes eso, en realidad no tienes nada, ¿verdad? Claro que yo no debería contártelo porque son esas cosas que tú ya no puedes hacer. Hay tantas cosas que ya no podrás hacer... ¡Pobre Spike! Rubricó su burla con una caricia al rostro de Spike que él soportó clavándole la mirada y apretando los dientes. A pesar de todo, el vampiro rubio consiguió ocultar su irritación y dedicarle un comentario gélido. - Quizás al perro le interesen tus batallitas, Angelus. A mí, desde luego, me aburren. - Y entonces...¿qué puedo hacer para divertirte, Spike? Spike mantuvo su mismo tono calmado. - Podrías irte al infierno. Eso estaría bien.
Era gracioso que, después de
todo, Spike hubiera acabado en la cama de Darla. Justicia poética, pensó. Era
una deuda que Angelus nunca habría pagado motu proprio, pero que Darla saldaba
por propia voluntad y sin saber que había estado en juego.
Darla era de Angelus y eso resultaba indiscutible, aunque ella se concediera también de vez en cuando sus caprichos episódicos. Spike sabía que él era un capricho episódico pero eso no le preocupaba. Nunca había pensado en disputarle a Angelus su primera mujer. Primero porque la sabía inalcanzable y segundo porque tampoco la deseaba como deseaba a Dru. Eso no impedía, claro, que admirara su hermosura y disfrutara de la noche junto a ella. En realidad nunca había conocido una mujer más hermosa que Darla. Era lo que pensaba mientras acariciaba pausadamente la exquisita curva de su espalda y se deleitaba contemplando la delicadeza de sus miembros, la blancura de su piel, sus senos firmes y plenos como un fruto en sazón. Darla era perfecta como una diosa. Bella, sensual, inteligente y despiadada. Con Spike, casi siempre distante. Pocas veces, le llamaba a su cama a solas, aunque a menudo la compartían cuando Angelus deseaba más compañía para sus noches de placer. Por el contrario, era infrecuente en Darla requerir los servicios sexuales de otra persona si no estaba Angelus en el grupo y mucho más infrecuente aún ceder a las confidencias, así que Spike se preguntaba por qué le había buscado aquella noche y sobre todo, por qué ahora, tras el amor, conversaban con una intimidad que nunca habían tenido. Spike sabía que no era por él. No tenía tanta importancia. Pero seguramente la matriarca temía las disensiones dentro del clan y quería controlar los hilos. Quizás Spike le había parecido más receptivo que Angelus, con quien era difícil establecer otra relación que no fuera la obediencia o el enfrentamiento. Ignorando sus caricias, Darla fue directa al tema que le interesaba. Muy en serio le advirtió: -Ten cuidado, Spike, o algún día Angelus te matará. Spike sostuvo impertérrito la mirada de Darla. - Algún día quizás le mate yo a él. Ella le midió en silencio. Luego movió la cabeza. - No creo. - Su melena dorada acarició el hombro desnudo de Spike que descansaba a su lado, al incorporarse un poco para mirarle a los ojos.- Podrías, si no le siguieras tanto el juego. – Spike no respondió. Darla continuó, prueba evidente de que no le iba a dejar escapar con evasivas. - Tú y yo somos los únicos un poco sensatos de este grupo de locos, pero tú no aprecias demasiado la cordura. - Como humano era serio, sensato y formal, y no me fue muy bien. - Pues deberías recuperar parte de esa sensatez pasada, poeta. - Yo no soy poeta. Nunca lo he sido. Mis versos eran demasiado malos. - Lo eres de corazón. En tu corazón siempre ha estado la poesía y una única mujer. Cuando Spike respondió, su sonrisa aparentemente irónica no consiguió ocultar una sombra de amargura. - Tampoco tengo corazón, Darla. O si lo tengo, es inservible. Darla suspiró casi dándole por imposible. - Eres un caso. Puede que no tengas corazón, pero a veces pareces un colegial tímido… - Eso no es cierto.- protestó el joven-. Tú lo has comprobado. En la cama, como en la lucha, nunca me quedo atrás. - Sí, pero… Siempre mujeres, sólo mujeres, siempre la misma mujer. Es lo que deseas, aunque tus deseos se tengan que plegar a los nuestros. ¡Eres demasiado raro! No encajas, Spike. - ¿Cómo que no encajo? Soy tan atrevido como Angelus. Mi nombre despierta tanto temor como el suyo. Quizás más. He derramado más sangre que él. - Por eso. Le sigues demasiado de cerca. Lo conviertes todo en una competición con él. Intentas siempre superarle, hacerte un puesto…, pero lo intentas tan desesperadamente, porque sientes que no puedes conseguirlo. Necesitas ser como papá. Y que papá sepa que eres como él. Pero tú eres diferente, Spike. Los dos lo sabemos. Te pones constantemente a prueba como si tuvieras que demostrar una y otra vez lo que realmente no eres. A Spike le hubiera gustado zanjar la conversación, pero no podía desairar a Darla y tampoco ella se conformaba con evasivas. De hecho, volvía a la carga. - ¿Por qué no te haces a la idea de lo que eres, Spike? Serías menos desdichado si lo aceptaras. Eres un animal, igual que nosotros. Sólo un hermoso, letal y magnífico animal. Rompe, mata, destruye. Puedes ser dueño de la vida y de la muerte. ¿Qué más quieres? Spike no lo sabía muy bien. - Quiero… lo que no puedo tener. - ¿Dru? Dru no es más que una chiquilla caprichosa e impredecible. No entiendo por qué te obsesiona tanto. ¿La deseas porque es de Angelus? ¿Se trata sólo de otra rivalidad masculina? Quizás en parte, pero se quedaba corto. - No, no es eso. Darla atisbó algo de los complejos impulsos que inundaban a Spike - No quieres a Drusilla. Quieres…. quererla. Que te pertenezca y pertenecerle tú a ella. ¡Demasiado inalcanzable, poeta!
De pronto la puerta se abrió
como ante un vendaval, cediendo paso a Angelus y a Dru que irrumpieron riendo.
Daba la sensación de que el vampiro moreno había olvidado ya la disputa anterior
y ahora parecía de buen humor. Cuando
salió a la calle, ráfagas de aire frío envolvieron
su cuerpo. Se había dejado su capa en la casa y ahora caminaba
un poco encogido entre la niebla de las calles solitarias y mojadas.
Golpeó con la puntera de su bota una piedrecilla que
salió rebotando sobre los adoquines. Prefería no pensar
en nada, pero ese era un vano propósito. Los pensamientos se le
arremolinaban como las hojas secas que el viento amontonaba en los
recodos. No podía quitarse de la mente las imágenes
lujuriosas que acababa de ver, y peor, aún, las que imaginaba
con todo lujo de detalles. Y sobre todo, le empapaba una
desazón, un rencor hondo que no respondía ya a causas
concretas, pero que llegaba a todos los rincones de su ser, como
aquella humedad invernal que se metía hasta los huesos.
Desde las sombras, Spike la contemplaba. Era muy
bonita. Menuda, grácil, de melena dorada y piel tersa y avellanada y movimientos
de gata. Apostaba que sus ojos serían verdes. Una muchacha que justo empezaba a
florecer, apenas una adolescente. Se acercó un poco más, sigilosamente, hasta
escasos metros de ella.
En Sunnydale Spike se cuidaba de mantener oculto su secreto, pero aprovechaba cada ausencia de sus compañeros para fortalecer su cuerpo. Cada noche, cuando estaba solo, ejercitaba sus piernas y siempre que podía se deslizaba en la oscuridad hasta la casa de la cazadora. Y allí dedicaba horas a observarla en la distancia.
No tardaría en amanecer. Aún era noche cerrada, pero en
un par de horas a lo sumo empezaría a clarear. Kitty se estiró de una manera que
a Spike le pareció exquisitamente espontánea y sensual. Ella le sonrió. Estaba
cansada y satisfecha. Maravillosamente exhausta. En toda la noche su amante, el
que ahora la miraba con su sempiterna sonrisa seductora, no le había dado
tregua. Habían hecho el amor de forma dulce, apasionada, violenta… de modos tan
diversos que Kitty nunca habría creído posibles. Y siempre con algo repetido: el
placer renovado, la sensación de sentirse plena en brazos de aquel desconocido,
conducida al punto exacto donde él quería llevarla. Habían hecho el amor, sí,
pero también habían hablado, se habían acariciado, habían reído… Le parecía
imposible que a ella, casi una pordiosera, un caballero la tratara con aquella
delicada cortesía, de aquel modo gentil y alegre que infundía confianza y
seguridad.
Minutos después, Spike, saciado, depositaba el cuerpo de Kitty sobre la hierba que les había servido de lecho. Cubrió su desnudez con el vestido que ya no volvería a usar y la abandonó para que su cadáver fuera encontrado por las gentes honradas con la luz del día ya inminente.
- Spike, debemos salir del edificio.
Spike se sumía en los laberintos de su mente, tan oscuros como
los callejones londinenses que recorría camino a casa. No era
habitual, generalmente conseguía ponerles freno, pero a veces le
asaltaba el recuerdo de su pasado humano.
Los recuerdos. Molestos. Incómodos. En Sunnydale se los
trae una niña llorando abrazada a un hombre que podría ser su padre.
Fue entonces cuando Spike tomó una decisión. Utilizaría
a la cazadora contra Angelus, sí, eso ya lo habia planeado, pero no sólo. Se
aliaría con ella contra él. Y si no le quedaba más remedio que ser su adalid, lo
sería. Recuperaría a Dru, le demostraría a Angelus que ni siquiera él podía
tener siempre el poder. No dejaría que destruyera su mundo. Si había que
hacerlo, lo haría. Lucharía por las cosas hermosas: el Manchester United,
Leicester Square,... Y lucharía también por las cosas que nunca tendría: por los
amaneceres inalcanzables, por las tardes doradas de verano y... por una mujer
que podía amar a un vampiro.
Epílogo
Cuando regresó a la casa tras su noche con Kitty,
diminutas gotas de rocío sobre el pelo y los hombros, Angelus era el único
despierto. Estaba solo y casi a oscuras en la planta baja. Al oír que Spike
abría la puerta, levantó la cabeza del libro que leía.
¹ Summer. |