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La crónica del Vigilante
En esta nueva etapa que se abre para el consejo de
Vigilantes, tras la trágica desaparición de la Institución que durante siglos ha
sido baluarte en la sombra ante las amenazas que acechan al género humano y,
sobre todo, tras la irremediable pérdida de su biblioteca, como superviviente
más veterano y experimentado de mis ilustres antecesores, casi todos
dramáticamente desaparecidos ya, se me ha sugerido la conveniencia de plasmar
por escrito mis experiencias como Vigilante, para la formación de los nuevos
hombres y mujeres que se habrán de enfrentar en lo sucesivo a las diversas
formas del Mal.
En efecto con la
experiencia aprendemos y si bien es cierto que en ocasiones realidad y los años
sólo nos endurecen sin volvernos más sabios, también es frecuente que cuando
somos jóvenes pecamos de ingenuos y sólo tiempo después comprendemos cuán ilusas
han sido nuestras fantasías.
Roma, 1892
La luna se reflejaba ya sobre las aguas del Tíber, pero ellos
sólo podían adivinarla desde las ruinas cubiertas de arbustos y maleza donde se
habían refugiado. Tenían a toda la guardia vaticana en su busca y, aunque de
momento no parecían correr peligro inminente, su situación distaba de ser fácil.
Por eso, Angelus y Spike, se ocultaban esperando que las horas más avanzadas de
la noche les permitieran salir de su efímero escondrijo para buscar otro más
seguro. El otoño estaba bien avanzado y aunque no hacía demasiado frío, una
tromba de agua caída poco antes les había empapado las ropas y ahora, ateridos y
acosados, dejaban pasar las horas mientras intentaban darse algo de calor uno
junto a otro. Corrían peligro y estaban sucios y hambrientos, pero Spike pensó
que pocas veces entre los dos se había instalado tal sensación de placidez. Uno
de esos momentos que se desearían arrancar de su efímero fluir para guardarlo
eterno e intocable, antes de su disolución inevitable como una pompa de jabón.
En el silencio de la perfumada noche romana, Spike, más pálido que de costumbre,
preguntó a su compañero.
- Angelus, ¿no
podríamos volver atrás?
-
¿Atrás?
- Al tiempo... cuando éramos
felices.
- ¿Cuando nos querían, no estábamos
solos ni éramos perseguidos?
- Sí. Cuando no éramos...
así, demonios.
- No. Eso no es posible, Spike. – El
silencio se estableció entre los dos.
Después de un
rato, la voz de Angelus volvió a romperlo.
- Mi padre
contaba una historia...
- Creía que odiabas a tu
padre.
- Era un buen hombre y quería que yo también lo
fuera, claro que lo odiaba. Pero odiado o no, a veces decía cosas con sentido.
Cuando éramos niños nos contaba la historia de los puercoespines: Tenían frío y
pensaron que si se juntaban se darían calor mutuamente. Así que fueron uniéndose
unos a otros buscando el calor que necesitaban. Pero... era imposible. Si se
aproximaban se herían. Cuanto más necesitaban el contacto, más daño se hacían.
Las púas se les clavaban y era tanto más doloroso cuanto más cercanos
estaban.
- Una triste historia. No la conocía. Sólo
había leído la de la rana y el alacrán.
- Alacranes,
puercoespines... tanto da. Somos nosotros. Está en nuestra esencia hacer daño. A
nuestros enemigos, pero también a nosotros mismos. No podemos evitarlo. Somos
animales dañinos, alimañas. Es natural que busquen
exterminarnos.
- Es triste- repitió Spike, al cabo de
un rato.
- Es así.
Angelus se
encogió de hombros, entre fatalista e indiferente. Spike se quedó pensativo. Al
cabo de un tiempo, preguntó con la insistencia de un niño en obtener la
respuesta que desea oír:
- ¿Tú crees que siempre tiene
que ser así? ¿No crees que, de verdad, no podríamos... no sé,...que fuera
diferente?
- ¿Puede un puercoespín no pinchar o un
escorpión dejar de ser venenoso?
- Supongo que no.
Pero si no es su culpa... no hay motivo para exterminarlos.
- Claro que lo hay, Spike, claro que lo hay. Tocar a un puercoespín
duele mucho. Un alacrán mata. Nosotros somos aún peores. La misión de los seres
justos es evitarlo.
Spike sonrió ligerísimamente y su
mano acarició con levedad de brisa el antebrazo de Angelus.
- Afortunadamente, yo no soy un ser justo. Así que no tendré que
atacar a los míos.
Angel sonrió
desencantado.
- Quizás no seas justo, pero sí muy joven.
Aprenderás que, como los puercoespines, tampoco nosotros nos damos cuartel.
Libros, códices, crónicas de los antiguos... son las armas en
que el Consejo de Vigilantes ha fiado siempre su fuerza, con la convicción de
que la experiencia debe ser valorada. Sin embargo, cuanto más viejo y
experimentado soy, más desconfío del engreimiento de la edad porque lo que
aprendemos con la experiencia a menudo no es sino decepción, sufrimiento y
rencor. El paso del tiempo muchas veces es sólo un doloroso requisito que de
ninguna manera hace las cosas más fáciles. Por el contrario, con el tiempo nos
vemos obligados a elegir y las elecciones suelen ser siempre
dolorosas.
Cómo habían cambiado las cosas. Apenas unas semanas atrás, él
era el dueño de Sunnydale, Drusilla ronroneaba en sus brazos y Angel soportaba
su tortura. Entonces había llegado la maldita cazadora y todo había cambiado en
apenas unos minutos. Afortunadamente Dru había recobrado sus fuerzas, las
suficientes para salvarlo de entre aquellas ruinas incendiadas. Aunque muy a
menudo pensaba que hubiera sido mil veces mejor acabar sepultado en aquella
iglesia en llamas. Se habría evitado el terrible dolor y, sobre todo, la
impotencia actual, recluido a una humillante silla de ruedas como un viejo
cachivache inútil
Y luego había llegado Angelus y
entonces el infierno se hizo pequeño. Entonces sí habría suplicado que el tiempo
volviera atrás y haber sido aniquilado en la iglesia en ruinas.
Deslizaba su silla de ruedas por la vieja fábrica que ahora era su
prisión, sabiéndose solo y deseando que su soledad durara aún muchas horas. Pero
no sería así. Hacía ya tiempo que Angelus y Dru habían salido de caza y tendrían
que regresar ya pronto.
En efecto, hacia la entrada oía
ya risas y cuchicheos.
Entró primero Drusilla que se
acercó a besarle en la mejilla. Spike no tuvo tiempo suficiente de hurtarle el
contacto
- Hola, Spike. – Tras el alegre beso
de saludo, se situó a su espalda, acariciando con sus largos brazos los de Spike
y haciendo además de empujar la silla - ¿Quieres que te ayude?
- No.
- Deja que…
- ¡Te he dicho que me dejes en paz, Drusilla! - Su tono airado y la
inhabitual forma de llamarla por su nombre completo provocó un puchero de Dru-
Lo siento.
- Eres muy orgulloso, Spike –intervino
Angelus, con aquel odioso y burlón paternalismo que Spike desearía borrarle a
golpes- Deberías aceptar la ayuda de Dru, ahora que no puedes... nada, en
realidad. Incluso si me lo pides, yo te ayudaré también. ¿Quieres pedirme algo
Spike?
- ¿Aparte de que te vayas al
infierno?
Ángelus chasqueó la lengua fingidamente
reprobador.
- El respeto nunca ha sido cosa tuya,
¿verdad, Spikey? ¿Debo recordarte que soy el sire? Y que todo lo tuyo me
pertenece por derecho. -Se le acercó para susurrarle al oído- Deberías
ofrecérmelo amablemente y sentirte honrado de que lo tomara.
- No eres mi sire.
- ¡Qué más da! Lo soy de
Dru. Pensé que vosotros lo compartíais todo, ¿no? – Rió calladamente y salió
triunfante y ofensivo mientras Spike apretaba los dientes hasta pensar que sus
mandíbulas rechinarían.
Drusilla mimosa y conciliadora,
inclinó su cabeza sobre él desde detrás y su cabellera oscura cayó en cascada
sobre el pecho del vampiro paralítico.
- Es tarde.
¿Vamos a la cama, Spike?
- ¿Por qué no vas con
él?
No necesitaba que Drusilla se le acercara para
notarlo. Olía a Ángelus a millas de distancia. Otra desagradable ironía de su
destino: tenía la médula espinal destrozada, pero el resto de sus sentidos de
vampiro seguían igual de aguzados que siempre. A veces pensaba que
más.
- Yo siempre duermo contigo, Spike- dijo
Drusilla, como sorprendida de que Spike no recordara algo tan
evidente.
- Sí, tú siempre duermes conmigo - musitó
su compañero con una sombra de amargura o quizás de resignación.- Vamos, si
quieres.
Dru empujó la silla hasta la habitación y la
acercó a la gran cama matrimonial.
Spike se quitó la
camisa y la camiseta. Se alzó sobre sus brazos para sentarse en el borde del
lecho.
- Espera, te ayudo.
- No.
Pese a la negativa, Dru estaba ya
quitándole las botas y desabotonándole la bragueta. Spike, abandonando la
resistencia, se dejó hacer. Se tumbó sobre la cama para que ella pudiera bajarle
los pantalones. Los dedos de Dru empezaron a juguetear sobre su
piel.
Spike se incorporó y la detuvo con un tono tan
firme como la mano que apresó la delgada muñeca femenina.
- No siento nada de cintura para abajo, Dru. –Un poco más suave,
añadió:- Déjalo, por favor.
Drusilla no replicó. Hasta
para ella, siempre en su mundo de fantasía, era evidente que Spike estaba
malhumorado y sería mejor no insistir. En silencio, se desnudó ella también y se
echó a su lado en la cama. Al poco se acurrucó contra el cuerpo de Spike,
apoyando su cabeza sobre el pecho de él y rodeando con los brazos su cintura. La
tortura de Spike aumentó. En el pelo de Dru, en sus labios tan próximos, en cada
centímetro de su piel, podía rastrear el olor de Ángelus, tan cercano y
persistente que parecía como si estuviera allí, entre los dos.
A veces se preguntaba cómo podía ser Drusilla tan inconsciente que no se
diera cuenta de cuánto le hacía sufrir. Pero estaba seguro de que no lo hacía a
propósito. Para ella era natural compartir a los hombres del clan. Bueno, ahora
no se trataba de compartir, sino de ser en exclusiva para Angelus. Y como él
había dicho, era su sire, tenía todos los derechos y toda la devoción de su
perturbada hija. A su manera, Drusilla seguro que intentaba contentar también a
Spike. Cerró los ojos y procuró poner freno a los pensamientos. Pero eran más
que pensamientos. Eran sensaciones. El cuerpo de Drusilla sobre el suyo y el
olor de Angelus impregnándolo. El rencor, la sensación de ahogo se hicieron casi
sólidos.
Intentando no ser brusco, apartó un poco a
Dru.
- Voy a dormir.
Se
giró dándole la espalda.
En aquellos momentos afrontábamos horas de zozobra.
Después de combatir decenas de monstruos y haber superado al Maestro, el
demoníaco engendro que regía las fuerzas del mal en La boca del Infierno,
creíamos quizás que tendríamos una pequeña tregua. Pero precisamente entonces
fuimos atacados por quien menos lo esperábamos. Ocurre en ocasiones. Los
antiguos aliados se convierten en enemigos mortales, la confianza pasada se
resquebraja sin remedio, los sueños de amor de una niña se disuelven en la más
terrible pesadilla. Angel, nuestro amigo, quien había luchado codo con codo con
nosotros para defendernos de sus congéneres, se convirtió por una maldición
inesperada, de la noche a la mañana en el más destructor y cruel de los
asesinos.
Conocimos a Angelus y aprendimos con
lágrimas de amargura que pocas criaturas del mal podían causar tanto sufrimiento
y destrucción como él.
Buffy se levanta en cuanto suena el despertador. No quiere
tener ni un segundo para quedarse en el cálido lecho que la acoge. Medio dormida
aún se dirige al baño. Se asea, peina su cabellera dorada procurando no mirar al
espejo que le devuelve siempre una imagen más triste de lo que desearía. Se
viste sin prestar demasiada atención, algo que meses atrás habría considerado un
crimen. Luego se maquilla un poco los ojos, se aplica color en los labios con
gestos mil veces repetidos, casi de autómata. Para entonces, respira hondo,
coge sus libros, esos que nunca ha abierto el día anterior, y se apresta al
primer reto del día: desayunar con su madre y fingir la irreflexiva
inconsciencia que se espera de una adolescente sin problemas, hilvanar una
conversación intrascendente, quizás hacer alguna broma sin demasiada
gracia…
Lo hace todos los días. Cada día sube al coche y
procura que los silencios no sean demasiado opresivos, intenta responder a las
preguntas triviales sin que se note demasiado que no estaba escuchando, escapa
después con un beso rápido en la mejilla y una despedida cortés: “Que pases un
buen día” “Tú también” “Un beso” “Hasta luego, mamá”
Entonces empieza el escenario de otra batalla igualmente dura, el
instituto. Los pasillos. La pugna de superficialidad en los corrillos donde
reina Harmony. Las interminables horas de aburrimiento en las aulas. La insípida
cháchara de los profesores. Esquivar a Snyder, si es posible. Tragarse las
lágrimas y no romper en sollozos cuando Willow la mira con esos ojos enormes que
le preguntan sin palabras y ante los que es incapaz de negar su
dolor.
Después, por la tarde, cada día, hay una pequeña
tregua. Va a entrenar a la biblioteca y puede golpear, gritar, esforzarse. Lleva
su cuerpo hasta el límite, hasta que le duele de verdad. Sí, quiere el
cansancio, el agotamiento que impide pensar, el dolor físico. Lo busca y lo
paladea, porque en aquellos momentos tiene la falsa sensación de que es sólo el
cuerpo lo que le duele.
No suele durar demasiado. Cada
día sus amigos la acompañan, Xander bromea, Willow se entrega a exhaustivas
jornadas de investigación, Cordelia desdramatiza, Giles, en respetuoso silencio
o con sus palabras tan comedidas, le hace sentir su apoyo… Y Buffy sabe que está
sola. Que en realidad, nadie puede apoyarla ni animarla ni ayudarla. Porque,
rodeada de tantas personas que sabe que la quieren sinceramente, Buffy sólo
piensa en el que falta.
Entonces, cuando cree que es
imposible que la opresión insoportable en su pecho no la asfixie, busca su
talismán. Sus dedos ascienden en busca de la cruz que cuelga de su cuello y el
contacto con la plata parece que calma un poco su quemazón. A veces la aprieta
en su mano con fuerza, hasta que las aristas de metal se le clavan en la palma y
le dejan su pequeña marca durante unos minutos. La cruz que Angel le dio para
que le sirviera de protección contra los vampiros, le sirve entonces para
recordar que un vampiro la amó. Aunque a veces se pregunta si aquello fue real o
si lo único real es que no queda en su vida nada que no sea lucha, muerte, dolor
y decepción. A veces piensa que tiene muy poco para enfrentarse a algo ante lo
que está tan desarmada. Sólo una crucecita de plata.
También tiene un anillo, pero ése le trae recuerdos demasiado crueles,
palabras de amistad que ahora parecen una burla obscena. Por eso, lo tiene
guardado en un cajón y procura no encontrárselo. Cree que no puede enfrentarse
aún a las promesas truncadas del anillo. Sólo muy de vez en cuando abre el cajón
y lo contempla. Muy rara vez, va más allá incluso y hace el esfuerzo de
ponérselo. Sólo unos minutos y siempre acaba quitándoselo entre lágrimas. Pero
sabe que algún día reunirá la fuerza suficiente para ponerlo de nuevo en su
dedo. Cuando esté lista.
La patrulla nocturna por el cementerio tampoco está del todo
mal.
A veces.
A veces la soledad
de los jardines melancólicos alancea su alma y su mente se desboca hacia sueños
de felicidad imposible. Pero a veces se encuentra con vampiros y entonces pelea.
Siente el aliento cercano de la muerte. A veces la golpean y le hacen sentir
algo, dolor, y, por instinto, sus pensamientos se concentran exclusivamente en
la lucha. Mata vampiros y procura no pensar que algún día, seguramente próximo,
tendrá que enfrentarse a un vampiro concreto, Angelus. Aquilata la precisión de
sus movimientos, aguza sus sentidos, aprende de sus errores, busca la perfección
en la letal maquinaria que es su cuerpo de cazadora y, mientras pone todo de sí
para mejorar sus habilidades -su fuerza, su agilidad, su inteligencia-, procura
no pensar en el miedo que la atenaza y cuya causa se niega a examinar porque
no quiere saber qué es en realidad lo que más teme, si la posibilidad de que
Angelus la mate o el horror de tener que matar a Angel.
Cuando vuelve a su habitación juvenil y se desnuda en silencio y se mete
en su cama, tan vacía, cierra los ojos y suplica que el sueño la venza pronto.
Cada día se promete a sí misma que dejará de pensar en él y se duerme, rendida
al fin, imaginando que el olvido sólo es cuestión de tiempo.
Cada día es una batalla perdida contra la tristeza que anida en su
corazón. Y cada día cuesta tanto como el anterior
Durante generaciones los vigilantes han sido mentores,
protectores y guías de las cazadoras. Durante años yo entrené y orienté las
actuaciones de Buffy Summers, le di órdenes y juzgué lo que era conveniente
hacer en cada ocasión. Fuimos la razón y la mente tras su mano ejecutora. Sin
embargo, desde la perspectiva del tiempo y los acontecimientos pasados, ahora, a
esta altura de mi vida, creo que no somos los únicos en posesión de la verdad.
Quizás porque la verdad pocas veces tiene una sola cara y menos aún es sólo la
cara de la razón. Y, ante todo, empiezo a vislumbrar que, frente a la mente y la
lógica del razonamiento, existen las razones del corazón, siempre imponderables
y esquivas, pero muchas veces decisorias.
Y en otros casos, en un
impredecible efecto mariposa, lejanos acontecimientos que afectan vidas ajenas
acaban teniendo un insospechado protagonismo. Es lo que ocurrió en Sunnydale en
1999.
- Pobre Spike, tan solo siempre. Estarás aburrido. – El brazo
de Angelus pasó por los hombros de Drusilla como inadvertidamente. Las yemas de
sus dedos acariciaban imperceptible pero sensualmente la blanca piel, descendían
al arranque de sus senos, su cabeza se inclinaba hacia el cuerpo de la muchacha
y entornando los ojos, aspiró el perfume de su cuerpo, el mismo olor que, sin
duda, llegaba hasta Spike. Clavó entonces su mirada de predador en los ojos de
Spike.- ¿Por qué no vienes con nosotros y te diviertes… mirando? Si quieres, -
distendió levemente la curva de sus labios, al tiempo que avanzaba unos pasos
hacia él- te ayudo a ir al dormitorio.
- Te aconsejo que no me toques,
Angelus
Spike convirtió su rostro y la amenaza provocó la risa odiosa de
Ángelus.
- ¿Crees que me vas a vencer?
- No. Sé que me vencerás tú.
– Spike pensó que, clavado a su silla de ruedas, debía de ser ciertamente
risible, pero no se amilanó. Mantuvo con arrogancia el reto porque había
aprendido mucho tiempo atrás, después de encajar bastantes palizas, que a veces
el resultado de una pelea dependía más de la actitud que de los puños. Su
seriedad, que quizás podría confundirse con una digna autoridad, estremecería a
cualquiera que no fuera Angelus. Sabía que no iba a intimidarlo, pero eso no
impidió que Spike lanzara su amenaza con un aplomo y una frialdad que
convencerían a cualquiera de su verdad.- Me vencerás, Pero si me tocas,
Ángelus, tarde o temprano, te mataré. De eso puedes estar seguro.
Angelus Le
examinó despacio con su media sonrisa desdeñosa, calibrando el valor de la
mirada que Spike no desvió. Se dio la vuelta y se alejó unos pasos. Cruzó los
brazos sobre el pecho y se mantuvo unos instantes a la expectativa
No hacía
falta que nadie le advirtiera de que las treguas de Angelus eran tan peligrosas
como el combate abierto. Sabía de sobra que era temible siempre. Y más ahora,
cuando parecía calmado, pero en realidad calculaba cómo podría destrozar más
cruelmente a su oponente. Spike notaba que en momentos como éste paladeaba las
formas de hacer daño, seleccionando con delectación la que podría proporcionarle
más placer. Era un sádico muy peligroso. Como si los años de reclusión sojuzgado
por aquella mala broma del alma, lo hubieran enloquecido y convertido en un
monstruo aún más retorcido de lo que era antes. El Angelus que Spike conoció en
el pasado era un ser salvaje y despiadado, pero el de ahora era un psicópata que
disfrutaba especialmente zahiriéndole. Especialmente a él, pero también a otros,
como la cazadora. Spike sabía que a ella también la quería destrozar.
Despertaba una atracción enfermiza en Angelus. Siempre había
sido así. Lo sabía porque Angelus no desaprovechaba oportunidad de hacerle daño,
como hacía con todo lo que le gustaba o le atraía, cuanto deseaba o envidiaba; a
saber por qué, pero era así. Angelus era como el niño que sólo se divierte
destrozando sus juguetes más preciados. Y él, estúpido, dependía tanto de
Angelus. “¿No te alegras de que papá haya vuelto?” le había preguntado. Y Spike
había reído y había asegurado que sí. Igual que la Noche de San Vigidio cuando
se encontró con él por primera vez en Sunnydale después de tanto tiempo y se
fundieron en un abrazo.
Sólo después comprendió que Angel no era quién él
había conocido. El vampiro temible que tanto había admirado en los gloriosos
días de la vieja Europa había dejado paso a un patético ser con alma, convertido
en el perrito faldero de la cazadora. Y cuando consiguió asimilar eso, cuando ya
estaba preparado para despreciar a Angel, cuando incluso lo había apresado,
torturado y había estado a punto de matarlo... de la noche a la mañana todo
cambió. Apareció Angelus y Spike aprendió que nada era suficiente para calmar su
sed de humillación y dominio. Se convirtió en su juguete favorito, el que
Angelus se dedicaba a destrozar con delectación, pero él, estúpido, seguía
sintiendo que su única razón de existir era complacer al sire. ¡Y lo odiaba
tanto por eso! Tanto como se despreciaba a sí mismo. Quizás los juguetes, como
las mascotas, tenían esa dependencia ciega que otros llaman fidelidad o amor. Él
lo llamaba estupidez.
A veces odiaba a Angelus hasta la extenuación y se
preguntaba si la cazadora lo odiaría tanto. A veces, sin embargo...
Cesó
el breve momento de pausa en que los pensamientos de Spike se habían disparado.
Despacio, Angelus volvía a acercársele, como la fiera que sale de su acecho para
lanzar el ataque. Con una sorna que era más hiriente que el desprecio y los
insultos, protestó:
- Pero Spike… siempre has sido para mí un
hijo.
- Un hijo maltratado - murmuró Spike.
- No hace falta que seas
tan arisco. Tú siempre estarás en mi corazón.
Angelus avanzó su mano en lo
que iba a ser una caricia, pero Spike interpuso la suya contra la palma
extendida del otro vampiro para impedir que lo tocara.
Y entonces, Angelus
hizo algo sorprendente: tras un segundo de pausa, acentuó lentamente su sonrisa
de serpiente y entrelazó sus dedos con los de Spike. Luego, llevó las dos manos
unidas hasta posarlas sobre su pecho.
- Dos manos entrelazadas sobre el mismo
corazón. Un símbolo de amistad y amor.
- Sólo que tu corazón está muerto-
repuso Spike cuando logró zafarse del sortilegio del instante que Angelus había
conseguido crear.
- Igual que el tuyo -sonrió calmadamente.
- Sí –convino
Spike. Después, sosteniéndole la mirada sarcástica, retomó, muy serio, la lejana
alusión que Angelus traía a su mente.- Amor y amistad. Como en aquel anillo
irlandés tuyo.
La satisfacción hizo brillar de nuevo los ojos de
Angel.
- Veo que recuerdas bien los detalles del pasado, Spikey.- Acentuó
lentamente la curva de sus labios y su sonrisa asesina se hizo aún más burlona y
ofensiva, al mismo tiempo que Spike sentía que algo se derrumbaba en su
interior. - Me conmueves.
- No te emociones. Los símbolos no significan
demasiado –rebatió Spike- También un beso es la marca de Judas, recuérdalo.
La sonrisa de Angel se hizo ahora una risa abierta.
- ¿Serás tú mi Judas,
Spike? –preguntó, entre desafiante y divertido.
Tardó un poco en
responder.
- No creo que tú seas precisamente mi Jesucristo –dijo finalmente
Spike sin pestañear.
Según la leyenda que se hunde en la noche de los tiempos, un
conocimiento no reflejado ni siquiera en los códices más antiguos, la Primera
Cazadora fue elegida por los ancianos de la tribu para enfrentarla a los
demonios y para esa misión le otorgaron todo su poder. La hicieron depositaria
de fuerzas superiores, pero eligieron precisamente a una muchacha, creyendo que
su “inferioridad” la mantendría sumisa, como instrumento dócil del patriarcado
que ellos representaban. Un error sin duda. Consideradas seres
inferiores y utilizables, reemplazables, el tiempo ha
demostrado sin embargo que ellas eran más valiosas e imprescindibles que
nosotros.
He aprendido lo fuertes que son. Su
valor está más allá de ponderación. No son sólo físicamente imbatibles, sino
sobre todo, tienen fortaleza moral. Enfrentadas a durísimas situaciones, las
cazadoras tienen algo especial que las hace sobreponerse a cualquier adversidad.
Buffy Summers tuvo que enfrentarse a situaciones en las que cualquiera se habría
derrumbado, pero ella resistió.
Y así ella me
enseñó que más allá de la técnica,
la lógica, la estrategia y la razón está el
corazón. En nuestro terreno, donde a menudo se dirime la vida y
la muerte, que la raza humana perdure o que sucumba ante los monstruos,
es a menudo el corazón el catalizador esencial, la ingrediente
definitivo que inclina a un lado u otro la balanza. No podemos, por
tanto, permitirnos el lujo de considerarlo un dato despreciable.
Ésa es una lección que aprendí de mi cazadora y
olvidarlo me llevó a cometer quizás el error más
grave de mi existencia que no sé si aún me he hecho
perdonar.
Pero creo también que ahora
estamos cometiendo otro error. Consideramos a los vampiros, demonios alejados de
todo lo humano. Los combatimos pensando únicamente en nuestra supervivencia y
los creemos malvados inferiores y despreciables, algo semejante a lo que hizo
surgir al Consejo de Vigilantes para manejar a las cazadoras como carne de cañón
en nuestra lucha. No estoy seguro de que eso sea exactamente
así.
Como en los terribles acontecimientos que tuvieron lugar
en Sunnydale en 1998, durante mi segundo año como Vigilante. Entonces yo sufrí
unas circunstancias personales especialmente dolorosas que prefiero no comentar
en estas líneas. Cuando estábamos a punto de sucumbir, nos llegaron refuerzos
del lugar más impensable.
Spike estuvo por afirmar que casi merecería la pena la audaz
jugada que intentaba fuera cual fuera el resultado, sólo por ver la cara atónita
de la cazadora cuando comprendió que era él quien la acababa de salvar del
policía que intentaba detenerla.
Había sido una decisión arriesgada y
probablemente absurda, pero tampoco tenía muchas opciones ya. Igual que la
cazadora. A ella tampoco le rodaban bien las cosas. Angelus disponía de todo un
grupo de disciplinados vampiros, su refinada mente para el mal había diezmado a
sus amigos, acababa de secuestrar a su Vigilante y para colmo la policía de
Sunnydale iba tras ella como sospechosa de asesinato.
La mayor parte de
estas cosas Spike las sabía precisamente por su posición junto a Angelus. Algo
que, por otro lado, era la raíz de todos sus males. No aguantaba más encerrado
en la mansión, se asfixiaba allí soportando las burlas, el desprecio, la
humillación constante. Viéndole apropiarse de la voluntad de Dru, gozarla –Spike
tenía la sensación que más que por ella por la tortura que era para él-,
desbocando su mente en imágenes perturbadoras y en locos pensamientos de
venganza inalcanzable.
Inalcanzable... al principio. Luego aquellas ideas
absurdas con que intentaba en vano calmar su despecho, poco a poco fueron
tomando forma. Un buen día -ah, sí, un día muy bueno- descubrió que lo que todos
habían creído una parálisis irreversible no iba a ser en realidad tan
definitivo. Aprovechó los largos ratos de soledad para ir recuperando movilidad
y, comprendiendo que además de fuerza necesitaría astucia para superar su
desventaja, lo mantuvo en secreto. Como una araña, empezó a tejer su red en la
sombra. Sigiloso. Paciente. Con disimulo. Fingiendo que todo seguía igual, pero
repasando una y mil veces los detalles, buscando los puntos débiles de su
enemigo, planeando dónde, cuándo y cómo atacarlo.
Comprendió pronto que solo
no conseguiría nada. Angelus tenía todo el poder y la fuerza mientras él sólo
contaba con las armas de la inteligencia y el ataque sorpresa. Necesitaba algo
con lo que poder enfrentarse a Angelus con alguna posibilidad de éxito y eso le
llevó de inmediato en pensar en aliarse con su enemigo natural: la
cazadora.
No sólo era la fuerza más poderosa para oponer a un vampiro, sino
que Spike sabía que ella también tenía muchas cuentas pendientes con Angelus.
Sabía que poco tiempo atrás se habían amado, pero que ahora Angelus le había
hecho tanto daño como a él, seguramente más. Angelus se había divertido con ella
de la retorcida manera en que era maestro, haciendo gala de su crueldad
exquisita, hiriéndola en los puntos más sensibles que siempre eran los afectos.
Spike conocía muy bien aquel juego maligno porque él también lo había sufrido.
Sabía que acabaría destrozándola, pero antes de matarla disfrutaba haciéndole el
máximo daño posible. Spike pensaba a veces que Angelus no soportaba el amor del
pasado. Se sentía profanado por los sentimientos elevados y sólo buscaba
destruirlos.
Así que, fríamente considerado, aquello tenía bastante lógica.
Ayudarse mutuamente era lo mejor que podían hacer ambos. Quizás lo único. De eso
al menos intentaba convencerse Spike mientras andaba al lado de Buffy
escoltándola hacia su casa y los dos se miraban recelosos, preguntándose cada
uno que diablos hacía al lado del otro y si no sería más práctico aprovechar el
momento para quitarse de en medio un enemigo que más tarde podía dar
problemas.
Buffy se detuvo de pronto y se plantó frente a él.
-
Explícame otra vez por qué voy a llevarte a mi casa.
Spike se detuvo también
y la miró con descaro. Pese a la insolencia que intentaba mostrar, a sí mismo no
podía negarse la atracción que despertaba la cazadora en él. Era muy bonita,
menuda, aparentemente frágil, pero con una fuerza interior que trascendía de las
magulladuras, el cansancio y la infinita tristeza de su rostro aún casi
infantil. Con desdeñosa frialdad repitió lo que ya le había dicho
anteriormente:
- Porque soy el único que va a ayudarte a acabar con
Angelus antes de que destruya tu mundo.
- Quizás no te necesite-
dijo Buffy procurando sonar displicente. Pero estaba demasiado agotada hasta
para mentir. Spike le dedicó una risa sin sonido, casi como una
mueca.
- Claro, pet. No
me necesitas. ¡Necesitarías una legión de
ángeles celestiales para sacarte de este embrollo! Pero no los
tienes. Todo lo que tienes soy yo. Sólo un demonio. Lo siento,
nena, no te han tocado muy buenas cartas, pero me parece que no hay
libro de reclamaciones para esto.
Reanudaron la marcha.
En las calles solitarias y oscuras, sólo se
oía el silencio de sus pasos. Al cabo de un tiempo, Spike volvió a
hablar.
- Así que tú eres la mujer que Angel ama.
-
Angel... no existe ya.
Spike ni se molestó en responder. En lugar de eso,
hizo otra pregunta:
- ¿Y tú le amas a él?
Buffy le dedicó apenas
una mirada llena de dolor, pero se negó a responder. Quizás no era necesario,
porque la supuesta pregunta de Spike parecía más bien la constatación
sorprendida de un hecho inconcebible.
Eran dos seres de galaxias distintas
investigándose con la curiosidad de quien se enfrenta al portento.
Volvieron
a mirarse con desconfianza mientras seguían andando juntos.
Creo que contemplamos a los vampiros como nuestro reverso más
despreciable. Pensamos que humanos y vampiros son seres tan opuestos, como la
vida y la muerte o la luz y la oscuridad. Su aspecto es tan semejante al
nuestro que los vemos como si miráramos a un espejo, pero ellos estuvieran al
otro lado de nuestro reflejo: nuestros opuestos. Al otro lado de la capa de
azogue que establece la frontera infranqueable entre nuestra superioridad y su
degradación. Pero no deberíamos olvidar que los reflejos son siempre copia de
una misma realidad. A menudo los humanos tenemos comportamientos monstruosos y
en ocasiones entre los monstruos, hay alguno de ellos con impulsos muy
semejantes a los humano.
Los vampiros no tienen alma
y su corazón es sólo el resto de un órgano necrosado, pero sí tienen
sentimientos, pasiones aún más violentas que las nuestras y eso siempre tiene un
efecto impredecible. De hecho, un comportamiento, ilógico, de un vampiro presa
de las emociones más instintivas, paradójicamente, fue el factor con que no
habíamos contado, y el empuje que nos otorgó la victoria.
Llegué a
conocer después lo suficientemente bien a Spike para saber que si obró de
determinada manera, él también lo hizo movido por algo impulsivo y poderoso.
Algo que en un humano, yo denominaría, efecto de su corazón. Una pasión, del
tipo que fuera, probablemente oscura y malvada, como era él, pero desde luego no
fría. Un impulso de odio visceral o quizás (de verdad, conociendo a Spike no
sería tan descabellado como parece) de amor inconsciente y brutal. Venganza,
rencor, anhelo de algo, rivalidad, celos… Por supuesto no lo sé. Mi cazadora me
dijo después que, al parecer, fue el Manchester United lo que le impulsaba.
Los vampiros no tienen alma y su corazón es
sólo el resto de un órgano necrosado, pero sí tienen sentimientos, pasiones aún
más violentas que las nuestras y eso siempre tiene un efecto impredecible. De
hecho, un comportamiento, ilógico, de un vampiro presa de las emociones más
instintivas, paradójicamente, fue el factor con que no habíamos contado, y el
empuje que nos otorgó la victoria.
Llegué a conocer después lo
suficientemente bien a Spike para saber que si obró de determinada manera, él
también lo hizo movido por algo impulsivo y poderoso. Algo que en un humano, yo
denominaría, efecto de su corazón. Una pasión, del tipo que fuera, probablemente
oscura y malvada, como era él, pero desde luego no fría. Un impulso de odio
visceral o quizás (de verdad, conociendo a Spike no sería tan descabellado como
parece) de amor inconsciente y brutal. Venganza, rencor, anhelo de algo,
rivalidad, celos… Por supuesto no lo sé. Mi cazadora me dijo después que, al
parecer, fue el Manchester United lo que le impulsaba.
Buffy subió a su habitación para revisar su arsenal.
Se
había llevado consigo a Spike porque ya le parecía excesivo el tiempo que su
madre se había visto obligada a ejercer de atónita anfitriona con aquel... ser.
Al menos, ella estaba más acostumbrada a tratar con vampiros, aunque lo habitual
era estacarlos, en lugar de hacerse acompañar por ellos al dormitorio. Aunque
tampoco era la primera vez... pero mejor dejaba de pensar en eso.
Spike se
mantenía educadamente de pie junto a una pared, por una vez en silencio.
Entonces Buffy fue a buscar una chaqueta al armario junto al que esperaba e
vampiro. Notó que él aprovechó la proximidad para acercarse aún más. Buffy
primero se sintió subyugada por el disimulado y extraño examen, luego asqueada
como si la acechara un animal.
- Pero... qué haces. ¿Me estás
oliendo?
- Sólo quiero saber si tienes miedo.
Buffy lo separó de
su lado con un empujón.
- Soy la cazadora, imbécil. Claro que no
tengo miedo de un vampiro.
- No de mí.
- ¡Ni de ti ni de
Angelus!
- No, no tienes miedo –ratificó Spike, ya convencido tras
su comprobación- Es algo peor. Aún le amas. – Buffy no se sintió con fuerzas
para romper el silencio que se estableció. Por primera vez el cínico Spike tenía
también un oscuro respeto, casi dolor. Su voz, sombría, murmuró. –Has debido de
amarlo mucho.
Las palabras de Spike rodaron en el silencio de la habitación
desnudando su verdad, por una vez si un átomo de burla. Oírselo decir a aquel
que era su enemigo, pero que, como un animal, instintivamente captaba lo más
íntimo de su ser, la dejó desarbolada. La barbilla de Buffy tembló
imperceptiblemente. Dios, no podía echarse a llorar delante de aquel asesino,
pero ciertamente no sabía cómo iba a poder controlar su emoción, aquella oleada
de amargura que ponía fuego bajo sus párpados. Entonces Spike, que sin duda lo
había notado, en un gesto de delicadeza británica que a Buffy le recordó
inevitablemente a Giles, se volvió de espaldas. Fingiendo indiferencia fue
hacia la puerta.
- Te esperaré fuera, si te parece.
- No
es necesario- le detuvo la cazadora sin saber muy bien por qué. Probablemente
porque no quería admitir ante él la menor debilidad. Respiró hondo y consiguió
controlar su emoción.- Estoy acabando ya. Bajaremos juntos. Espera un
poco.
Pretendió frialdad y se concentró en organizar sus armas y meter
algunas en su bolsa de cazadora. Al poco, sin embargo, esquivándole la mirada,
se encontró haciendo una confesión sin duda improcedente.
- Sólo quiero
que las cosas sean como antes –musitó Buffy, casi para sí, con un tono de niña
pequeña
- ¡Como
antes!–repitió Spike desencantado.- Nunca vuelven a ser lo
mismo, princesa.
No se puede volver el tiempo atrás. Un
amor roto no se puede recomponer. Una muerte. Una vida que inicia otro rumbo, un
alma perdida, un vórtice que se abre y reclama su tributo de sangre. Caminos que
deben ser recorridos sin vuelta atrás. Eso es igual para humanos y demonios. Y a
veces la dirección del cambio depende de la más impensable
criatura.
Un vampiro nos ayudó a derrotar a otro vampiro. Su
intervención, que nunca habríamos creído posible, nos permitió eludir el
Apocalipsis y de las filas del mal surgió la clave para superarlo. Fue eso lo
que nos permitió vencer. Buffy Summers tardó en recuperarse, pero su sacrificio
no fue en vano. Salvó al mundo. Perdió al hombre que amaba. Quizás nunca nada
volvió a ser igual.
Fin del informe.
Londres, mayo de 2006
Rupert Giles.
Cargando su voluminosa bolsa de armas, Buffy alargó la mano
hacia el picaporte para salir de la habitación. Algo llamó poderosamente la
atención de Spike.
- Tu anillo.
Buffy se detuvo sorprendida. Era
el anillo claddagh que Angel le había regalado en su cumpleaños. No sólo era
asombroso que Spike reparara en él, sino sobre todo la extraña expresión con que
lo miraba. También el vampiro parecía consciente de que su tono y su gesto era
inhabitual y añadió recobrando su aparente indiferencia de costumbre.- Es un
anillo muy curioso. ¿Me dejas que lo vea?
Pese a la educada petición, se
transparentaba una anómala ansiedad en la voz del vampiro que llenó de
reticencias a la muchacha.
- Es mío.
- Sí, es tuyo-
admitió. Spike parecía tan cohibido que Buffy cada vez estaba más sorprendida.-
Pero me gustaría volver a verlo más de cerca.
Buffy se lo quitó del anular y
lo tendió despacio a Spike. Él lo cogió casi con reverencia. Buffy no le quitaba
ojo de encima.
A ella le dolía cada vez que lo veía en su dedo. Había
tardado en volver a ponérselo y aún ahora, cada mañana consideraba la necesidad
de quitárselo y guardarlo otra vez en su cajón para que no volviera a traerle el
recuerdo de Angel... ni el de Angelus. Había incluso pensado en tirarlo, porque
era el recordatorio constante de su dolorosa historia de amor y de que el ser
que ella había querido con toda el alma había sido engullido por aquel monstruo
de maldad que debía combatir. Pero finalmente había conseguido ponérselo con
regularidad y ahora sentía que el humilde aro de metal en su dedo la confortaba.
A veces, en la noche, sola en su cama, lo acariciaba recordando el amor que
había perdido y las lágrimas resbalaban inevitablemente por sus mejillas. Se
aferraba a la joya como a lo único que le devolvía la certeza de que el hombre
maravilloso que había amado había existido de verdad. Para ella era como un
sortilegio que le traía recuerdos felices y le daba fuerzas cuando estaba a
punto de derrumbarse.
Dos manos enlazando un corazón coronado, un emblema un
poco infantil, quizás, pero que para ella era muy importante. Recordaba
perfectamente lo que le había dicho Angel cuando se lo había entregado en prenda
de su amistad, explicándole su significado: “El corazón simboliza amor; las
manos, amistad y la corona, fidelidad”. Para ella la pequeña joya tenía un valor
incalculable, no por su valor material, sino por su significado, algo que Spike
nunca podría encontrarle por mucho que lo analizara…
Aunque viendo el efecto
que producía en el vampiro, empezó a sospechar que había algo más en el regalo
de Angel. No serían motivos tan... personales, pero era evidente que también
ejercía una extraña influencia en aquel maldito vampiro depravado y loco que se
le había metido en casa.
....Y con todo… lo miraba con una atención y una
tristeza que, fuera lo que fuera que cruzara por la mente del vampiro, a Buffy
se le hizo familiar.
-Ahora es más pequeño –observó Spike.- Habrá tenido
que llevarlo a una joyería para que lo reduzcan antes de regalártelo.
-
¿Cómo sabes que Angel me lo regaló? ¿Lo conocías?
- Sí.- tras el
monosílabo, Spike no añadió nada. En silencio, devolvió el anillo a su
propietaria.
Buffy lo miró sobre su palma, antes de volver a ponérselo. En
voz muy baja, empezó a explicar la triste letanía que tan bien
conocía.
- Las manos simbolizan amistad...
Spike rió con sarcasmo
irreverente.
- Y el corazón, amor. Sí, el irlandés siempre tuvo un extraño
concepto de la amistad y del amor. ¿Y qué era lo otro? Ah, sí, la corona.
Fidelidad ¿no? – Spike rió- ¡Nadie nos va a convencer a los ingleses de que la
corona es otra cosa distinta que poder!
Molesta por la burla, Buffy afirmó
con una dignidad que truncó la risa del vampiro.
- Para mí este anillo
tiene mucho significado.- Se encaró con él.- Y tú te has quedado mirándolo con
mucha atención. Como si fuera muy importante. ¿Lo es?
- Sí –afirmó Spike
con sencillez.
Buffy impuso su sentido práctico a las consideraciones
sentimentales
- ¿Podemos utilizarlo contra Angelus?
Spike movió la
cabeza.
-No, eso no.
- ¿Entonces? – Buffy parecía casi decepcionada-
¿No esconde alguna fuerza superior? ¿Es un amuleto o un objeto místico? ¿No
tiene un poder secreto?
- Sólo el de los sentimiento que haya depositados
en él –Con una sombra quizás de ironía, el vampiro añadió.- Eso suele ser
bastante poderoso.
Buffy le miró con renovado interés. Spike era un enigma
que no conseguía entender. Como querer resolver un rompecabezas del que le
faltaran la mitad de las piezas o como un texto cifrado de esos que Giles
intentaba traducir sin saber a veces ni en qué lengua estaba escrito. Recordó
haber oído decir al Vigilante que el humano que fue en vida William the Bloody
había sido poeta. A ella nunca le había gustado la literatura y tenía la
sensación de que, quizás por eso, le parecía que le hablaba en clave. Como
cuando le obligaban a leer un soneto de Shakespeare. No entendía nada de lo que
decía. O mejor dicho, entendía sus palabras, pero le quedaba la sensación de que
lo que se le escapaba era más interesante que lo que ella podía
aprehender.
En cualquier caso Spike recuperaba ahora su habitual sarcasmo
hiriente, y ese registro Buffy lo comprendía mucho mejor.
- Parece que tú
depositaste en él muchas ilusiones, ¿eh, rubia? Exceso de amor mal
correspondido.- Chasqueó la lengua.- Eso nunca suele salir bien.
Buffy se
plantó frente a él.
- ¿Lo sabes por experiencia? – le interpeló.
La
sonrisa de Spike se hizo más abierta y un tanto cruel.
- Eh, nena, yo soy
un vampiro desalmado, ¿recuerdas? No me vengas con tonterías de novela rosa. Esta historia no es un cuento de
hadas.
La estilográfica dejó de rasguear el papel y se detuvo en el
aire. También Giles se quedó inmóvil como si ahora que había culminado su tarea,
necesitara decidir si el esfuerzo había merecido la pena.
Depositó la pluma
sobre la mesa.
Pero en realidad no era eso. No era el esfuerzo lo que
valoraba, sino si todo lo que había escrito tenía algo de
verdad.
Sacrificios. Salvar al mundo. Heroísmo. Pérdidas. Valor y
arrojo.
Sí había algo de verdad, pero poco.
Faltaba lo importante.
Lo
importante era la traición. Lo que no había dicho a los jóvenes aprendices de
Vigilantes, era lo que le habían imbuido a él en la decrépita institución que
ahora dirigía: que salvar al mundo requiere a veces más que sacrificios, valor o
heroísmo. A veces requiere mancharse las manos, preparar celadas, asfixiar a
humanos o traicionar el amor y la confianza de una muchacha que es más que una
hija. Engañar, atacar por la espalda, conducir a una trampa al compañero que ha
compartido peligros y ha derramado su sangre, porque quizás se ha convertido en
un riesgo difícil de asumir. La misión está por encima de todo y a ella se
subordina cualquier cosa, desde la vida hasta la moralidad.
Apenas unos años
atrás, él, Rupert Giles, el más veterano de los Vigilantes y actual presidente
del Consejo había engañado a su cazadora y vendido a Spike, el héroe de
Sunnydale. Había traicionado de una tacada a Buffy, que era como su hija, y a
Spike, que se había ganado el título de amigo.
La traición es difícil de
digerir. Aún más difícil es adoctrinar con medias verdades a jóvenes dispuestos
a mirar como modelo al traidor.
Antes de reunirse con su madre en la planta baja, Buffy se
detuvo a mitad de las escaleras para advertir a Spike muy en
serio:
- Si me fallas, te mataré.
- Si te fallo, te lo
aseguro, preciosa, no estarás en condición de matar a nadie.- Con
despreocupación, añadió:- Tranquila, cazadora, el trato me conviene tanto como a
ti.
- ¿Por
qué quieres matar a Angelus? Y no vuelvas a soltarme el rollo
del Manchester United.
- ¿No ha colado? – Se encogió de
hombros.- En cualquier caso, no es asunto tuyo. ¿Por qué lo haces
tú?
- Angelus no es ya… No hay nada que me una a él.
-
Es una buena razón. Creo que la tomo también como mía.
- Angelus es
un peligro para todos, por eso debemos acabar con él – dijo Buffy con su voz más
sombría, rompiéndose por dentro al pronunciar en alto aquella verdad que tanto
le había costado asumir. El vampiro se la quedó mirando de una forma extraña. -
¿Qué? ¿Por qué me miras así?
Su risa insultante no dejaba, sin embargo, de
tener una acerada sinceridad.
- ¿Deber? Creí que vosotros, los
chicos buenos, sabíais más de estas cosas, el bien, el mal, el deber, la moral,
ya sabes.
- ¿Qué quieres decir?
Spike era una extraña criatura
cuyos recovecos Buffy difícilmente podía seguir, pero su absoluta seriedad ahora
estaba por completo fuera de dudas.
- Por muy malo que sea el
traicionado, el traidor siempre es más repulsivo -sentenció.
-
¿Traición? – La palabra puso un escalofrío en el alma de Buffy.
-
¿Tú lo llamas de otra manera? Tú has sido su amante y yo... él cree que soy su
amigo. Pero ahora nosotros nos hemos aliado para acabar con él. En eso habíamos
quedado ¿no? Ese “deber” que invocas no sale muy favorecido tras una jugarreta
así. Creo que traición es una palabra bastante ajustada, ¿no te
parece?
Buffy no respondió. No podía. Spike conseguía dibujar las
cosas de una forma tan cruda que hacía que parecieran distintas a como ella se
las había imaginado. En realidad, conseguía que parecieran tal como eran y esa
verdad era muy dura de digerir.
El vampiro continuaba:
- En esta historia, nosotros somos los malos. Asúmelo, bonita. -Su voz se
hizo apenas audible, cuando musitó quizás para sí, mientras, ya de espaldas,
bajaba los escalones.- Yo al menos lo tengo claro.
Odiaba a Angelus con todo su ser, pero no siempre había
sido así. En el pasado había sido su padre, su modelo y el recuerdo de todo lo
compartido hacía que la idea de traicionarlo doliera aún más. Sabía que llegaría
hasta el final y que no le temblaría el pulso, pero la culpa lo corroía ahora
igual que anteriormente se había sentido abrasado por la rabia y la frustración.
Igual que en un tiempo más lejano aún había soñado ingenuamente con que
Angelus y él eran iguales y jamás se harían daño.
Giles cogió la primera de las cuartillas que había
escrito. La contempló un momento aunque ya tenía tomada su decisión y después,
sin pensarlo más, la rasgó en cuatro. Una por una fue haciendo lo mismo con el
resto y tirándolas a la papelera.
Entre los restos de una casucha derruida junto al Tíber, Spike y
Angelus esperaban escondidos el momento más propicio para escabullirse de la
guardia. Había sido una larga jornada que empezó muchas horas antes, durante la
noche anterior, poco antes del amanecer.
Angelus tenía asuntos
pendientes con el Vaticano. En Roma había sido torturado, apresado por el
Cardenal Gandolfini y entregado a Holtz. Así que cuando volvieron en 1892 a la
Ciudad Eterna, decidió cobrarse alguna vieja deuda.
Planearon el asalto a
Sant´Angelo. Allí continuaba la sede de la Santa Encomienda, una orden papal
secreta que tenía como exclusivo objetivo la lucha contra las Fuerzas de la
Oscuridad, una especie de Inquisición especializada en lo demoníaco. En
Sant´Angelo residía su cardenal Prefecto y en los subterráneos del castillo se
ocultaban no sólo las mazmorras clandestinas, sino también los archivos y el
arsenal informativo que la Santa Encomienda había recopilado durante siglos.
Romperles el juguete le pareció una excelente forma de entretenerse en Roma y
los Cuatro, reforzados por los vampiros peor encarados que pudieron encontrar en
los tugurios de la ciudad, establecieron con minuciosidad el plan de ataque. Su
propósito era colarse de noche en la fortaleza, llegar por los pasadizos
secretos que Angelus conocía hasta las estancias ocultas, quizás hacer una
visita al Cardenal, pero, sobre todo, incendiar los archivos.
Angelus dio las
últimas recomendaciones antes de ponerse en marcha.
- No vamos de
excursión. Será muy peligroso. Si alguien se queda atrás, nadie le ayudará. Es
una orden. No vamos a poner en peligro a todos por la torpeza o la mala suerte
de uno.
Las cosas rodaron razonablemente bien al principio. Obviamente la
seguridad pontificia dejaba bastante que desear y nadie descubrió a los vampiros
hasta que fue demasiado tarde. El primero que percibió el peligro fue un fornido
joven rubio que hacía guardia justo en la puerta de acceso a la cámara de donde
arrancaba el pasadizo secreto. Sus ojos se dilataron de asombro al ver al
pequeño grupo armado que le cortaba el paso y le impedía dar la voz de alarma.
En primera línea iba Darla, vestida por comodidad con ropas masculinas, pero sin
renunciar a un generoso escote que atrajo la atención del muchacho casi más que
la amenazante tropa que la seguía. Al notar su turbación, Darla sonrió halagada.
El atuendo varonil estilizaba su figura y, en perturbador contraste con su
voluptuoso pecho casi desnudo, acentuaba la sensualidad y belleza de la vampiro.
El joven miraba como hechizado sus esbeltas piernas, la finura de su talle, la
delicadeza del cuerpo y sobre todo aquellos senos blancos y perfectos que le
subyugaban.
- Un guardia suizo muy guapo –murmuró ella apreciativa.
Por completo fascinado, ni siquiera se resistió cuando Darla, uniendo a su
sonrisa una caricia, se inclinó sobre él para morder su cuello.
-
Nada de convertirlo, Darla –advirtió Angelus.- No podemos perder
tiempo.
Darla protestó un tanto fastidiada:
- Si puede servir a
Dios, también podrá servir a un demonio.
- Si va a servir a las dos
partes, mejor que no sirva a ninguna –rebatió Angelus, y, de un certero
mandoble, lo decapitó en el acto.
Entonces se dividieron. Spike, como lugarteniente de
Angelus, se encargó de asegurar la vía de salida, mientras Darla y Angelus se
sumergían en el laberinto de subterráneos para llegar hasta los archivos que
querían destruir.
Lo consiguieron a medias. Provocaron el incendio, pero
fueron descubiertos antes de lo previsto y apenas consiguieron llegar con escasa
ventaja sobre sus perseguidores al lugar de reunión donde los esperaba el grupo
de Spike.
Allí, en la cámara dónde habían encontrado al joven rubio cuyo
cadáver seguía sobre el suelo de mármol, se produjo la escaramuza. En aquella
sala, además de la entrada al pasadizo había dos puertas que daban a sendos
corredores y la guardia suiza les acosaba por ambos. Angelus optó por abrirse
paso por la puerta de la derecha arremetiendo con el grueso de sus efectivos
contra los que atacaban por allí, mientras Spike, intentaba frenar a los que
pretendían entrar por la de la izquierda para ganar algo de tiempo y permitir
que los demás huyeran.
Resultó efectivo. Los atacantes de la derecha fueron
fácilmente superados y Darla, Dru y los demás corrieron a ponerse a salvo por
aquella vía de escape.
Mientras, la resistencia opuesta por Spike estaba a
punto de ser rebasada. Cayó uno de los vampiros que le acompañaban y el otro
siguió el mismo destino cuando una estaca le entró por la espalda al intentar
huir. Sólo quedaba Spike en pie y retrocedía despacio hacia la pared, haciendo
frente a varios guardias que le atacaban al mismo tiempo e intentaban
arrinconarlo.
Sabía que estaba condenado, pero seguía luchando valientemente,
dispuesto a vender cara su vida y, sobre todo, porque cada minuto que los
entretuviera, daba más posibilidades de huir a Dru y sus
acompañantes.
Angelus, el que cerraba la fila de los que huían, desde el
pasillo por donde ya habían escapado los demás, cruzó su mirada con la del
joven. Fue una décima de segundo. Justo entonces uno de los guardias lanzó su
pica contra Spike atravesando de parte a parte su vientre. Angelus lo vio caer y
ser inmediatamente acorralado por sus enemigos. De pronto el jefe del clan hizo
lo impensable. Se dio media vuelta, dejando que las mujeres huyeran solas y
volvió junto a Spike justo a tiempo de evitar que le remataran. Con sólo la
potencia de sus puños se abrió camino hasta el centro del círculo mortal que
encerraba a Spike. Una vez junto a su compañero, le arrancó sin miramientos el
ástil y lo utilizó como arma contra los atacantes que, ante el valor y decisión
del fuerte demonio, tuvieron un momento de titubeo. Sólo quedaban cinco y con un
par de golpes precisos, Angelus dejó fuera de combate a dos. Los otros tres
cruzaron una mirada de inteligencia y decidieron al unísono retirarse a una
posición más segura.
- Dijiste… -empezó Spike- que nadie ayudara a
quienes…
- Yo pongo las normas – Angelus cargó a Spike sobre sus
hombros como si fuera un niño- y yo las rompo cuando me viene en gana.
Se
oían voces de los refuerzos que venían por ambos pasillos. Ya no podían escapar
por el mismo sitio que Darla y Drusilla. Quizás era demasiado tarde para
escapar. Angelus no se lo pensó. Con la carga de Spike sobre él, se lanzó a
través del cristal de un ventanal, cayendo varios metros más abajo, entre la
espesura de la explanada que rodeaba el castillo.
La noche era cerrada, tan oscura que sólo las criaturas
nocturnas podían moverse con seguridad. Los humanos, en cambio, buscaban a los
fugitivos con antorchas y perros y… muy poca fortuna. No se daban cuenta de que
toda la algarabía que formaban indicaba claramente a los vampiros por dónde
evitarlos. Con todo, sería difícil escabullirse hasta llegar a lugar seguro.
Angelus, cargando siempre con Spike, que ahora se había desmayado, remontó el
Tíber escondiéndose entre el seto de las riberas y al final hizo un alto para
recuperar fuerzas entre las paredes medio derruidas de lo que había sido una
pobre casucha tiempo atrás abandonada. Estaban lejos de Sant´Angelo y, sobre
todo, lejos de su gente y de su guarida, pero al menos habían conseguido que sus
perseguidores les perdieran la pista.
Depositó a Spike sobre la yerba y
rasgó sus ropas empapadas en sangre para examinar la gravedad de sus heridas.
Habrían sido mortales de necesidad para un humano. Para un vampiro no eran
definitivas, pero sí podía serlo la debilidad que le provocaba y que lo
convertiría en presa indefensa ante cualquier enemigo. Incapaz de ponerse a
salvo, desfallecido y exangüe, Spike tenía las horas contadas de no tener una
ayuda decidida a su lado.
Se había desmayado durante el transporte, pero
ahora volvía en sí. Había perdido muchísima sangre y la herida en su vientre
presentaba un feo aspecto.
- An…
- No hables –le
ordenó.- No malgastes fuerzas a lo tonto. – Angelus rasgó las ropas de Spike
formando una larga tira que utilizó para vendarle. - Debería coserte, pero no
tengo nada con qué hacerlo, así que espero que esto sirva de algo.
Spike
movió los labios, pero ningún sonido salió de ellos. Sentía la boca reseca y un
frío mortal invadía todos sus miembros. Junto a él, Angelus, volvía a
ordenar:
- Cierra los ojos. Intenta dormir.
Obedeció.
Pasaron varias horas. Spike deliraba y Angelus temía que sus
gemidos les descubrieran. Empezó a maldecirse por haber cometido la estupidez de
arriesgarse a salvar al poeta, que, después de todo, quizás no tuviera
salvación. Si Darla o Drusilla lo hubieran hecho desobedeciendo sus órdenes,
habrían tenido muchas dificultades para escapar inmunes de su furia. En fin, ya
no tenía vuelta atrás. Allá estaban los dos, escondidos como alimañas, helados
de frío y con la mitad de la Guardia Suiza buscándoles para acabar con ellos.
Hacía tiempo que había amanecido y la perspectiva de pasar el día entre aquellas
ruinas como un barco encallado y a riesgo de ser descubiertos en cada momento,
no colaboraba al buen humor de Angelus. Seguro que las cloacas de Roma
desaguaban al Tíber y probablemente encontrara una entrada por allí cerca. Pero
era imposible moverse de su refugio a plena luz del sol. Y luego estaba Spike.
Si él se alejaba, moriría sin remedio en cuanto un animal o un humano lo
localizara. En cualquier caso, ése no era su problema. De todas formas, Angelus
decidió que esperaría hasta la media noche. Era el momento más propicio para
moverse entre las sombras por la gran ciudad. Si para entonces, Spike no podía
seguirle, lo abandonaría a su suerte. Hasta entonces cuidaría de él.
Hacia el mediodía el estado del herido empeoró. Había pasado casi toda la mañana
en un duermevela agitado, pero entonces sus delirios se hicieron más frecuentes
y a veces tenía convulsiones. Angelus no sabía qué hacer para mantenerlo en
silencio. Intentó despertarlo, moverlo… Era inútil. Spike estaba en una fase muy
profunda de inconsciencia mientras su cuerpo muerto intentaba regenerar los
tejidos tan gravemente dañados. Al final, como seguía gimiendo, Angelus lo tomó
en su regazo abrazándolo como a un niño pequeño. Tiritaba y estaba empapado en
un sudor frío.
- Ssssshhhh, calla de una vez, maldita sea. Nos van a
descubrir.
Pese a la maldición y las palabras poco amables, el tono de
Angelus no era agresivo. Entre sus brazos, poco a poco, Spike se fue calmando y
consiguió conciliar un sueño más tranquilo.
A media tarde se
despertó. Simplemente abrió los ojos y le miró en silencio. Angelus no necesitó
preguntarle cómo se encontraba. Su palidez exagerada, el rostro demacrado, los
labios agrietados, sus miembros sin fuerza… decían a las claras el estado de
extrema debilidad del joven. Angelus tomó una decisión.
Se quitó la
camisa y acercó su pecho desnudo a su compañero.
- Bebe de mí –le
ordenó.
Spike, sorprendentemente lúcido, fue a iniciar una
negativa.
- No seas estúpido- le atajó Angelus.- No me he jugado el
pellejo salvándote para perderte ahora por una cabezonería tuya. –Spike seguía
inmóvil. La voz de Angelus insistió.- Mientras haya luz del sol no puedo salir a
traerte una presa y necesitas alimentarte, Spike. Sólo si recuperas fuerzas,
conseguiremos llegar a donde las chicas. Bebe. – La mano de Angelus tras la nuca
de Spike lo acercó más contra sí. Finalmente sintió cómo los colmillos de Spike
se clavaban en su carne.
Cuando Spike acabó de alimentarse de la sangre de Angelus se
quedó un momento en silencio, encogido entre los brazos del vampiro moreno.
- Ahora estoy mejor- murmuró finalmente.
Era cierto. Lo extraño
era la sensación que le inundaba. Tenía la impresión de que entre los dos se
había establecido una intimidad nueva, algo desconocido en su convivencia
anterior, casi siempre hecha de rivalidad y violencia. El silencio de Angelus
también colaboraba a ello. Spike elevó hacia él su mirada esperando descubrir en
su rostro impenetrable un indicio de qué pensaba. Era un intento vano. Angelus
nunca dejaba traslucir sus emociones, al menos no ante él.
- Gracias
por darme tu sangre –empezó Spike.- Y por salvarme antes también.
-
Bah. Fue un impulso estúpido. Si lo hubiera pensado, no lo habría
hecho.
Claro, qué otra cosa se podía esperar de Angelus: Decir que lo había
salvado por equivocación y seguir ayudándole por mantener el error. Spike dibujó
una sonrisa triste. ¿Captaría la ironía del asunto? Y entonces, Angelus hizo
algo que Spike jamás habría esperado: enredó sus dedos en un mechón castaño de
Spike y acompañó su pausada caricia de una ligera sonrisa que al principio tenía
algo de burla y que, poco a poco viró hacia una tenue ternura.
-
Eres mi chico. No iba a dejar que esos fanáticos me lo quitaran.
Spike le
miró atónito. Luego, se sintió invadido de una emoción que atenazaba su
garganta.
Spike avanzó su mano sobre el pecho de Angel, casi sin atreverse a
posarla sobre la piel. A la izquierda, en el lugar donde no latía el corazón
marchito de Angel, dos puntos rojos señalaban el lugar donde se habían clavado
los colmillos de Spike. Con respeto reverencial, el índice de Spike acarició la
piel tersa un poco por encima del pezón. Aún manaban unas gotas de sangre.
Acercó sus labios y la lamió despacio. Con los ojos entornados, como en un lento
ritual, sus dedos ascendieron hacia el cuello, luego resbalaron por los flancos
de Angelus. Le miró con sus ojos azules, interrogantes, hambrientos, sintiendo
al mismo tiempo el deseo hormiguear en sus ingles y el temor a la burla y el
rechazo constantes.
- ¿Quieres…? –preguntó la voz de Angelus. –La mirada
de Spike era más elocuente que las palabras que no pronunció.- Sigues muy débil.
¿Aguantarás?
- Sí.
Angelus lo miró por última vez como calibrando la
fortaleza de su decisión. Luego, concedió:
- Está bien.- Conla facilidad
con que movería el cuerpo de un niño, lo giró suavemente, mientras le desnudaba
despacio de las pocas ropas sucias y rotas que le quedaban sobre el cuerpo.
Susurró: - Déjate hacer.
Spike se dejó hacer. Siempre se dejaba hacer. Pero
hasta entonces siempre había sido porque no podía resistirse más. Aquella fue la
primera vez que Angelus lo hizo con delicadeza, preguntándole si se encontraba
bien, acariciándole de vez en cuando. Sustituyendo la fuerza y la lujuria
desatada por algo parecido al afecto.
Asaltado por dolor y placer
entremezclados, Spike gemía quedo bajo él, cada vez que Angelus empujaba
suavemente, mientras aferraba con sus manos las estrechas caderas y sentía que
crecía en su interior la oleada de placer que le acercaba al clímax.
Notó una
humedad viscosa entre sus dedos y comprendió que la herida de Spike se había
reabierto.
- ¿Quieres… que me retire? –jadeó.
- No.
Sigue –le respondió la voz de Spike, tan enronquecida como la suya.
Le
penetró una vez más. Otra. Profundamente. Hasta que el orgasmo estalló en todo
su ser y se derrumbó mientras el placer lo deshacía por dentro y se sentía
disolver en una exclamación que tenía el nombre de su amante.
-
William… -gimió.
Angelus se apartó en cuanto pudo para liberar al joven del
peso de su cuerpo. Lo giró con suavidad y empezó a lamerlo.
Spike miró
asombrado la oscura cabellera que se hundía entre sus piernas.
El delicioso
roce de la lengua de Angelus en su sexo endurecido lo estremeció de placer, y
mientras se extraviaba en aquella sensación intensa y confusa de abandono y
deleite, le sorprendió aún más que Angelus buscara satisfacerle.
Spike pensó
que apenas podría aguantar más, pero la maestría de Angelus prolongó la dulce
tortura aún unos minutos. Cuando finalmente se derramó en su boca, se sentía
conmovido y lleno de agradecimiento.
- Mi sire… -murmuró con
veneración.
Fue la primera vez. La primera vez que en lugar de ser asaltado
por los caprichos de Angelus fue él quien se ofreció.
Los grillos y las ranas se unían al rumor del viento en la copa
de los árboles y el murmullo no demasiado lejano del agua del río. Sobre el
anular de Angelus la luna que reinaba enorme sobre el Tíber, ponía también un
reflejo plateado en el anillo claddagh. Tras el amor, los dos vampiros
descansaban Spike, aún entre los brazos Angelus y la placidez envolvía el
momento. Spike sentía algo parecido a la felicidad.
En el mismo día Angelus
le había salvado, le había dado su sangre y lo había poseído. Supo que desde
aquel momento era suyo y lo sería por siempre
Epílogo
Cuando Buffy entró en la guarida de los vampiros, Spike cumplió
su palabra. Se levantó de su silla de ruedas y atacó a Angelus y al resto de los
enemigos de Buffy. Ella demostró por qué debían temerla. Enfrentada a Angelus,
peleó valientemente con él y lo hizo retroceder pero no consiguió evitar que
abriera la puerta al Apocalipsis. Para detenerlo tuvo que hacer el mayor de los
sacrificios y renunciar al amor que había creído perdido justo en el mismo
momento en que lo recuperaba.
Pero eso Spike ya no lo presenció. Para él el
tiempo apremiaba y escapó cuando el combate aún estaba indeciso. Se encogió de
hombros fingiendo que no le importaba la suerte de Buffy ni la de Angel y se
marchó con Drusilla en brazos para buscar lejos de allí la posibilidad de una
existencia con su perturbada amante.
Unos meses después, Buffy, seguía rota por dentro. Finalmente,
una tarde, se sintió con fuerzas para despedirse. Volvió a la vieja mansión
abandonada y, como un homenaje, recorrió el espacio vacío, acarició los muebles
polvorientos, rememoró el escenario donde había matado a Angel.
Antes de
marcharse, como la más triste despedida, se inclinó y depositó su anillo, el
anillo de Angel, sobre el suelo. Luego salió en silencio.
No pudo ver que
instantes después se obraba el milagro. El aire fluctuó y en el lugar donde el
anillo claddagh reposaba, confuso y desnudo, apareció el cuerpo de
Angel.
Finalmente, resultó que el anillo sí era un talismán poderoso. Tenía
el poder de los sentimientos depositados en él, había dicho Spike. Ese poder fue
sin duda lo que realizó el milagro de traer a Angel de regreso del infierno.
Sin embargo, lo que nunca nadie supo fue que junto al amor de Buffy, el
anillo claddagh atesoraba también los sentimientos de Spike.
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