Trilogía III
Historias de traición

Autor: Ehiztari

Rating:  NR-18
Episodio 2X21

 La crónica del Vigilante

 

En esta nueva etapa que se abre para el consejo de Vigilantes, tras la trágica desaparición de la Institución que durante siglos ha sido baluarte en la sombra ante las amenazas que acechan al género humano y, sobre todo, tras la irremediable pérdida de su biblioteca, como superviviente más veterano y experimentado de mis ilustres antecesores, casi todos dramáticamente desaparecidos ya, se me ha sugerido la conveniencia de plasmar por escrito mis experiencias como Vigilante, para la formación de los nuevos hombres y mujeres que se habrán de enfrentar en lo sucesivo a las diversas formas del Mal.
        En efecto con la experiencia aprendemos y si bien es cierto que en ocasiones  realidad y los años sólo nos endurecen sin volvernos más sabios, también es frecuente que cuando somos jóvenes pecamos de ingenuos y sólo tiempo después comprendemos cuán ilusas han sido nuestras fantasías.


 

Roma, 1892

 La luna se reflejaba ya sobre las aguas del Tíber, pero ellos sólo podían adivinarla desde las ruinas cubiertas de arbustos y maleza donde se habían refugiado. Tenían a toda la guardia vaticana en su busca y, aunque de momento no parecían correr peligro inminente, su situación distaba de ser fácil. Por eso, Angelus y Spike, se ocultaban esperando que las horas más avanzadas de la noche les permitieran salir de su efímero escondrijo para buscar otro más seguro. El otoño estaba bien avanzado y aunque no hacía demasiado frío, una tromba de agua caída poco antes les había empapado las ropas y ahora, ateridos y acosados, dejaban pasar las horas mientras intentaban darse algo de calor uno junto a otro. Corrían peligro y estaban sucios y hambrientos, pero Spike pensó que pocas veces entre los dos se había instalado tal sensación de placidez. Uno de esos momentos que se desearían arrancar de su efímero fluir para guardarlo eterno e intocable, antes de su disolución inevitable como una pompa de jabón. En el silencio de la perfumada noche romana, Spike, más pálido que de costumbre, preguntó a su compañero.
-          Angelus, ¿no podríamos volver atrás? 
-          ¿Atrás?
-          Al tiempo... cuando éramos felices.
-          ¿Cuando nos querían, no estábamos solos ni éramos perseguidos?
-    Sí. Cuando no éramos... así, demonios.
-    No. Eso no es posible, Spike. – El silencio se estableció entre los dos. 
Después de un rato, la voz de Angelus volvió a romperlo.
-    Mi padre contaba una historia...
-    Creía que odiabas a tu padre.
-    Era un buen hombre y quería que yo también lo fuera, claro que lo odiaba. Pero odiado o no, a veces decía cosas con sentido. Cuando éramos niños nos contaba la historia de los puercoespines: Tenían frío y pensaron que si se juntaban se darían calor mutuamente. Así que fueron uniéndose unos a otros buscando el calor que necesitaban. Pero... era imposible. Si se aproximaban se herían. Cuanto más necesitaban el contacto, más daño se hacían. Las púas se les clavaban y era tanto más doloroso cuanto más cercanos estaban.
-    Una triste historia. No la conocía. Sólo había leído la de la rana y el alacrán.
-    Alacranes, puercoespines... tanto da. Somos nosotros. Está en nuestra esencia hacer daño. A nuestros enemigos, pero también a nosotros mismos. No podemos evitarlo. Somos animales dañinos, alimañas. Es natural que busquen exterminarnos.
-    Es triste- repitió Spike, al cabo de un rato.
-    Es así.
Angelus se encogió de hombros, entre fatalista e indiferente. Spike se quedó pensativo. Al cabo de un tiempo, preguntó con la insistencia de un niño en obtener la respuesta que desea oír:
-    ¿Tú crees que siempre tiene que ser así? ¿No crees que, de verdad, no podríamos... no sé,...que fuera diferente?
-    ¿Puede un puercoespín no pinchar o un escorpión dejar de ser venenoso?
-    Supongo que no. Pero si no es su culpa... no hay motivo para exterminarlos.
-    Claro que lo hay, Spike, claro que lo hay. Tocar a un puercoespín duele mucho. Un alacrán mata. Nosotros somos aún peores. La misión de los seres justos es evitarlo.
Spike sonrió ligerísimamente y su mano acarició con levedad de brisa el antebrazo de Angelus.
-    Afortunadamente, yo no soy un ser justo. Así que no tendré que atacar a los míos.
Angel sonrió desencantado.
- Quizás no seas justo, pero sí muy joven. Aprenderás que, como los puercoespines, tampoco nosotros nos damos cuartel.

   

Libros, códices, crónicas de los antiguos... son las armas en que el Consejo de Vigilantes ha fiado siempre su fuerza, con la convicción de que la experiencia debe ser valorada. Sin embargo, cuanto más viejo y experimentado soy, más desconfío del engreimiento de la edad porque lo que aprendemos con la experiencia a menudo no es sino decepción, sufrimiento y rencor. El paso del tiempo muchas veces es sólo un doloroso requisito que de ninguna manera hace las cosas más fáciles. Por el contrario, con el tiempo nos vemos obligados a elegir y las elecciones suelen ser siempre dolorosas. 

 

Cómo habían cambiado las cosas. Apenas unas semanas atrás, él era el dueño de Sunnydale, Drusilla ronroneaba en sus brazos y Angel soportaba su tortura. Entonces había llegado la maldita cazadora y todo había cambiado en apenas unos minutos. Afortunadamente Dru había recobrado sus fuerzas, las suficientes para salvarlo de entre aquellas ruinas incendiadas. Aunque muy a menudo pensaba que hubiera sido mil veces mejor acabar sepultado en aquella iglesia en llamas. Se habría evitado el terrible dolor y, sobre todo, la impotencia actual, recluido a una humillante silla de ruedas como un viejo cachivache inútil
Y luego había llegado Angelus y entonces el infierno se hizo pequeño. Entonces sí habría suplicado que el tiempo volviera atrás y haber sido aniquilado en la iglesia en ruinas.
Deslizaba su silla de ruedas por la vieja fábrica que ahora era su prisión, sabiéndose solo y deseando que su soledad durara aún muchas horas. Pero no sería así. Hacía ya tiempo que Angelus y Dru habían salido de caza y tendrían que regresar ya pronto. 
En efecto, hacia la entrada oía ya risas y cuchicheos. 
Entró primero Drusilla que se acercó a besarle en la mejilla. Spike no tuvo tiempo suficiente de hurtarle el contacto 
-          Hola, Spike. – Tras el alegre beso de saludo, se situó a su espalda, acariciando con sus largos brazos los de Spike y haciendo además de empujar la silla - ¿Quieres que te ayude?
-          No. 
-    Deja que…
-    ¡Te he dicho que me dejes en paz, Drusilla! - Su tono airado y la inhabitual forma de llamarla por su nombre completo provocó un puchero de Dru- Lo siento.
-    Eres muy orgulloso, Spike –intervino Angelus, con aquel odioso y burlón paternalismo que Spike desearía borrarle a golpes- Deberías aceptar la ayuda de Dru, ahora que no puedes... nada, en realidad. Incluso si me lo pides, yo te ayudaré también. ¿Quieres pedirme algo Spike?
-    ¿Aparte de que te vayas al infierno?
Ángelus chasqueó la lengua fingidamente reprobador.
-    El respeto nunca ha sido cosa tuya, ¿verdad, Spikey? ¿Debo recordarte que soy el sire? Y que todo lo tuyo me pertenece por derecho. -Se le acercó para susurrarle al oído- Deberías ofrecérmelo amablemente y sentirte honrado de que lo tomara.
-    No eres mi sire.
-    ¡Qué más da! Lo soy de Dru. Pensé que vosotros lo compartíais todo, ¿no? – Rió calladamente y salió triunfante y ofensivo mientras Spike apretaba los dientes hasta pensar que sus mandíbulas rechinarían.
Drusilla mimosa y conciliadora, inclinó su cabeza sobre él desde detrás y su cabellera oscura cayó en cascada sobre el pecho del vampiro paralítico.
-    Es tarde. ¿Vamos a la cama, Spike?
-    ¿Por qué no vas con él?
No necesitaba que Drusilla se le acercara para notarlo. Olía a Ángelus a millas de distancia. Otra desagradable ironía de su destino: tenía la médula espinal destrozada, pero el resto de sus sentidos de vampiro seguían igual de aguzados que siempre. A veces pensaba que más.
-    Yo siempre duermo contigo, Spike- dijo Drusilla, como sorprendida de que Spike no recordara algo tan evidente. 
-    Sí, tú siempre duermes conmigo - musitó su compañero con una sombra de amargura o quizás de resignación.- Vamos, si quieres.
Dru empujó la silla hasta la habitación y la acercó a la gran cama matrimonial.
Spike se quitó la camisa y la camiseta. Se alzó sobre sus brazos para sentarse en el borde del lecho. 
-    Espera, te ayudo.
-    No.
Pese a la negativa, Dru estaba ya quitándole las botas y desabotonándole la bragueta. Spike, abandonando la resistencia, se dejó hacer. Se tumbó sobre la cama para que ella pudiera bajarle los pantalones. Los dedos de Dru empezaron a juguetear sobre su piel.
Spike se incorporó y la detuvo con un tono tan firme como la mano que apresó la delgada muñeca femenina.
-    No siento nada de cintura para abajo, Dru. –Un poco más suave, añadió:- Déjalo, por favor.
Drusilla no replicó. Hasta para ella, siempre en su mundo de fantasía, era evidente que Spike estaba malhumorado y sería mejor no insistir. En silencio, se desnudó ella también y se echó a su lado en la cama. Al poco se acurrucó contra el cuerpo de Spike, apoyando su cabeza sobre el pecho de él y rodeando con los brazos su cintura. La tortura de Spike aumentó. En el pelo de Dru, en sus labios tan próximos, en cada centímetro de su piel, podía rastrear el olor de Ángelus, tan cercano y persistente que parecía como si estuviera allí, entre los dos. 
A veces se preguntaba cómo podía ser Drusilla tan inconsciente que no se diera cuenta de cuánto le hacía sufrir. Pero estaba seguro de que no lo hacía a propósito. Para ella era natural compartir a los hombres del clan. Bueno, ahora no se trataba de compartir, sino de ser en exclusiva para Angelus. Y como él había dicho, era su sire, tenía todos los derechos y toda la devoción de su perturbada hija. A su manera, Drusilla seguro que intentaba contentar también a Spike. Cerró los ojos y procuró poner freno a los pensamientos. Pero eran más que pensamientos. Eran sensaciones. El cuerpo de Drusilla sobre el suyo y el olor de Angelus impregnándolo. El rencor, la sensación de ahogo se hicieron casi sólidos.
Intentando no ser brusco, apartó un poco a Dru.
-          Voy a dormir.
Se giró dándole la espalda. 


En aquellos momentos afrontábamos horas de zozobra. Después de combatir decenas de monstruos y haber superado al Maestro, el demoníaco engendro que regía las fuerzas del mal en La boca del Infierno, creíamos quizás que tendríamos una pequeña tregua. Pero precisamente entonces fuimos atacados por quien menos lo esperábamos. Ocurre en ocasiones. Los antiguos aliados se convierten en enemigos mortales, la confianza pasada se resquebraja sin remedio, los sueños de amor de una niña se disuelven en la más terrible pesadilla. Angel, nuestro amigo, quien había luchado codo con codo con nosotros para defendernos de sus congéneres, se convirtió por una maldición inesperada, de la noche a la mañana en el más destructor y cruel de los asesinos.
Conocimos a Angelus y aprendimos con lágrimas de amargura que pocas criaturas del mal podían causar tanto sufrimiento y destrucción como él. 

 

 Buffy se levanta en cuanto suena el despertador. No quiere tener ni un segundo para quedarse en el cálido lecho que la acoge. Medio dormida aún se dirige al baño. Se asea, peina su cabellera dorada procurando no mirar al espejo que le devuelve siempre una imagen más triste de lo que desearía. Se viste sin prestar demasiada atención, algo que meses atrás habría considerado un crimen. Luego se maquilla un poco los ojos, se aplica color en los labios con gestos mil veces repetidos, casi de autómata.  Para entonces, respira hondo, coge sus libros, esos que nunca ha abierto el día anterior, y se apresta al primer reto del día: desayunar con su madre y fingir la irreflexiva inconsciencia que se espera de una adolescente sin problemas, hilvanar una conversación intrascendente, quizás hacer alguna broma sin demasiada gracia…
Lo hace todos los días. Cada día sube al coche y procura que los silencios no sean demasiado opresivos, intenta responder a las preguntas triviales sin que se note demasiado que no estaba escuchando, escapa después con un beso rápido en la mejilla y una despedida cortés: “Que pases un buen día” “Tú también” “Un beso” “Hasta luego, mamá” 
Entonces empieza el escenario de otra batalla igualmente dura, el instituto. Los pasillos. La pugna de superficialidad en los corrillos donde reina Harmony. Las interminables horas de aburrimiento en las aulas. La insípida cháchara de los profesores. Esquivar a Snyder, si es posible. Tragarse las lágrimas y no romper en sollozos cuando Willow la mira con esos ojos enormes que le preguntan sin palabras y ante los que es incapaz de negar su dolor. 
Después, por la tarde, cada día, hay una pequeña tregua. Va a entrenar a la biblioteca y puede golpear, gritar, esforzarse. Lleva su cuerpo hasta el límite, hasta que le duele de verdad. Sí, quiere el cansancio, el agotamiento que impide pensar, el dolor físico. Lo busca y lo paladea, porque en aquellos momentos tiene la falsa sensación de que es sólo el cuerpo lo que le duele. 
No suele durar demasiado. Cada día sus amigos la acompañan, Xander bromea, Willow se entrega a exhaustivas jornadas de investigación, Cordelia desdramatiza, Giles, en respetuoso silencio o con sus palabras tan comedidas, le hace sentir su apoyo… Y Buffy sabe que está sola. Que en realidad, nadie puede apoyarla ni animarla ni ayudarla. Porque, rodeada de tantas personas que sabe que la quieren sinceramente, Buffy sólo piensa en el que falta. 
Entonces, cuando cree que es imposible que la opresión insoportable en su pecho no la asfixie, busca su talismán. Sus dedos ascienden en busca de la cruz que cuelga de su cuello y el contacto con la plata parece que calma un poco su quemazón. A veces la aprieta en su mano con fuerza, hasta que las aristas de metal se le clavan en la palma y le dejan su pequeña marca durante unos minutos. La cruz que Angel le dio para que le sirviera de protección contra los vampiros, le sirve entonces para recordar que un vampiro la amó. Aunque a veces se pregunta si aquello fue real o si lo único real es que no queda en su vida nada que no sea lucha, muerte, dolor y decepción. A veces piensa que tiene muy poco para enfrentarse a algo ante lo que está tan desarmada. Sólo una crucecita de plata. 
También tiene un anillo, pero ése le trae recuerdos demasiado crueles, palabras de amistad que ahora parecen una burla obscena. Por eso, lo tiene guardado en un cajón y procura no encontrárselo. Cree que no puede enfrentarse aún a las promesas truncadas del anillo. Sólo muy de vez en cuando abre el cajón y lo contempla. Muy rara vez, va más allá incluso y hace el esfuerzo de ponérselo. Sólo unos minutos y siempre acaba quitándoselo entre lágrimas. Pero sabe que algún día reunirá la fuerza suficiente para ponerlo de nuevo en su dedo. Cuando esté lista.


La patrulla nocturna por el cementerio tampoco está del todo mal. 
A veces. 
A veces la soledad de los jardines melancólicos alancea su alma y su mente se desboca hacia sueños de felicidad imposible. Pero a veces se encuentra con vampiros y entonces pelea. Siente el aliento cercano de la muerte. A veces la golpean y le hacen sentir algo, dolor, y, por instinto, sus pensamientos se concentran exclusivamente en la lucha. Mata vampiros y procura no pensar que algún día, seguramente próximo, tendrá que enfrentarse a un vampiro concreto, Angelus. Aquilata la precisión de sus movimientos, aguza sus sentidos, aprende de sus errores, busca la perfección en la letal maquinaria que es su cuerpo de cazadora y, mientras pone todo de sí para mejorar sus habilidades -su fuerza, su agilidad, su inteligencia-, procura no pensar en el miedo que la atenaza y cuya causa  se niega a  examinar porque no quiere saber qué es en realidad lo que más teme, si la posibilidad de que Angelus la mate o el horror de tener que matar a Angel.  
Cuando vuelve a su habitación juvenil y se desnuda en silencio y se mete en su cama, tan vacía, cierra los ojos y suplica que el sueño la venza pronto. Cada día se promete a sí misma que dejará de pensar en él y se duerme, rendida al fin, imaginando que el olvido sólo es cuestión de tiempo.
 Cada día es una batalla perdida contra la tristeza que anida en su corazón. Y cada día cuesta tanto como el anterior

 

Durante generaciones los vigilantes han sido mentores, protectores y guías de las cazadoras. Durante años yo entrené y orienté las actuaciones de Buffy Summers, le di órdenes y juzgué lo que era conveniente hacer en cada ocasión. Fuimos la razón y la mente tras su mano ejecutora. Sin embargo, desde la perspectiva del tiempo y los acontecimientos pasados, ahora, a esta altura de mi vida, creo que no somos los únicos en posesión de la verdad. Quizás porque la verdad pocas veces tiene una sola cara y menos aún es sólo la cara de la razón. Y, ante todo, empiezo a vislumbrar que, frente a la mente y la lógica del razonamiento, existen las razones del corazón, siempre imponderables y esquivas, pero muchas veces decisorias.
 Y en otros casos, en un impredecible efecto mariposa, lejanos acontecimientos que afectan vidas ajenas acaban teniendo un insospechado protagonismo. Es lo que ocurrió en Sunnydale en  1999.

  

-    Pobre Spike, tan solo siempre. Estarás aburrido. – El brazo de Angelus pasó por los hombros de Drusilla como inadvertidamente. Las yemas de sus dedos acariciaban imperceptible pero sensualmente la blanca piel, descendían al arranque de sus senos, su cabeza se inclinaba hacia el cuerpo de la muchacha y entornando los ojos, aspiró el perfume de su cuerpo, el mismo olor que, sin duda, llegaba hasta Spike. Clavó entonces su mirada de predador en los ojos de Spike.- ¿Por qué no vienes con nosotros y te diviertes… mirando? Si quieres, - distendió levemente la curva de sus labios, al tiempo que avanzaba unos pasos hacia él- te ayudo a ir al dormitorio.
-    Te aconsejo que no me toques, Angelus
Spike convirtió su rostro y la amenaza provocó la risa odiosa de Ángelus.
-    ¿Crees que me vas a vencer?
-    No. Sé que me vencerás tú. – Spike pensó que, clavado a su silla de ruedas, debía de ser ciertamente risible, pero no se amilanó. Mantuvo con arrogancia el reto porque había aprendido mucho tiempo atrás, después de encajar bastantes palizas, que a veces el resultado de una pelea dependía más de la actitud que de los puños. Su seriedad, que quizás podría confundirse con una digna autoridad, estremecería a cualquiera que no fuera Angelus. Sabía que no iba a intimidarlo, pero eso no impidió que Spike lanzara su amenaza con un aplomo y una frialdad que convencerían a cualquiera de su verdad.- Me vencerás,  Pero si me tocas, Ángelus, tarde o temprano, te mataré. De eso puedes estar seguro.
 Angelus Le examinó despacio con su media sonrisa desdeñosa, calibrando el valor de la mirada que Spike no desvió. Se dio la vuelta y se alejó unos pasos. Cruzó los brazos sobre el pecho y se mantuvo unos instantes a la expectativa
 No hacía falta que nadie le advirtiera de que las treguas de Angelus eran tan peligrosas como el combate abierto. Sabía de sobra que era temible siempre. Y más ahora, cuando parecía calmado, pero en realidad calculaba cómo podría destrozar más cruelmente a su oponente. Spike notaba que en momentos como éste paladeaba las formas de hacer daño, seleccionando con delectación la que podría proporcionarle más placer. Era un sádico muy peligroso. Como si los años de reclusión sojuzgado por aquella mala broma del alma, lo hubieran enloquecido y convertido en un monstruo aún más retorcido de lo que era antes. El Angelus que Spike conoció en el pasado era un ser salvaje y despiadado, pero el de ahora era un psicópata que disfrutaba especialmente zahiriéndole. Especialmente a él, pero también a otros, como la cazadora. Spike sabía que a ella también la quería destrozar.

 

Despertaba una atracción enfermiza en Angelus. Siempre había sido así. Lo sabía porque Angelus no desaprovechaba oportunidad de hacerle daño, como hacía con todo lo que le gustaba o le atraía, cuanto deseaba o envidiaba; a saber por qué, pero era así. Angelus era como el niño que sólo se divierte destrozando sus juguetes más preciados. Y él, estúpido, dependía tanto de Angelus. “¿No te alegras de que papá haya vuelto?” le había preguntado. Y Spike había reído y había asegurado que sí. Igual que la Noche de San Vigidio cuando se encontró con él por primera vez en Sunnydale después de tanto tiempo y se fundieron en un abrazo. 
 Sólo después comprendió que Angel no era quién él había conocido. El vampiro temible que tanto había admirado en los gloriosos días de la vieja Europa había dejado paso a un patético ser con alma, convertido en el perrito faldero de la cazadora. Y cuando consiguió asimilar eso, cuando ya estaba preparado para despreciar a Angel, cuando incluso lo había apresado, torturado y había estado a punto de matarlo... de la noche a la mañana todo cambió. Apareció Angelus y Spike aprendió que nada era suficiente para calmar su sed de humillación y dominio. Se convirtió en su juguete favorito, el que Angelus se dedicaba a destrozar con delectación, pero él, estúpido, seguía sintiendo que su única razón de existir era complacer al sire. ¡Y lo odiaba tanto por eso! Tanto como se despreciaba a sí mismo. Quizás los juguetes, como las mascotas, tenían esa dependencia ciega que otros llaman fidelidad o amor. Él lo llamaba estupidez.
 A veces odiaba a Angelus hasta la extenuación y se preguntaba si la cazadora lo odiaría tanto. A veces, sin embargo...  
 Cesó el breve momento de pausa en que los pensamientos de Spike se habían disparado. Despacio, Angelus volvía a acercársele, como la fiera que sale de su acecho para lanzar el ataque. Con una sorna que era más hiriente que el desprecio y los insultos, protestó:
 -    Pero Spike… siempre has sido para mí un hijo.
-    Un hijo maltratado - murmuró Spike.
-    No hace falta que seas tan arisco. Tú siempre estarás en mi corazón.
Angelus avanzó su mano en lo que iba a ser una caricia, pero Spike interpuso la suya contra la palma extendida del otro vampiro para impedir que lo tocara. 
Y entonces, Angelus hizo algo sorprendente: tras un segundo de pausa, acentuó lentamente su sonrisa de serpiente y entrelazó sus dedos con los de Spike. Luego, llevó las dos manos unidas hasta posarlas sobre su pecho.
- Dos manos entrelazadas sobre el mismo corazón. Un símbolo de amistad y amor.
- Sólo que tu corazón está muerto- repuso Spike cuando logró zafarse del sortilegio del instante que Angelus había conseguido crear.
- Igual que el tuyo -sonrió calmadamente.
- Sí –convino Spike. Después, sosteniéndole la mirada sarcástica, retomó, muy serio, la lejana alusión que Angelus traía a su mente.- Amor y amistad. Como en aquel anillo irlandés tuyo.
   La satisfacción hizo brillar de nuevo los ojos de Angel.
- Veo que recuerdas bien los detalles del pasado, Spikey.- Acentuó lentamente la curva de sus labios y su sonrisa asesina se hizo aún más burlona y ofensiva, al mismo tiempo que Spike sentía que algo se derrumbaba en su interior. - Me conmueves.
  - No te emociones. Los símbolos no significan demasiado –rebatió Spike- También un beso es la marca de Judas, recuérdalo.
  La sonrisa de Angel se hizo ahora una risa abierta.
-    ¿Serás tú mi Judas, Spike? –preguntó, entre desafiante y divertido.
Tardó un poco en responder.
- No creo que tú seas precisamente mi Jesucristo –dijo finalmente Spike sin pestañear.

 

Según la leyenda que se hunde en la noche de los tiempos, un conocimiento no reflejado ni siquiera en los códices más antiguos, la Primera Cazadora fue elegida por los ancianos de la tribu para enfrentarla a los demonios y para esa misión le otorgaron todo su poder. La hicieron depositaria de fuerzas superiores, pero eligieron precisamente a una muchacha, creyendo que  su “inferioridad” la mantendría sumisa, como instrumento dócil del patriarcado que ellos representaban. Un error sin duda. Consideradas seres inferiores y utilizables, reemplazables, el tiempo ha demostrado sin embargo que ellas eran más valiosas e imprescindibles que nosotros. 
He aprendido lo fuertes que son. Su valor está más allá de ponderación. No son sólo físicamente imbatibles, sino sobre todo, tienen fortaleza moral. Enfrentadas a durísimas situaciones, las cazadoras tienen algo especial que las hace sobreponerse a cualquier adversidad. Buffy Summers tuvo que enfrentarse a situaciones en las que cualquiera se habría derrumbado, pero ella resistió. 
Y así ella me enseñó que más allá de la técnica, la lógica, la estrategia y la razón está el corazón. En nuestro terreno, donde a menudo se dirime la vida y la muerte, que la raza humana perdure o que sucumba ante los monstruos, es a menudo el corazón el catalizador esencial, la ingrediente definitivo que inclina a un lado u otro la balanza. No podemos, por tanto, permitirnos el lujo de considerarlo un dato despreciable. Ésa es una lección que aprendí de mi cazadora y olvidarlo me llevó a cometer quizás el error más grave de mi existencia que no sé si aún me he hecho perdonar.
Pero creo también que ahora estamos cometiendo otro error. Consideramos a los vampiros, demonios alejados de todo lo humano. Los combatimos pensando únicamente en nuestra supervivencia y los creemos malvados inferiores y despreciables, algo semejante a lo que hizo surgir al Consejo de Vigilantes para manejar a las cazadoras como carne de cañón en nuestra lucha. No estoy seguro de que eso sea exactamente así.
         Como en los terribles acontecimientos que tuvieron lugar en Sunnydale en 1998, durante mi segundo año como Vigilante. Entonces yo sufrí unas circunstancias personales especialmente dolorosas que prefiero no comentar en estas líneas. Cuando estábamos a punto de sucumbir, nos llegaron refuerzos del lugar más impensable.

 

Spike estuvo por afirmar que casi merecería la pena la audaz jugada que intentaba fuera cual fuera el resultado, sólo por ver la cara atónita de la cazadora cuando comprendió que era él quien la acababa de salvar del policía que intentaba detenerla. 
Había sido una decisión arriesgada y probablemente absurda, pero tampoco tenía muchas opciones ya. Igual que la cazadora. A ella tampoco le rodaban bien las cosas. Angelus disponía de todo un grupo de disciplinados vampiros, su refinada mente para el mal había diezmado a sus amigos, acababa de secuestrar a su Vigilante y para colmo la policía de Sunnydale iba tras ella como sospechosa de asesinato.
 La mayor parte de estas cosas Spike las sabía precisamente por su posición junto a Angelus. Algo que, por otro lado, era la raíz de todos sus males. No aguantaba más encerrado en la mansión, se asfixiaba allí soportando las burlas, el desprecio, la humillación constante. Viéndole apropiarse de la voluntad de Dru, gozarla –Spike tenía la sensación que más que por ella por la tortura que era para él-, desbocando su mente en imágenes perturbadoras y en locos pensamientos de venganza inalcanzable. 
 Inalcanzable... al principio. Luego aquellas ideas absurdas con que intentaba en vano calmar su despecho, poco a poco fueron tomando forma. Un buen día -ah, sí, un día muy bueno- descubrió que lo que todos habían creído una parálisis irreversible no iba a ser en realidad tan definitivo. Aprovechó los largos ratos de soledad para ir recuperando movilidad y, comprendiendo que además de fuerza necesitaría astucia para superar su desventaja, lo mantuvo en secreto. Como una araña, empezó a tejer su red en la sombra. Sigiloso. Paciente. Con disimulo. Fingiendo que todo seguía igual, pero repasando una y mil veces los detalles, buscando los puntos débiles de su enemigo, planeando dónde, cuándo y cómo atacarlo.
 Comprendió pronto que solo no conseguiría nada. Angelus tenía todo el poder y la fuerza mientras él sólo contaba con las armas de la inteligencia y el ataque sorpresa. Necesitaba algo con lo que poder enfrentarse a Angelus con alguna posibilidad de éxito y eso le llevó de inmediato en pensar en aliarse con su enemigo natural: la cazadora.
 No sólo era la fuerza más poderosa para oponer a un vampiro, sino que Spike sabía que ella también tenía muchas cuentas pendientes con Angelus. Sabía que poco tiempo atrás se habían amado, pero que ahora Angelus le había hecho tanto daño como a él, seguramente más. Angelus se había divertido con ella de la retorcida manera en que era maestro, haciendo gala de su crueldad exquisita, hiriéndola en los puntos más sensibles que siempre eran los afectos. Spike conocía muy bien aquel juego maligno porque él también lo había sufrido. Sabía que acabaría destrozándola, pero antes de matarla disfrutaba haciéndole el máximo daño posible. Spike pensaba a veces que Angelus no soportaba el amor del pasado. Se sentía profanado por los sentimientos elevados y sólo buscaba destruirlos. 
 Así que, fríamente considerado, aquello tenía bastante lógica. Ayudarse mutuamente era lo mejor que podían hacer ambos. Quizás lo único. De eso al menos intentaba convencerse Spike mientras andaba al lado de Buffy escoltándola hacia su casa y los dos se miraban recelosos, preguntándose cada uno que diablos hacía al lado del otro y si no sería más práctico aprovechar el momento para quitarse de en medio un enemigo que más tarde podía dar problemas.
 Buffy se detuvo de pronto y se plantó frente a él.
 -          Explícame otra vez por qué voy a llevarte a mi casa.
Spike se detuvo también y la miró con descaro. Pese a la insolencia que intentaba mostrar, a sí mismo no podía negarse la atracción que despertaba la cazadora en él. Era muy bonita, menuda, aparentemente frágil, pero con una fuerza interior que trascendía de las magulladuras, el cansancio y la infinita tristeza de su rostro aún casi infantil. Con desdeñosa frialdad repitió lo que ya le había dicho anteriormente:
-          Porque soy el único que va a ayudarte a acabar con Angelus antes de que destruya tu mundo.
-          Quizás no te necesite- dijo Buffy procurando sonar displicente. Pero estaba demasiado agotada hasta para mentir. Spike le dedicó una risa sin sonido, casi como una mueca.
-          Claro, pet. No me necesitas. ¡Necesitarías una legión de ángeles celestiales para sacarte de este embrollo! Pero no los tienes. Todo lo que tienes soy yo. Sólo un demonio. Lo siento, nena, no te han tocado muy buenas cartas, pero me parece que no hay libro de reclamaciones para esto.
 Reanudaron la marcha.
En las calles solitarias y oscuras, sólo se oía el silencio de sus pasos. Al cabo de un tiempo, Spike volvió a hablar.
 -          Así que tú eres la mujer que Angel ama.
-          Angel... no existe ya.
Spike ni se molestó en responder. En lugar de eso, hizo otra pregunta:
-          ¿Y tú le amas a él?
Buffy le dedicó apenas una mirada llena de dolor, pero se negó a responder. Quizás no era necesario, porque la supuesta pregunta de Spike parecía más bien la constatación sorprendida de un hecho inconcebible.
Eran dos seres de galaxias distintas investigándose con la curiosidad de quien se enfrenta al portento.
Volvieron a mirarse con desconfianza mientras seguían andando juntos.



Creo que contemplamos a los vampiros como nuestro reverso más despreciable. Pensamos que humanos y vampiros son seres tan opuestos, como la vida y la muerte o la luz y la oscuridad.  Su aspecto es tan semejante al nuestro que los vemos como si miráramos a un espejo, pero ellos estuvieran al otro lado de nuestro reflejo: nuestros opuestos. Al otro lado de la capa de azogue que establece la frontera infranqueable entre nuestra superioridad y su degradación. Pero no deberíamos olvidar que los reflejos son siempre copia de una misma realidad. A menudo los humanos tenemos comportamientos monstruosos y en ocasiones entre los monstruos, hay alguno de ellos con impulsos muy semejantes a los humano. 
Los vampiros no tienen alma y su corazón es sólo el resto de un órgano necrosado, pero sí tienen sentimientos, pasiones aún más violentas que las nuestras y eso siempre tiene un efecto impredecible. De hecho, un  comportamiento, ilógico, de un vampiro presa de las emociones más instintivas, paradójicamente, fue el factor con que no habíamos contado, y el  empuje que nos otorgó la victoria. 
Llegué a conocer después lo suficientemente bien a Spike para saber que si obró de determinada manera, él también lo hizo movido por algo impulsivo y poderoso. Algo que en un humano, yo denominaría, efecto de su corazón. Una pasión, del tipo que fuera, probablemente oscura y malvada, como era él, pero desde luego no fría. Un impulso de odio visceral o quizás (de verdad, conociendo a Spike no sería tan descabellado como parece) de amor inconsciente y brutal. Venganza, rencor, anhelo de algo, rivalidad, celos… Por supuesto no lo sé. Mi cazadora me dijo después que, al parecer, fue el Manchester United lo que le impulsaba.

Los vampiros no tienen alma y su corazón es sólo el resto de un órgano necrosado, pero sí tienen sentimientos, pasiones aún más violentas que las nuestras y eso siempre tiene un efecto impredecible. De hecho, un  comportamiento, ilógico, de un vampiro presa de las emociones más instintivas, paradójicamente, fue el factor con que no habíamos contado, y el  empuje que nos otorgó la victoria. 
Llegué a conocer después lo suficientemente bien a Spike para saber que si obró de determinada manera, él también lo hizo movido por algo impulsivo y poderoso. Algo que en un humano, yo denominaría, efecto de su corazón. Una pasión, del tipo que fuera, probablemente oscura y malvada, como era él, pero desde luego no fría. Un impulso de odio visceral o quizás (de verdad, conociendo a Spike no sería tan descabellado como parece) de amor inconsciente y brutal. Venganza, rencor, anhelo de algo, rivalidad, celos… Por supuesto no lo sé. Mi cazadora me dijo después que, al parecer, fue el Manchester United lo que le impulsaba.

 

 Buffy subió a su habitación para revisar su arsenal. 
Se había llevado consigo a Spike porque ya le parecía excesivo el tiempo que su madre se había visto obligada a ejercer de atónita anfitriona con aquel... ser. Al menos, ella estaba más acostumbrada a tratar con vampiros, aunque lo habitual era estacarlos, en lugar de hacerse acompañar por ellos al dormitorio. Aunque tampoco era la primera vez...  pero mejor dejaba de pensar en eso. 
 Spike se mantenía educadamente de pie junto a una pared, por una vez en silencio. Entonces Buffy fue a buscar una chaqueta al armario junto al que esperaba e vampiro. Notó que él aprovechó la proximidad para acercarse aún más. Buffy primero se sintió subyugada por el disimulado y extraño examen, luego asqueada como si la acechara un animal.
-          Pero... qué haces. ¿Me estás oliendo?
-          Sólo quiero saber si tienes miedo.
Buffy lo separó de su lado con un empujón.
-          Soy la cazadora, imbécil. Claro que no tengo miedo de un vampiro.
-          No de mí.
-          ¡Ni de ti ni de Angelus!
-          No, no tienes miedo –ratificó Spike, ya convencido tras su comprobación- Es algo peor. Aún le amas. – Buffy no se sintió con fuerzas para romper el silencio que se estableció. Por primera vez el cínico Spike tenía también un oscuro respeto, casi dolor. Su voz, sombría, murmuró. –Has debido de amarlo mucho.
Las palabras de Spike rodaron en el silencio de la habitación desnudando su verdad, por una vez si un átomo de burla. Oírselo decir a aquel que era su enemigo, pero que, como un animal, instintivamente captaba lo más íntimo de su ser, la dejó desarbolada. La barbilla de Buffy tembló imperceptiblemente. Dios, no podía echarse a llorar delante de aquel asesino, pero ciertamente no sabía cómo iba a poder controlar su emoción, aquella oleada de amargura que  ponía fuego bajo sus párpados. Entonces Spike, que sin duda lo había notado, en un gesto de delicadeza británica que a Buffy le recordó inevitablemente a Giles, se volvió de espaldas. Fingiendo indiferencia  fue hacia la puerta.
-          Te esperaré fuera, si te parece.
-          No es necesario- le detuvo la cazadora sin saber muy bien por qué. Probablemente porque no quería admitir ante él la menor debilidad. Respiró hondo y consiguió controlar su emoción.-  Estoy acabando ya. Bajaremos juntos. Espera un poco.
Pretendió frialdad y se concentró en organizar sus armas y meter algunas en su bolsa de cazadora. Al poco, sin embargo, esquivándole la mirada, se encontró haciendo una confesión sin duda improcedente.
    - Sólo quiero que las cosas sean como antes –musitó Buffy, casi para sí, con un tono de niña pequeña
-          ¡Como antes!–repitió Spike desencantado.- Nunca vuelven a ser lo mismo, princesa.

 

 No se puede volver el tiempo atrás. Un amor roto no se puede recomponer. Una muerte. Una vida que inicia otro rumbo, un alma perdida, un vórtice que se abre y reclama su tributo de sangre. Caminos que deben ser recorridos sin vuelta atrás. Eso es igual para humanos y demonios. Y a veces la dirección del cambio depende de la más impensable criatura. 
Un vampiro nos ayudó a derrotar a otro vampiro. Su intervención, que nunca habríamos creído posible, nos permitió eludir el Apocalipsis y de las filas del mal surgió la clave para superarlo. Fue eso lo que nos permitió vencer. Buffy Summers tardó en recuperarse, pero su sacrificio no fue en vano. Salvó al mundo. Perdió al hombre que amaba. Quizás nunca nada volvió a ser igual.

 

Fin del informe.

Londres, mayo de 2006

Rupert Giles.

 

 Cargando su voluminosa bolsa de armas, Buffy alargó la mano hacia el picaporte para salir de la habitación. Algo llamó poderosamente la atención de Spike.
-          Tu anillo.
Buffy se detuvo sorprendida. Era el anillo claddagh que Angel le había regalado en su cumpleaños. No sólo era asombroso que Spike reparara en él, sino sobre todo la extraña expresión con que lo miraba. También el vampiro parecía consciente de que su tono y su gesto era inhabitual y añadió recobrando su aparente indiferencia de costumbre.- Es un anillo muy curioso. ¿Me dejas que lo vea?
Pese a la educada petición, se transparentaba una anómala ansiedad en la voz del vampiro que llenó de reticencias a la muchacha.
-          Es mío.
-          Sí, es tuyo- admitió. Spike parecía tan cohibido que Buffy cada vez estaba más sorprendida.- Pero me gustaría volver a verlo más de cerca.
Buffy se lo quitó del anular y lo tendió despacio a Spike. Él lo cogió casi con reverencia. Buffy no le quitaba ojo de encima. 
 A ella le dolía cada vez que lo veía en su dedo. Había tardado en volver a ponérselo y aún ahora, cada mañana consideraba la necesidad de quitárselo y guardarlo otra vez en su cajón para que no volviera a traerle el recuerdo de Angel... ni el de Angelus. Había incluso pensado en tirarlo, porque era el recordatorio constante de su dolorosa historia de amor y de que el ser que ella había querido con toda el alma había sido engullido por aquel monstruo de maldad que debía combatir. Pero finalmente había conseguido ponérselo con regularidad y ahora sentía que el humilde aro de metal en su dedo la confortaba. A veces, en la noche, sola en su cama, lo acariciaba recordando el amor que había perdido y las lágrimas resbalaban inevitablemente por sus mejillas. Se aferraba a la joya como a lo único que le devolvía la certeza de que el hombre maravilloso que había amado había existido de verdad. Para ella era como un sortilegio que le traía recuerdos felices y le daba fuerzas cuando estaba a punto de derrumbarse.
Dos manos enlazando un corazón coronado, un emblema un poco infantil, quizás, pero que para ella era muy importante. Recordaba perfectamente lo que le había dicho Angel cuando se lo había entregado en prenda de su amistad, explicándole su significado: “El corazón simboliza amor; las manos, amistad y la corona, fidelidad”. Para ella la pequeña joya tenía un valor incalculable, no por su valor material, sino por su significado, algo que Spike nunca podría encontrarle por mucho que lo analizara…
Aunque viendo el efecto que producía en el vampiro, empezó a sospechar que había algo más en el regalo de Angel. No serían motivos tan... personales, pero era evidente que también ejercía una extraña influencia en aquel maldito vampiro depravado y loco que se le había metido en casa. 
....Y con todo…  lo miraba con una atención y una tristeza que, fuera lo que fuera que cruzara por la mente del vampiro, a Buffy se le hizo familiar.
     -Ahora es más pequeño –observó Spike.- Habrá tenido que llevarlo a una joyería para que lo reduzcan antes de regalártelo.
-    ¿Cómo sabes que Angel me lo regaló?  ¿Lo conocías?
-    Sí.- tras el monosílabo, Spike no añadió nada. En silencio, devolvió el anillo a su propietaria.
Buffy lo miró sobre su palma, antes de volver a ponérselo. En voz muy baja, empezó a explicar la triste letanía que tan bien conocía.
-          Las manos simbolizan amistad...
Spike rió con sarcasmo irreverente.
-    Y el corazón, amor. Sí, el irlandés siempre tuvo un extraño concepto de la amistad y del amor. ¿Y qué era lo otro? Ah, sí, la corona. Fidelidad ¿no? – Spike rió- ¡Nadie nos va a convencer a los ingleses de que la corona es otra cosa distinta que poder!
Molesta por la burla, Buffy afirmó con una dignidad que truncó la risa del vampiro.
-    Para mí este anillo tiene mucho significado.- Se encaró con él.- Y tú te has quedado mirándolo con mucha atención. Como si fuera muy importante. ¿Lo es?
-    Sí –afirmó Spike con sencillez.
Buffy impuso su sentido práctico a las consideraciones sentimentales
-    ¿Podemos utilizarlo contra Angelus?
Spike movió la cabeza.
-No, eso no.
-    ¿Entonces? – Buffy parecía casi decepcionada- ¿No esconde alguna fuerza superior? ¿Es un amuleto o un objeto místico? ¿No tiene un poder secreto?
-    Sólo el de los sentimiento que haya depositados en él –Con una sombra quizás de ironía, el vampiro añadió.- Eso suele ser bastante poderoso.
Buffy le miró con renovado interés. Spike era un enigma que no conseguía entender. Como querer resolver un rompecabezas del que le faltaran la mitad de las piezas o como un texto cifrado de esos que Giles intentaba traducir sin saber a veces ni en qué lengua estaba escrito. Recordó haber oído decir al Vigilante que el humano que fue en vida William the Bloody había sido poeta. A ella nunca le había gustado la literatura y tenía la sensación de que, quizás por eso, le parecía que le hablaba en clave. Como cuando le obligaban a leer un soneto de Shakespeare. No entendía nada de lo que decía. O mejor dicho, entendía sus palabras, pero le quedaba la sensación de que lo que se le escapaba era más interesante que lo que ella podía aprehender.
En cualquier caso Spike recuperaba ahora su habitual sarcasmo hiriente, y ese registro Buffy lo comprendía mucho mejor.
-    Parece que tú depositaste en él muchas ilusiones, ¿eh, rubia? Exceso de amor mal correspondido.- Chasqueó la lengua.- Eso nunca suele salir bien.
Buffy se plantó frente a él.
-    ¿Lo sabes por experiencia? – le interpeló.
La sonrisa de Spike se hizo más abierta y un tanto cruel.
-    Eh, nena, yo soy un vampiro desalmado, ¿recuerdas? No me vengas con tonterías de novela rosa. Esta historia no es un cuento de hadas.

 

La estilográfica dejó de rasguear el papel y se detuvo en el aire. También Giles se quedó inmóvil como si ahora que había culminado su tarea, necesitara decidir si el esfuerzo había merecido la pena.
Depositó la pluma sobre la mesa.
Pero en realidad no era eso. No era el esfuerzo lo que valoraba, sino si todo lo que había escrito tenía algo de verdad.
Sacrificios. Salvar al mundo. Heroísmo. Pérdidas. Valor y arrojo.
Sí había algo de verdad, pero poco.
Faltaba lo importante.
Lo importante era la traición. Lo que no había dicho a los jóvenes aprendices de Vigilantes, era lo que le habían imbuido a él en la decrépita institución que ahora dirigía: que salvar al mundo requiere a veces más que sacrificios, valor o heroísmo. A veces requiere mancharse las manos, preparar celadas, asfixiar a humanos o traicionar el amor y la confianza de una muchacha que es más que una hija. Engañar, atacar por la espalda, conducir a una trampa al compañero que ha compartido peligros y ha derramado su sangre, porque quizás se ha convertido en un riesgo difícil de asumir. La misión está por encima de todo y a ella se subordina cualquier cosa, desde la vida hasta la moralidad.
Apenas unos años atrás, él, Rupert Giles, el más veterano de los Vigilantes y actual presidente del Consejo había engañado a su cazadora y vendido a Spike, el héroe de Sunnydale. Había traicionado de una tacada a Buffy, que era como su hija, y a Spike, que se había ganado el título de amigo.
La traición es difícil de digerir. Aún más difícil es adoctrinar con medias verdades a jóvenes dispuestos a mirar como modelo al traidor.

 

Antes de reunirse con su madre en la planta baja, Buffy se detuvo a mitad de las escaleras para advertir a Spike muy en serio:
-          Si me fallas, te mataré.
-          Si te fallo, te lo aseguro, preciosa, no estarás en condición de matar a nadie.- Con despreocupación, añadió:- Tranquila, cazadora, el trato me conviene tanto como a ti.
-          ¿Por qué quieres matar a Angelus? Y no vuelvas a soltarme el rollo del Manchester United.
-          ¿No ha colado? – Se encogió de hombros.- En cualquier caso, no es asunto tuyo. ¿Por qué lo haces tú?
-          Angelus no es ya… No hay nada que me una a él.
-          Es una buena razón. Creo que la tomo también como mía.
-          Angelus es un peligro para todos, por eso debemos acabar con él – dijo Buffy con su voz más sombría, rompiéndose por dentro al pronunciar en alto aquella verdad que tanto le había costado asumir. El vampiro se la quedó mirando de una forma extraña. - ¿Qué? ¿Por qué me miras así?
Su risa insultante no dejaba, sin embargo, de tener una acerada sinceridad.
-          ¿Deber? Creí que vosotros, los chicos buenos, sabíais más de estas cosas, el bien, el mal, el deber, la moral, ya sabes.
-          ¿Qué quieres decir?
Spike era una extraña criatura cuyos recovecos Buffy difícilmente podía seguir, pero su absoluta seriedad ahora estaba por completo fuera de dudas.
    - Por muy malo que sea el traicionado, el traidor siempre es más repulsivo -sentenció.
       -    ¿Traición? – La palabra puso un escalofrío en el alma de Buffy.
       -  ¿Tú lo llamas de otra manera? Tú has sido su amante y yo... él cree que soy su amigo.  Pero ahora nosotros nos hemos aliado para acabar con él. En eso habíamos quedado ¿no?  Ese “deber” que invocas no sale muy favorecido tras una jugarreta así. Creo que traición es una palabra bastante ajustada, ¿no te parece?
       Buffy no respondió. No podía. Spike conseguía dibujar las cosas de una forma tan cruda que hacía que parecieran distintas a como ella se las había imaginado. En realidad, conseguía que parecieran tal como eran y esa verdad era muy dura de digerir.
      El vampiro continuaba:
         -     En esta historia, nosotros somos los malos. Asúmelo, bonita. -Su voz se hizo apenas audible, cuando musitó quizás para sí, mientras, ya de espaldas, bajaba los escalones.- Yo al menos lo tengo claro.

 

     Odiaba a Angelus con todo su ser, pero no siempre había sido así. En el pasado había sido su padre, su modelo y el recuerdo de todo lo compartido hacía que la idea de traicionarlo doliera aún más. Sabía que llegaría hasta el final y que no le temblaría el pulso, pero la culpa lo corroía ahora igual que anteriormente se había sentido abrasado por la rabia y la frustración.
     Igual que en un tiempo más lejano aún había soñado ingenuamente con que Angelus y él eran iguales y jamás se harían daño.


Giles cogió la primera de las cuartillas que había escrito. La contempló un momento aunque ya tenía tomada su decisión y después, sin pensarlo más, la rasgó en cuatro. Una por una fue haciendo lo mismo con el resto y tirándolas a la papelera.

 

Entre los restos de una casucha derruida junto al Tíber, Spike y Angelus esperaban escondidos el momento más propicio para escabullirse de la guardia. Había sido una larga jornada que empezó muchas horas antes, durante la noche anterior, poco antes del amanecer.
         Angelus tenía asuntos pendientes con el Vaticano. En Roma había sido torturado, apresado por el Cardenal Gandolfini y entregado a Holtz. Así que cuando volvieron en 1892 a la Ciudad Eterna, decidió cobrarse alguna vieja deuda.
Planearon el asalto a Sant´Angelo. Allí continuaba la sede de la Santa Encomienda, una orden papal secreta que tenía como  exclusivo objetivo la lucha contra las Fuerzas de la Oscuridad, una especie de Inquisición especializada en lo demoníaco. En Sant´Angelo residía su cardenal Prefecto y en los subterráneos del castillo se ocultaban no sólo las mazmorras clandestinas, sino también los archivos y el arsenal informativo que la Santa Encomienda había recopilado durante siglos. Romperles el juguete le pareció una excelente forma de entretenerse en Roma y los Cuatro, reforzados por los vampiros peor encarados que pudieron encontrar en los tugurios de la ciudad, establecieron con minuciosidad el plan de ataque. Su propósito era colarse de noche en la fortaleza, llegar por los pasadizos secretos que Angelus conocía hasta las estancias ocultas, quizás hacer una visita al Cardenal, pero, sobre todo, incendiar los archivos.
Angelus dio las últimas recomendaciones antes de ponerse en marcha.
-          No vamos de excursión. Será muy peligroso. Si alguien se queda atrás, nadie le ayudará. Es una orden. No vamos a poner en peligro a todos por la torpeza o la mala suerte de uno. 
Las cosas rodaron razonablemente bien al principio. Obviamente la seguridad pontificia dejaba bastante que desear y nadie descubrió a los vampiros hasta que fue demasiado tarde. El primero que percibió el peligro fue un fornido joven rubio que hacía guardia justo en la puerta de acceso a la cámara de donde arrancaba el pasadizo secreto. Sus ojos se dilataron de asombro al ver al pequeño grupo armado que le cortaba el paso y le impedía dar la voz de alarma. En primera línea iba Darla, vestida por comodidad con ropas masculinas, pero sin renunciar a un generoso escote que atrajo la atención del muchacho casi más que la amenazante tropa que la seguía. Al notar su turbación, Darla sonrió halagada. El atuendo varonil estilizaba su figura y, en perturbador contraste con su voluptuoso pecho casi desnudo, acentuaba la sensualidad y belleza de la vampiro. El joven miraba como hechizado sus esbeltas piernas, la finura de su talle, la delicadeza del cuerpo y sobre todo aquellos senos blancos y perfectos que le subyugaban.
-          Un guardia suizo muy guapo –murmuró ella apreciativa.
Por completo fascinado, ni siquiera se resistió cuando Darla, uniendo a su sonrisa una caricia, se inclinó sobre él para morder su cuello.
-          Nada de convertirlo, Darla –advirtió Angelus.- No podemos perder tiempo.
Darla protestó un tanto fastidiada:
-          Si puede servir a Dios, también podrá servir a un demonio.
-          Si va a servir a las dos partes, mejor que no sirva a ninguna –rebatió Angelus, y, de un certero mandoble, lo decapitó en el acto.

 

 
Entonces se dividieron. Spike, como lugarteniente de Angelus, se encargó de asegurar la vía de salida, mientras Darla y Angelus se sumergían en el laberinto de subterráneos para llegar hasta los archivos que querían destruir.
Lo consiguieron a medias. Provocaron el incendio, pero fueron descubiertos antes de lo previsto y apenas consiguieron llegar con escasa ventaja sobre sus perseguidores al lugar de reunión donde los esperaba el grupo de Spike.
Allí, en la cámara dónde habían encontrado al joven rubio cuyo cadáver seguía sobre el suelo de mármol, se produjo la escaramuza. En aquella sala, además de la entrada al pasadizo había dos puertas que daban a sendos corredores y la guardia suiza les acosaba por ambos. Angelus optó por abrirse paso por la puerta de la derecha arremetiendo con el grueso de sus efectivos contra los que atacaban por allí, mientras Spike, intentaba frenar a los que pretendían entrar por la de la izquierda para ganar algo de tiempo y permitir que los demás huyeran.
Resultó efectivo. Los atacantes de la derecha fueron fácilmente superados y Darla, Dru y los demás corrieron a ponerse a salvo por aquella vía de escape. 
Mientras, la resistencia opuesta por Spike estaba a punto de ser rebasada. Cayó uno de los vampiros que le acompañaban y el otro siguió el mismo destino cuando una estaca le entró por la espalda al intentar huir. Sólo quedaba Spike en pie y retrocedía despacio hacia la pared, haciendo frente a varios guardias que le atacaban al mismo tiempo e intentaban arrinconarlo.
Sabía que estaba condenado, pero seguía luchando valientemente, dispuesto a vender cara su vida y, sobre todo, porque cada minuto que los entretuviera, daba más posibilidades de huir a Dru y sus acompañantes.
Angelus, el que cerraba la fila de los que huían, desde el pasillo por donde ya habían escapado los demás, cruzó su mirada con la del joven. Fue una décima de segundo. Justo entonces uno de los guardias lanzó su pica contra Spike atravesando de parte a parte su vientre. Angelus lo vio caer y ser inmediatamente acorralado por sus enemigos. De pronto el jefe del clan hizo lo impensable. Se dio media vuelta, dejando que las mujeres huyeran solas y volvió junto a Spike justo a tiempo de evitar que le remataran. Con sólo la potencia de sus puños se abrió camino hasta el centro del círculo mortal que encerraba a Spike. Una vez junto a su compañero, le arrancó sin miramientos el ástil y lo utilizó como arma contra los atacantes que, ante el valor y decisión del fuerte demonio, tuvieron un momento de titubeo. Sólo quedaban cinco y con un par de golpes precisos, Angelus dejó fuera de combate a dos. Los otros tres cruzaron una mirada de inteligencia y decidieron al unísono retirarse a una posición más segura.
-          Dijiste… -empezó Spike- que nadie ayudara a quienes…
-          Yo pongo las normas – Angelus cargó a Spike sobre sus hombros como si fuera un niño- y yo las rompo cuando me viene en gana.
Se oían voces de los refuerzos que venían por ambos pasillos. Ya no podían escapar por el mismo sitio que Darla y Drusilla. Quizás era demasiado tarde para escapar. Angelus no se lo pensó. Con la carga de Spike sobre él, se lanzó a través del cristal de un ventanal, cayendo varios metros más abajo, entre la espesura de la explanada que rodeaba el castillo.

 

        La noche era cerrada, tan oscura que sólo las criaturas nocturnas podían moverse con seguridad. Los humanos, en cambio, buscaban a los fugitivos con antorchas y perros y… muy poca fortuna. No se daban cuenta de que toda la algarabía que formaban indicaba claramente a los vampiros por dónde evitarlos. Con todo, sería difícil escabullirse hasta llegar a lugar seguro. Angelus, cargando siempre con Spike, que ahora se había desmayado, remontó el Tíber escondiéndose entre el seto de las riberas y al final hizo un alto para recuperar fuerzas entre las paredes medio derruidas de lo que había sido una pobre casucha tiempo atrás abandonada. Estaban lejos de Sant´Angelo y, sobre todo, lejos de su gente y de su guarida, pero al menos habían conseguido que sus perseguidores les perdieran la pista.
Depositó a Spike sobre la yerba y rasgó sus ropas empapadas en sangre para examinar la gravedad de sus heridas. Habrían sido mortales de necesidad para un humano. Para un vampiro no eran definitivas, pero sí podía serlo la debilidad que le provocaba y que lo convertiría en presa indefensa ante cualquier enemigo. Incapaz de ponerse a salvo, desfallecido y exangüe, Spike tenía las horas contadas de no tener una ayuda decidida a su lado.
Se había desmayado durante el transporte, pero ahora volvía en sí. Había perdido muchísima sangre y la herida en su vientre presentaba un feo aspecto.
-          An…
-          No hables –le ordenó.- No malgastes fuerzas a lo tonto. – Angelus rasgó las ropas de Spike formando una larga tira que utilizó para vendarle. - Debería coserte, pero no tengo nada con qué hacerlo, así que espero que esto sirva de algo.
     Spike movió los labios, pero ningún sonido salió de ellos. Sentía la boca reseca y un frío mortal invadía todos sus miembros. Junto a él, Angelus, volvía a ordenar:
-          Cierra los ojos. Intenta dormir.
Obedeció.

 

Pasaron varias horas. Spike deliraba y Angelus temía que sus gemidos les descubrieran. Empezó a maldecirse por haber cometido la estupidez de arriesgarse a salvar al poeta, que, después de todo, quizás no tuviera salvación. Si Darla o Drusilla lo hubieran hecho desobedeciendo sus órdenes, habrían tenido muchas dificultades para escapar inmunes de su furia. En fin, ya no tenía vuelta atrás. Allá estaban los dos, escondidos como alimañas, helados de frío y con la mitad de la Guardia Suiza buscándoles para acabar con ellos. Hacía tiempo que había amanecido y la perspectiva de pasar el día entre aquellas ruinas como un barco encallado y a riesgo de ser descubiertos en cada momento, no colaboraba al buen humor de Angelus. Seguro que las cloacas de Roma desaguaban al Tíber y probablemente encontrara una entrada por allí cerca. Pero era imposible moverse de su refugio a plena luz del sol. Y luego estaba Spike. Si él se alejaba, moriría sin remedio en cuanto un animal o un humano lo localizara. En cualquier caso, ése no era su problema. De todas formas, Angelus decidió que esperaría hasta la media noche. Era el momento más propicio para moverse entre las sombras por la gran ciudad. Si para entonces, Spike no podía seguirle, lo abandonaría a su suerte. Hasta entonces cuidaría de él.
     Hacia el mediodía el estado del herido empeoró. Había pasado casi toda la mañana en un duermevela agitado, pero entonces sus delirios se hicieron más frecuentes y a veces tenía convulsiones. Angelus no sabía qué hacer para mantenerlo en silencio. Intentó despertarlo, moverlo… Era inútil. Spike estaba en una fase muy profunda de inconsciencia mientras su cuerpo muerto intentaba regenerar los tejidos tan gravemente dañados. Al final, como seguía gimiendo, Angelus lo tomó en su regazo abrazándolo como a un niño pequeño. Tiritaba y estaba empapado en un sudor frío.
-          Ssssshhhh, calla de una vez, maldita sea. Nos van a descubrir.
Pese a la maldición y las palabras poco amables, el tono de Angelus no era agresivo. Entre sus brazos, poco a poco, Spike se fue calmando y consiguió conciliar un sueño más tranquilo.
         A media tarde se despertó. Simplemente abrió los ojos y le miró en silencio. Angelus no necesitó preguntarle cómo se encontraba. Su palidez exagerada, el rostro demacrado, los labios agrietados, sus miembros sin fuerza… decían a las claras el estado de extrema debilidad del joven. Angelus tomó una decisión.
     Se quitó la camisa y acercó su pecho desnudo a su compañero.
-          Bebe de mí –le ordenó.
Spike, sorprendentemente lúcido, fue a iniciar una negativa.
-          No seas estúpido- le atajó Angelus.- No me he jugado el pellejo salvándote para perderte ahora por una cabezonería tuya. –Spike seguía inmóvil. La voz de Angelus insistió.- Mientras haya luz del sol no puedo salir a traerte una presa y necesitas alimentarte, Spike. Sólo si recuperas fuerzas, conseguiremos llegar a donde las chicas. Bebe. – La mano de Angelus tras la nuca de Spike lo acercó más contra sí. Finalmente sintió cómo los colmillos de Spike se clavaban en su carne.

 

Cuando Spike acabó de alimentarse de la sangre de Angelus se quedó un momento en silencio, encogido entre los brazos del vampiro moreno.
-          Ahora estoy mejor- murmuró finalmente.
Era cierto. Lo extraño era la sensación que le inundaba. Tenía la impresión de que entre los dos se había establecido una intimidad nueva, algo desconocido en su convivencia anterior, casi siempre hecha de rivalidad y violencia. El silencio de Angelus también colaboraba a ello. Spike elevó hacia él su mirada esperando descubrir en su rostro impenetrable un indicio de qué pensaba. Era un intento vano. Angelus nunca dejaba traslucir sus emociones, al menos no ante él.
-          Gracias por darme tu sangre –empezó Spike.- Y por salvarme antes también.
-          Bah. Fue un impulso estúpido. Si lo hubiera pensado, no lo habría hecho.
Claro, qué otra cosa se podía esperar de Angelus: Decir que lo había salvado por equivocación y seguir ayudándole por mantener el error. Spike dibujó una sonrisa triste. ¿Captaría la ironía del asunto? Y entonces, Angelus hizo algo que Spike jamás habría esperado: enredó sus dedos en un mechón castaño de Spike y acompañó su pausada caricia de una ligera sonrisa que al principio tenía algo de burla y que, poco a poco viró hacia una tenue ternura.
-          Eres mi chico. No iba a dejar que esos fanáticos me lo quitaran.
Spike le miró atónito. Luego, se sintió invadido de una emoción que atenazaba su garganta.
Spike avanzó su mano sobre el pecho de Angel, casi sin atreverse a posarla sobre la piel. A la izquierda, en el lugar donde no latía el corazón marchito de Angel, dos puntos rojos señalaban el lugar donde se habían clavado los colmillos de Spike. Con respeto reverencial, el índice de Spike acarició la piel tersa un poco por encima del pezón. Aún manaban unas gotas de sangre. Acercó sus labios y la lamió despacio. Con los ojos entornados, como en un lento ritual, sus dedos ascendieron hacia el cuello, luego resbalaron por los flancos de Angelus. Le miró con sus ojos azules, interrogantes, hambrientos, sintiendo al mismo tiempo el deseo hormiguear en sus ingles y el temor a la burla y el rechazo constantes.
-    ¿Quieres…? –preguntó la voz de Angelus. –La mirada de Spike era más elocuente que las palabras que no pronunció.- Sigues muy débil. ¿Aguantarás?
-    Sí.
Angelus lo miró por última vez como calibrando la fortaleza de su decisión. Luego, concedió:
-    Está bien.- Conla facilidad con que movería el cuerpo de un niño, lo giró suavemente, mientras le desnudaba despacio de las pocas ropas sucias y rotas que le quedaban sobre el cuerpo. Susurró: - Déjate hacer.
Spike se dejó hacer. Siempre se dejaba hacer. Pero hasta entonces siempre había sido porque no podía resistirse más. Aquella fue la primera vez que Angelus lo hizo con delicadeza, preguntándole si se encontraba bien, acariciándole de vez en cuando. Sustituyendo la fuerza y la lujuria desatada por algo parecido al afecto.
Asaltado por dolor y placer entremezclados, Spike gemía quedo bajo él, cada vez que Angelus empujaba suavemente, mientras aferraba con sus manos las estrechas caderas y sentía que crecía en su interior la oleada de placer que le acercaba al clímax.
Notó una humedad viscosa entre sus dedos y comprendió que la herida de Spike se había reabierto.
-          ¿Quieres… que me retire? –jadeó.
-          No. Sigue –le respondió la voz de Spike, tan enronquecida como la suya.
Le penetró una vez más. Otra. Profundamente. Hasta que el orgasmo estalló en todo su ser y se derrumbó mientras el placer lo deshacía por dentro y se sentía disolver en una exclamación que tenía el nombre de su amante.
-          William… -gimió.
Angelus se apartó en cuanto pudo para liberar al joven del peso de su cuerpo. Lo giró con suavidad y empezó a lamerlo.
Spike miró asombrado la oscura cabellera que se hundía entre sus piernas.
El delicioso roce de la lengua de Angelus en su sexo endurecido lo estremeció de placer, y mientras se extraviaba en aquella sensación intensa y confusa de abandono y deleite, le sorprendió aún más que Angelus buscara satisfacerle.
Spike pensó que apenas podría aguantar más, pero la maestría de Angelus prolongó la dulce tortura aún unos minutos. Cuando finalmente se derramó en su boca, se sentía conmovido y lleno de agradecimiento.
-          Mi sire… -murmuró con veneración.
Fue la primera vez. La primera vez que en lugar de ser asaltado por los caprichos de Angelus fue él quien se ofreció.

 

Los grillos y las ranas se unían al rumor del viento en la copa de los árboles y el murmullo no demasiado lejano del agua del río. Sobre el anular de Angelus la luna que reinaba enorme sobre el Tíber, ponía también un reflejo plateado en el anillo claddagh. Tras el amor, los dos vampiros descansaban Spike, aún entre los brazos Angelus y la placidez envolvía el momento. Spike sentía algo parecido a la felicidad.
En el mismo día Angelus le había salvado, le había dado su sangre y lo había poseído. Supo que desde aquel momento era suyo y lo sería por siempre

 


Epílogo

 

Cuando Buffy entró en la guarida de los vampiros, Spike cumplió su palabra. Se levantó de su silla de ruedas y atacó a Angelus y al resto de los enemigos de Buffy. Ella demostró por qué debían temerla. Enfrentada a Angelus, peleó valientemente con él y lo hizo retroceder pero no consiguió evitar que abriera la puerta al Apocalipsis. Para detenerlo tuvo que hacer el mayor de los sacrificios y renunciar al amor que había creído perdido justo en el mismo momento en que lo recuperaba.
Pero eso Spike ya no lo presenció. Para él el tiempo apremiaba y escapó cuando el combate aún estaba indeciso. Se encogió de hombros fingiendo que no le importaba la suerte de Buffy ni la de Angel y se marchó con Drusilla en brazos para buscar lejos de allí la posibilidad de una existencia con su perturbada amante.

 

Unos meses después, Buffy, seguía rota por dentro. Finalmente, una tarde, se sintió con fuerzas para despedirse. Volvió a la vieja mansión abandonada y, como un homenaje, recorrió el espacio vacío, acarició los muebles polvorientos, rememoró el escenario donde había matado a Angel.
 Antes de marcharse, como la más triste despedida, se inclinó y depositó su anillo, el anillo de Angel, sobre el suelo. Luego salió en silencio.
No pudo ver que instantes después se obraba el milagro. El aire fluctuó y en el lugar donde el anillo claddagh reposaba, confuso y desnudo, apareció el cuerpo de Angel.
Finalmente, resultó que el anillo sí era un talismán poderoso. Tenía el poder de los sentimientos depositados en él, había dicho Spike. Ese poder fue sin duda lo que realizó el milagro de traer a Angel de regreso del infierno.
Sin embargo, lo que nunca nadie supo fue que junto al amor de Buffy, el anillo claddagh atesoraba también los sentimientos de Spike.

 




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